
Por Alberto Szretter. Puerto Rico – Misiones. Escritor
Que Leonardo Padura sabe contar, no hay dudas. Lo certifica su último libro Morir en la arena, donde relata la historia de Rodolfo, marcado por su participación (¿voluntaria?) en la guerra de Angola, como parte de un contingente cubano internacionalista, y por la muerte traumática de su padre, en La Habana, por los martillazos de su hermano, más otros avatares que se suman, restándolo, en la depresión ascendente de una vida de reciente jubilado, que desciende paulatinamente al borde del suicidio. Dentro de su mundo, un mundo sin pena ni gloria, está el amor por Nora, y de ella por él, con un viceversa sordo, o con los palos en la rueda, como se grafica la adversidad. Un amor reconocido a fuerza de mechones que la memoria y el corazón van sacando de los acumulados, desgraciados días. La Nora mulata, casi una belleza, que encima es su cuñada, porque está casada con Geni, el hermano de Rodolfo, que encarcelado por el homicidio está por salir luego de treinta años en la penitenciaría. Geni es la contracara de Rodolfo. A pesar de estar preso, aparece furibundo en la novela, con brutalidad, prepotencia sexual, y el qué me importa, fogoso, resentido, junto a su grupo de motoqueros. Y aparece en flashes, para ir vistiendo al personaje parricida, en esa tensa espera de su liberación, que a su vez define por contraposición a Rodolfo. Pero el personaje guía, el visible, es este, que vive en la casa pegada a la “casita” donde está Nora y adónde vendrá Geni.
Hay otros personajes, claro, porque la trama se une y se bifurca muchas veces. Por ejemplo, hay un escritor amigo de Geni que lo visita en la cárcel y que sabe cosas de aquel pasado ominoso, y que incluso escribe algunos capítulos de Morir en la arena. Es decir, Padura le hace escribir a un personaje que es escritor, parte de su propio libro. O también, la inclusión de Mario Conde, un ex policía, personaje de Padura de otras novelas, que es desencantando, borracho, desordenado e inteligente, y que irrumpe, como en un cameo, desde otras ficciones pretéritas en una reunión social de esta nueva trama. Es que el pasado, es el gran escenario de todas las novelas (incluidas las de ciencia ficción) y de esta, por supuesto. Y que, en ciertos lugares, como justamente esa Cuba que está siendo relatada, devenida del click enorme, especie de terremoto en la isla, ocurrido en 1960, se da un estado nacional que Mario Conde define como “cansancio histórico”, donde “la gente no quiere vivir en la Historia, sino en la normalidad y alcanzar el mínimo espacio para gastar su vida”.
El tiempo presente que toma el autor también es importante, no solo porque desde este presente se evoca, sino que le sirve para describir, diríamos disecar, la actual sociedad cubana. Y aquí está la habilidad de Padura, porque en realidad, subrepticiamente, no es Rodolfo, ni su carácter pusilánime, ni su familia alimentada por el dolor, ni todos sus actores desvaídos y aún alegres en plena miseria, en realidad- digo- la figura exclusiva del libro es Cuba, ese “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua” (Guillén dixit). El escritor es crítico de la vida, del régimen de la isla, que encima, ahora está pasando su peor momento desde que los barbudos tomaron el poder. Me hubiese gustado leer por aquí o por allá, en medio de la prosa hermosa del autor, alguna reflexión (al pasar, siquiera) de por qué se vive tan mal en Cuba, hoy.
Hay en esta novela, rabia, frustración y posiblemente segundas oportunidades, pero no he encontrado una sola mención al bloqueo criminal al que ha sido sometido ese territorio y que indudablemente repercutió en sus habitantes, (excepto en un renglón en la página 118, una breve frase “tercerizada”, porque podría haberla dicho un viejo comunista que murió antes de la revolución), ya que el bloqueo, el aislamiento geopolítico que le impusieron, fue y es la causa principal de sus achaques, en este caso golpeando a sus personajes, que fueron tomados de un crimen real. Porque Cuba, con sus culpas, Heriberto Padilla, “Caín” y otras pifias es, o parece ser, un “mal ejemplo” para todo el mundo libre, sobre todo para sus vecinos del norte, los que están ahí cerca, a doscientos kilómetros, pasando el mar. Y para Padura.
De cualquier manera, es una novela brillante, porque -no hay dudas- Padura sabe contar. Tal vez la parte que falta, si es que falta, el escritor la dejó para que la complete el lector, pero esta es una hipótesis mía para amortiguar un olvido -digo esa benévola palabra: olvido- del autor, que en sus capítulos aprovecha cada intríngulis de sus héroes para denostar la política de su patria y al socialismo todo. ¡Ojo! está en todo su derecho de escribir la trama política o social que quiera. En obras anteriores siempre se notó ese cuchillo bajo el poncho, pero era más colateral, como un bastidor secundario; ahora es un escenario sin los abrigos del disimulo ni los pespuntes de una música incidental.
La contratapa dice que con ese libro magistral Leonardo Padura explica prodigiosamente cincuenta años de la historia de su país; creemos más bien que Padura, con aceitado arte literario, ataca cincuenta años de la historia de su país.
Morir en la arena, de Leonardo Padura. Tusquets Editores, 2025.