
Por Dante Reynoso. Posadas. Estudiante de Antropología Social y Escritor
Nos encontrábamos reunidos siete amigos en una calurosa noche de viernes, sentados sobre la vereda de una calle solitaria y silenciosa, no muy lejos de la zona céntrica de Puerto Iguazú. Tres de ellos eran locales, yo venía de Posadas, mientras que los tres amigos restantes provenían de otras ciudades mucho más lejanas.
Buscando un lugar que fuera más tranquilo que el área de bares, elegimos quedarnos en un espacio bastante particular. A nuestras espaldas teníamos un gran parque natural que ocupaba más de una cuadra, de hecho estábamos recostados sobre escalones que iniciaban uno de sus senderos. Aquel espacio existía casi abandonado por el ser humano, pero había sido reclamado por el monte; libre de luces artificiales era el hogar de luciérnagas. En definitiva, un sitio a rebosar de árboles y de otras criaturas verdes. A nuestra derecha y al frente se erigían dos grandes e imponentes hoteles. A nuestra izquierda, bastante más lejos, fluía el Río Iguazú, el cual a su vez alimenta al Río Paraná, como a un kilómetro y medio de donde estábamos. Sin embargo, no podíamos ver aquella importante confluencia de ríos, ya que se nos interponía otro pedacito de monte, que brotaba bordeando la ciudad.
Eran algo así como las tres de la madrugada, nuestra ronda de bebidas encontraba el contenido de su última botella, en el último tercio. Entonces, por alguna imponderable razón, la corriente de nuestra conversación, hasta ese momento jubilosa, decantó en una historia con rasgos diferentes, que cambió el tono de nuestra juntada nocturna. Una de mis amigas locales tomó la palabra. Comenzó a relatar las penurias que atravezó gran parte de la población iguazuense debido al desabastecimiento de agua, durante la sequía ocurrida hacía ya dos meses atrás.
Describió vívidamente la frustración causada por el racionamiento del agua al cual recurrieron los protagonistas de su narración, es decir, las familias y los vecinos de los barrios. Aquellos que, durante varios y largos días, veían cómo sus hijos e hijas eran acechados por la sed. Pero la frustración no es lo único que contó ya que, cual olla a presión, la tensión social suele generar resultados estruendosos. No pasó mucho tiempo hasta que los reclamos se fueron cargando de furia. En este caso no fue la tapa de una olla la que voló al techo, sino la puerta delantera de un edificio municipal, la que quebró y cayó al suelo. Ocurrió que un día particularmente caluroso, por la tarde, varios vecinos se agruparon para tomar una disposición, podríamos decir, más enérgica ante el problema. Forzaron con vehemencia su ingreso al edificio estatal, cansados de no tener respuesta a sus desesperados reclamos. Gritaron, agitaron, demandaron soluciones, incluso arrojaron varios bidones de agua vacíos en señal de enojo y protesta. En definitiva se hicieron notar, o dicho de otra forma: debido a las circunstancias, la personalidad de los vecinos colisionó frontalmente con la impersonalidad de los escritorios burocráticos, en algunos casos, vía lanzamiento de bidones de plástico. Lo cual no deja de ser interesante porque los bidones no son necesariamente baratos, lo cual hizo que me pregunte, ¿puede realmente la sed ser saciada por el dinero?
Aquellas eran algunas de las cuestiones que ocupaban mis pensamientos mientras escuchaba el relato, cuando lentamente los integrantes de nuestro grupo comenzaron a percibir que, detrás de los árboles a nuestras espaldas, aparecía una lejana pero fuerte luz azul y blanca. La intensidad de ambos colores se intercalaba, en un movimiento lumínico el cual supimos reconocer todos, casi por instinto. Siguiendo las calles que bordeaban aquella oscura mixtura de parque y monte, la luz se acercaba despacio. No obstante, mi amiga aún no había terminado su historia, y al continuar narrando decidió apurar la cadencia de sus palabras. Contaba que, luego de realizar sus exigencias, el grupo de vecinos iguazuenses regresó a sus hogares esperando mejorías. Días más tarde, la crisis hídrica disminuyó su intensidad y las canillas volvieron a cumplir su vital función. Pero con el agua también llegaron las cartas… cartas que notificaban judicialmente a los vecinos partícipes de la protesta, que debían rendir cuentas por lo que ocurrió en el edificio municipal. Por los delitos… por la ofensa. Uno por uno, recibieron las cartas. Hubo aquellos que no recibieron notificaciones, pero las esperaban. La transgresión ante los escritorios esa tarde de enero no sería ignorada, no se dejaría pasar sin su debido castigo.
De pronto nos bañó la estridente luz azul y blanca, que estaba ahora mucho más cerca. Su luminosidad, al atravesar las siluetas de los árboles, imprimía sobre nosotros un frenético y confuso movimiento de sombras. El vehículo que llevaba el resplandor sobre su techo pasó lentamente por la calle que teníamos justo enfrente. Desde su interior se proyectaban las miradas de ojos acostumbrados observar a las personas en silencio. Decidimos que probablemente era hora de irnos de ese lugar, pues no queríamos ver a los individuos uniformados de aquel auto otra vez.
Al pararme, coloqué mi mano sobre el musgo húmedo del suelo, noté en el aire el calor que desde hacía buen rato había olvidado nos acompañaba, sentí las gotas de sudor que atravesaban la piel de mis brazos, advertí también que mi boca estaba seca.
“Mañana re está para bajar al río” dije.
-Atico