
Por Paco Mancera Romero. Málaga, España. Escritor
Ayer, 6 de febrero de 2026, tras un fraternal ágape con mis más que amigos incombustibles. En román paladino: opípara comida de amigachos regada generosamente con bebidas espirituosas y con su preceptiva eterna sobremesa; vaya, una de las pocas cosas por las que merece la pena seguir viviendo en este mundo de cochambre.
Mermaron las prietas filas; no en vano, para la mañana siguiente estábamos convocados de nuevo, pero esta vez formalmente y de riguroso traje negro. Sin embargo, un puñado de incombustibles e inasequibles al desaliento nos fuimos a tomar la “última” a un local cercano: La Chalá. Un local entretenido, pero con mesas y luz. Nada de las antiguas discotecas o los baretos vacíos donde había que tomarse las copas de pie.
La música estaba controlada, salvo algunas piezas escogidas de nuestro panteón musical de los 80 que, tras subir el volumen, movilizaban el local, aplazando cualquier conato de conversación hasta el fin de nuestro himno generacional. Todo esto le da a La Chalá un tono alegre, distendido y un pelín poligonero. Esa novedosa combinación lo tiene lleno de singles, bandas de chicas (muchas aún casadas) y jaurías de chicos en plena caza mayor, cazando mayores. Por eso, o por la insoportable levedad del ser que diría Kundera, la edad media de los asistentes era muy superior a los 45 años. Y que conste, no es uno de esos locales de ligoteos de saldos; es un híbrido entre el tardeo, local de cumpleaños de nacidos en el siglo pasado y el lugar idóneo para que una pareja senior con pretensiones cene barato y en un ambiente de conga.
Por una razón u otra, establecimos contacto con un grupo de señoras. Nosotros estábamos enzarzados sobre la materialidad o espiritualidad de la concepción del universo. Y juro que era así: uno de los incombustibles acababa de escribir un ensayo con título provisional: El algoritmo divino o La fórmula de Dios.
Cuando me disponía a enunciar las tesis del cabalista del siglo XVI Isaac de Luria sobre Dios, se acercó la más irredenta de las señoras y me afeó la visión. Parece ser que, entre el Yo soy aquel de Raphael, el calor del Juanillo el Andarín con la Coca-Cola y el fragor de la conversación, no me había percatado de que, emulando a los albañiles, quedaba al descubierto el inicio de mi magno barranco que separa los cachetes de mi culo.
Ipso facto me ceñí el pantalón, me excusé e iniciamos una deslavazada conversación ambos grupos. Al rato, la susodicha señora comenzó a lanzar un mitin digno de la más encendida tribuna política. Seguramente el inicio de todo aquello me lo perdí porque concentré todo lo digno que quedaba de mí en pedir otro Juanillo con cola. Al restituir mi menguada capacidad cognitiva, caí en plena batalla de ideologías, más propia de las redes sociales que de un local físico donde las sonrisas son más lindas y vacuas de lo normal.
El caos estalló; por cierto, no me supo a azufre. Lo único que se me ocurrió fue levantarme y dar un abrazo de oso a la señora. Se fue calmando y la discusión amainó. La liberé de mi humanidad y sus amigas acudieron en masa a consolarla. Y así, con la misma facilidad con la que Trump ha destruido la democracia americana, nos encontramos ambos grupos estableciendo agradables conversaciones (o eso me pareció a mí). Al menos las sonrisas sencillas y perdidas se apoderaron del momento.
Lógicamente acabé hablando con la más sensata, más guapa y con mejor cuerpo. Oye, y bien; hasta me lo estaba pasando genial y con un interés creciente. Pero así de repente, como quien invade un territorio ajeno sin previo aviso, empezó a soltar proclamas políticas, una tras otra, con un fervor casi místico. Yo ni abrí la boca; aflojé la comisura de los labios para dejar la semisonrisa más vacuna posible. La chiquilla se percató de que yo no tomaba partido (prefiero verlos más que tomarlos, sobre todo si son del Barça contra el Madriz) y, poco después, se retiró dignamente a su casa.
Podría haber discrepado; era abogada y no formaba parte del pelotón de los torpes. Con mi mejor tono docente podría haberle hecho notar los errores económicos de su argumentación. Pero nada hice, porque ya estaba más allá del bien y del mal, ella y yo mismo. Ella estaba en plena epifanía, ungida de luz, y yo en el sosiego de una larga conversación con Juanillo el Andarín.
Le sonreí, le di dos besos y me abstuve de pedirle el teléfono. En ese momento lo comprendí. La alienación es preferir el silencio del whisky a la razón de la palabra, y dejar que una conexión prometedora se pierda como lágrimas en la lluvia, que romper el hechizo de nuestra propia desubicación.
Como era previsible, la mañana me cobró factura y la reunión formal quedó huérfana de mi presencia.