
Por Alberto Szretter. Puerto Rico, Misiones. Escritor
Después del trabajo sobre este tema que consumó Richard Sennett, podría estimarse que está todo dicho, pero el actual ciclo promiscuo del mercado laboral global, y de nuestro país en particular, permite sumar algunos apuntes con una marcada impronta local.
La artesanía o habilidad de hacer objetos funcionales o decorativos a mano, con sencillas herramientas o una maquinita muy elemental, es una actividad que está desapareciendo. La está matando el sistema económico mundial, la moda de lo nuevo, la fabricación en serie con materia prima inhallable fuera de las grandes ciudades o los pueblos, como grafeno, espuma metálica, plásticos, derivados de la biomasa. Hoy los objetos se fabrican con máquinas automáticas, programadas, que cambian su diseño con informática, o impresoras 3D. No importa la maña del artesano, ni la belleza del objeto sino su utilidad, bajo costo, masividad de hechura y duración corta, porque otra mercancía vendrá a reemplazarla. Todo objeto es fabricado con fecha de caducidad programada, una estrategia de ventas.
La artesanía es o era una expresión cultural basada en la tradición y en la pericia manual, en una técnica y un saber-hacer un objeto que se iban transmitiendo de generación en generación. Eso ya no interesa. Si hay una feria popular en algún lugar del país, donde se ofrecen elaboraciones locales, la gente va y compra algunas cosas como curiosidad, como adorno, souvenir folclórico, o para regalo. ¿Posee ese objeto identidad con la zona donde se hizo? No siempre. Esa sospecha ha hecho debilitar su prestigio. Porque era un quehacer típico de la zona donde se exhibía. Los paisanos hacían esas cosas para su diario vivir, luego comenzaron a venderlas a los turistas, con el nombre de artesanía Aquella consonancia con el sitio de producción está rota. Los turistas lo saben, pero hacen como si no. Hay tiendas en el interior del país que venden obsequios con aire local, made in Taiwan.
La artesanía va más allá de los objetos realizados manualmente en un contexto social, en un paisaje, un clima, una escasez de recursos y una maña para construir, por ejemplo, marroquinería o cestería o cerámica, implica también el modo de ofrecerlo al público. Quiero decir, la forma de vender. El artesano tenía un mantelito que desplegaba sobre un muro bajo, en el suelo o en el mejor de los casos sobre una mesita en un espacio público, una plaza, un paseo. Nunca tuvo publicidad masiva, ni salió en los Medios, ni se ve en las redes sociales. No lo vamos a distinguir en el centro de una tanda televisiva, ni en un local de un shopping pituco. Quizás sí lo podremos ver, todavía, afuera de esos enormes centros lujosos de consumo, con un paño, en algún rincón, y los ponchillos hechos a mano, sus collares que ahí mismo alguien se entretiene, como sobrevivencia del estilo hippie, enhebrando perlitas de colores. Más adentro del territorio argentino está la gente con su alfarería, sus tallados, que van saliendo de a uno, como los días que van pasando.
Con la literatura podría intentarse una cierta proximidad. Atesoramos una producción artesanal de publicaciones excelentes, creativos diseños, cuidadas encuadernaciones, pero de baja tirada, pues se realizan con procesos manuales. Casi son verdaderas obras de arte y demandan un gran esfuerzo de producción. Algunas casi se codean con el libro de artista, pero también subyace otra realidad, ante la falta de dinero para costear una producción profesional en una imprenta, muchos escritores y autoras recurren a esta alternativa creativa para, al menos, ver plasmada su obra en unos no más de cien o doscientos ejemplares. Encomiable resistencia individual frente a un mercado implacable. En Misiones tenemos algunos ejemplos: “Lo demás es puro verso” (varios autores, entre ellos Heraldo Giordano) se hizo con papel misionero y tapas de cartón de cartón corrugado (Ediciones Grafonauta, de Cba.1990), San Ignacio, de Inés Perié y Juan Catalano (La imprenta de las Misiones, 1992), Cocú, revista de cultura y juventud (bajo la coordinación general de Kevin Morawicki, año 2007), La garganta del diablo (que editaba y publicaba Alberto Szretter, padre, año 1996). Otro ejemplo (hay muchos más) es una publicación de asistentes al taller de Olga Zamboni, que también se editó de manera artesanal.
Cada pieza es distinta de otra, porque el proceso de hechura no es el mismo a la mañana que cuando cae el sol. No hay que confundir la confección de manualidades o de los objetos ensamblados o armados, como hemos visto en Misiones, por ejemplo, mates o vasos hechos de botellas cortadas por la mitad. Eso no es artesanía, es un rebusque local, como asimismo la salida laboral de producir cerveza con el sello del que la elabora para una reunión del pueblo. Le dicen “artesanal” solo porque no la produce una fábrica enorme. El artesano se acerca más al arte en el sentido de la pieza única y el trabajo manual concretado con dedicación a cada objeto, y se aleja de lo industrial porque no saca elementos en serie con la cinta transportadora inventada en 1892 por Thomas Robins
Además, el artesano ha trabajado siempre con materia prima del sitio donde vive, casi es una continuación de sus oficios tradicionales, de su antiguo vivir cotidiano. ¿Una pareja de jóvenes que andan de pueblo en pueblo ofreciendo platos pintados o cintitas de cuero con dibujos hechos con punzón y martillo son artesanos? Sí. Tal vez no lo sean del todo como aquella doña que carda lana cruda, elabora el hilo de manera ancestral y con sus pies hace andar el telar para lograr un poncho. Esta mujer reproduce una habilidad esencial identitaria de su región. Lo hizo su madre, su abuela, su bisabuela. Los aborígenes que hacen un tatú mulita con un trozo de madera, escarbando figuras a fuerza de mordidas de una lezna o un cuchillito, también son artesanos, aunque sean una manifestación postiza, transcultural, para ofrecerla a extraños en la Plaza 9 de Julio de Posadas, y no adornos que nunca tienen en sus casillas en el monte misionero. ¿Cuánto valen sus piezas? Nadie del “club de las camionetas” se detiene al costado de las rutas misioneras donde están los mbyas, bajo una enramada, para comprar un cesto o una orquídea silvestre. Y si se arriman a curiosear, ojalá no regateen el precio. El precio de ese adorno, de esa pequeña escultura es único porque salido de a uno, es invaluable. Posee una tasación simbólica, arbitraria, ajena al toma y daca comercial del mercado.
Podríamos considerar también las comidas artesanales, que son platos derivados de la cocina popular, es decir basados en recetas e ingredientes simples, del pueblo, de los lugareños. Las comidas típicas de los pueblos son elementales, pobres, muy humildes Son viandas modestas en todas partes del mundo, porque son cocinas de subsistencia realizadas con pocos elementos y que se consiguen fácilmente y económicos. La gente consume estos alimentos porque son parte de su cultura, y además -hay que decirlo todo- no tienen otra cosa para hacer recetas complejas.
En Misiones, cuando viene Karaí Octubre, se come yopará. Yopará quiere decir mezcla, y está indicando que es un menú donde se mixtura lo poco que quedó de los meses fríos. Un plato que tiene las sobras del invierno. Es común en los barrios de los pueblos misioneros que se organice la venta de yopará, de porciones de yopará, así la comisión barrial o los grupos que trabajan colaborando con una parroquia, por ejemplo, juntan unos pesos para hacer mejoras en las instalaciones del centro barrial o de la iglesia. No tienen otro ingreso. Cada comercio de la zona o particulares donan lo que pueden de alimento que va a una enorme olla, y de forma parecida al locro se hace la comida, artesanalmente.
Pero estas costumbres son supervivencias, que si persisten es porque la sociedad está con otras preocupaciones. El folclore va siendo devorado por una cultura del individualismo. El triunfo del capitalismo reside en que el sistema alienta la retracción, el egoísmo y la insolidaridad. La declinación de la artesanía va en paralelo con el auge del encapsulamiento personal. Donde antes había transmisión de saberes y de amores por los temas comunes, por la fraternidad y la amistad, ahora encontramos la ley del más fuerte.
Ante los graves problemas laborales y la necesidad de comer, la gente elabora utensilios para vender o platos regionales o postres, pero lo hace por una cuestión de aguante o de resistencia al desalojo social; no por ese antiguo cariño por el objeto semi artístico que con esmero salía de sus manos. Por eso la artesanía tiene una proyección política que interesa (o debería hacerlo) a los que gobiernan. Porque dentro de la Nación con sus grandes instituciones, sus oficinas, sus jerarquías y burocracia, lejos de las avenidas, plazas y costanera, lejos del centro, en el campo, en el monte, lejos en zonas rurales, en las chacras, viven grupos humanos (argentinos también) con costumbres, creencias, ideas, arte, útiles y enseres propios que son ignorados o desconocidos en las ciudades. Ni los que manejan las 4×4 ni los que poseen el poder o tienen capacidad de decisión, se hacen presentes. Esto significa que la patria contiene en su propio seno grandes masas de población olvidada. Este es el remoto pueblo que está siendo desplazado o desaparecido. Y es esta gente con mucho espacio físico pero escaso (o negado) espacio cultural el que realiza o realizaba las artesanías que son vistas como exóticas por el paseante urbano.