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9. De rimas, farsas y retornos (Sobre el golpe del 76 y el peso de los paralelismos históricos)

    Por Osvaldo Mazal. Posadas, Misiones. Docente y escritor

    Mark Twain, el gran creador de las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn, habría afirmado alguna vez que “la historia no se repite, pero rima”. Twain, un hábil condensador de ideas en frases felices (una especie de creativo publicitario del siglo XIX), aludía a que las palabras que riman entre sí no son meras repeticiones la una de la otra, sino que ambas comparten una parte igual o similar, y la otra parte de cada una es diferente. Y así sucede con los hechos históricos que parecen repetir otros anteriores, cuando en realidad solo riman con ellos. Y no estamos hablando de poesía, precisamente.

    Este 24 de marzo de 2026 rememoramos los 50 años del golpe cívico militar de 1976, y la cita de Twain, junto con alguna otra, podría ayudar a apuntar en qué serie podemos inscribirlo. Con qué hechos rima. La segunda frase, quizá más célebre que la de Twain, es una de Marx: “la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa”. Tanto Twain como Marx en sus reflexiones estaban jugando a contemplar la historia desde una dimensión estética; el primero en relación con los paralelismos poéticos, el segundo con la diferencia entre dos géneros teatrales.

    Si inscribimos el golpe de 1976 en esa especie de dispositivo poético – histórico que proponía Twain, no podemos ignorar las características de la secuencia de golpes de estado en la Argentina del siglo XX: 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976, que rimaron entre sí estableciendo diferentes clases de dictadura, y de persecuciones. Pero hasta el golpe de 1966, los golpes tuvieron más que ver con la política interna en nuestro país, rimaban fundamentalmente por reflejar luchas entre sectores políticos internos (conservadores vs radicales, nacionalistas vs conservadores, peronistas vs antiperonistas, azules vs colorados, y así siguiendo). El golpe del 76 fue otra cosa, y por eso tuvo una dimensión especialmente trágica. Y aquí pasamos a sumergirnos en la primera parte de la frase de Marx: la tragedia.

    Después de la segunda guerra mundial, el mundo se dividió en un bloque capitalista, capitaneado por los EEUU, y uno comunista, liderado por la Unión Soviética. Los dos convivían en la denominada “Guerra fría”, en la que cada bloque no debía interferir en los dominios del otro. (la “coexistencia pacífica”, que no lo era tanto) A fines de los 50, surgió en Latinoamérica una importante excepción a la clara demarcación territorial que separaba los dos bloques (cuyo germen ya estaba presente en la reunión de Yalta entre Roosevelt, Churchill y Stalin, los ganadores de la Segunda Guerra): la revolución cubana, que instauró el comunismo a pocos kilómetros de Miami. Durante la década siguiente, fueron apareciendo en América Latina organizaciones armadas que planteaban una revolución a la cubana, básicamente anti-norteamericana. Y en varios estados de la región, bajo la tutela de los EEUU, se generó la llamada “doctrina de la seguridad nacional”, que apuntaba no solo a combatir a esas organizaciones revolucionarias, sino a mantener el alineamiento de los países latinoamericanos con los EEUU. Ese fue el contexto internacional en el que se dieron los golpes de los 70 en Latinoamérica, las fuerzas armadas de la región como gendarmes que fueron tumbando las débiles democracias, y articularon la represión a escala continental con el llamado Plan Cóndor. En Argentina la represión ilegal del gobierno de facto, representado por el adusto rostro del general Videla, fue bestial: incluyó campos de concentración, torturas, miles de desapariciones y asesinatos, personas tiradas vivas al mar, secuestros de bebés, y dura represión política y sindical. Y en paralelo, un plan económico monetarista, centrado en achicar el estado y liberalizar la economía, que generó una fuerte desindustrialización y gran endeudamiento externo. He ahí la Tragedia argentina de los 70.

    ¿Y cuál es el segundo paso descripto por Marx, ese retorno de lo trágico en clave farsesca? Hoy, casi 50 años después del golpe del 76, en lugar de la doctrina de la seguridad nacional, y en plena consolidación de otra bipolaridad, esta vez de China vs EEUU, asistimos a un remozamiento de la doctrina Monroe, la de América para los (norte)americanos, denominada como “Donroe” por su gestor, Donald Trump, y en la que groseramente y sin ambigüedades se declara que, más que nunca, este hemisferio es coto de caza de los EEUU. En consonancia con eso, soportamos un gobierno nacional que expresa otra alianza que rimaría con la del 76, pero de manera grotesca, con sectores libertarios que representan un mal digerido y anacrónico liberalismo decimonónico, por no decir cavernario, que alega defender las ideas de la libertad pero que se liga a sectores de las fuerzas armadas que reivindican, más o menos explícitamente, el golpe del 76. Y se afinan no solo crueles mecanismos económicos que redistribuyen acelerada y regresivamente el ingreso, sino también dispositivos represivos y negacionistas, desde el desmantelamiento de instituciones relacionadas con la idea de Memoria, verdad y justicia en relación con los crímenes de la dictadura, hasta la instalación en el ministerio de defensa de un militar, la represión de todo tipo de manifestaciones o marchas, o la habilitación de la SIDE para realizar detenciones a discreción. Siniestro paralelismo histórico, violenta rima cuya sombra acecha nuestro país.

    Pero a tono con la sociedad del espectáculo, (de la que Guy Debord decía que transforma el mundo en una ilusión, pero para mantener el estatus quo), es que hoy en día se genera en la Argentina la farsa oficial, un carnaval de enmascaramientos y mentiras, gestos delirantes y violencia verbal, mantenido con operaciones en diversas plataformas y redes sociales. Esta realidad de lo trágico devenido ahora en farsa, implica todavía mayor sufrimiento y retroceso social y económico, y se refleja en la cara siempre frenética de Milei, que con actitudes mesiánicas promete paraísos futuros (la ilusión) pero generando inhumanos sufrimientos actuales (el refuerzo del status quo).

    Y ambos rostros, el adusto de Videla y el exaltado hasta el paroxismo de Milei, saltando de la tragedia a la farsa, escenifican como la doble cara del dios Jano la miseria argentina. Lo que desgraciadamente conduce a otro pensador del siglo XIX, Federico Nietzsche, quien habló del eterno retorno. Esa concepción (insoportablemente metafísica) de que estamos obligados a vivir lo vivido una y otra vez, porque todo volvería a suceder en una repetición infinita, incluidas nuestras decisiones, lleva inapelablemente a la conclusión de que, si ese eterno retorno es una necesidad del universo, nuestras decisiones deberían ser lo más correctas posibles, porque están destinadas a repetirse. Por lo que aquiescencia de buena parte de la sociedad argentina del 76, que prefirió desviar la mirada frente a la matanza sistemática y encubierta realizada por la dictadura del 76, o las elecciones del 2023 que entronizaron a un personaje como nuestro actual presidente, empecinado destructor de lo mejor de nuestra sociedad, deberían ser consideradas desde esa densa perspectiva nietzscheana: “¿deseamos que sucedan de nuevo?”

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