
Por Carlos Piegari. Bs. As.-Posadas-Barcelona-Posadas. Escriba fugitivo
Vamos a comenzar por aclarar la diferencia entre lo corto y lo breve. Corto referencia a una magnitud física: la longitud, por ejemplo, una cosa es corta. Lo breve cita la duración de algo, es una variable temporal. Un miembro viril puede ser corto, un encuentro amoroso, tal vez, breve.
Luego de estas palabras introductorias, poco pudorosas, pero en medio de tanta ordinariez que nos rodea podrían considerarse hasta tenues y naif. Vayamos a lo nuestro: Entre el cuento y la novela, dos formatos narrativos que gozan de indiscutido prestigio, se cuela la nouvelle (novelette, noveleta, short story). Un relato de ficción poco tenido en cuenta, definido como novela corta (aquí cabe considerar la longitud de lo corto porque la cantidad de páginas la define, oscilan entre 17.000 y 40.000 palabras), no suelen ser muy del gusto de los/as escritores, y tampoco mucho que digamos promovidas por los editores. Pero hoy es inevitable que los costos del papel e impresión influyen arteramente en la libertad literaria, circunstancia que complica la autoedición y a las editoriales pequeñas. No siendo el caso de los grandes tiburones que, apenas logran que un cuentista alcance un buen margen de ventas, le solicitan una abultada novela para lucrar con un Best Seller. Tal el caso de Mariana Enriquez que luego de unos exitosos libros de cuentos, pegó el salto a Nuestra parte de la noche con 672 páginas. Es obvio que entra en juego el precio, una novela de 100/150 páginas no rinde los mismos dividendos que una de 700. Aunque la crisis del consumo en caída libre también ya sacude a los grandes grupos editoriales y las distribuidoras. Luces rojas: Dificultades para cobrar a los libreros que venden cada vez menos, el desplome en las ventas se estimó en 2025 entre el 10 y el 20%, cierre de librerías con prosapia histórica, la retirada del Estado del mercado editorial, el papel ya representa el 50-60% del coste de producción. Históricamente era el 30-35%. Cuando el insumo principal se dispara, el libro sube más rápido que la inflación general. El editor absorbe o traslada, y en ambos casos pierde, ¿qué deparará 2026? Y en la patria del jamón ibérico tampoco están de verbena: según el diario El País, “la industria del libro en España enfrenta una crisis de visibilidad y ventas: la mitad de los libros publicados no vende ni un solo ejemplar al año. Solo el 4,5% de los títulos supera los 100 ejemplares anuales, concentrándose la mayoría de las ventas en muy pocos grupos editoriales”.
Teniendo en cuenta estas grageas de agobio, me pregunto ¿por qué no explorar otras producciones literarias que también dan satisfacción creativa y además tienen posibilidades de algún ritmo de circulación? ¿Qué sentido tiene hoy sumirme en escribir el Libro Gordo de Petete si ni voy a poder pagar su impresión (en el caso de la autoedición que insiste en sobrevivir), Planeta no tocará a mi puerta, las subvenciones casi han desaparecido, y los premios tienen mala fama por estar (un cierto porcentaje) concertados entre las editoriales y sus autores de éxito? Por eso esta ponderación reivindicativa de la nouvelle en tiempos de excesos sebosos.
Para quienes creen que son nada más que cuentos largos o novelas fallidas, mencionaré algunos textos que entran sin discusión en esta categoría, por ejemplo, El viejo y el mar de Hemingway, Rebelión en la granja de Orwell, El corazón de las tinieblas de Conrad, La metamorfosis de Kafka, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, La tregua de Benedetti, El juguete rabioso de Arlt, ¿suficiente? Hay más, para quienes sienten que si no escriben la Biblia no son escritores con cucardas cual toros campeones, les recomiendo tener en cuenta que la novela corta puede rastrearse hasta el Decamerón de Boccaccio (precisamente escrito durante el caos de una Peste Negra), los italianos lideraron el nuevo rubro y hasta inspiraron a Shakespeare. ¿Y la Novelas ejemplares de Cervantes?
Expresarse con la menor cantidad posibles de palabras, aprender a ser concisos es algo que nos cuesta tanto como empujar la roca gigante de Sísifo. Marcelo Di Marco nos auxilia con dos ejemplos, el letal Vine, vi, vencí de Julio César y tres líneas de Salvatore Quasimodo que condensan una peripecia universal: Cada uno está solo en el corazón de la tierra, traspasado por un rayo de sol: y enseguida atardece. Podrían considerarse microrrelatos, pero en este caso los traigo a colación como muestras del poder de condensación que asumimos cuando no hay frente a nosotros una autopista de episodios y personajes para narrar todo lo que se nos ocurra explayarnos.
En la nouvellenos enfrentamos a un proceso creativo intenso donde no es constituyente recorrer una trama para llegar a un destino más o menos oculto. Importan más las acciones de los personajes, cabría una comparación audiovisual. La novela es un largometraje, el cuento una serie de televisión con no menos de una temporada o diez capítulos, la novela corta sería más cercana a una miniserie de cinco partes que la puedo devorar en una noche de corrido frente a la computadora. Es como un truco de magia donde el conejo sale una sola vez de la galera y escapa a mil por el escenario, todo comienza y termina con el mago corriéndolo a los tropezones, lo intenta atrapar, pero es en vano, el animalito logra huir por bambalinas. No hay más. Esa es la historia: un mago torpe y un conejo despabilado. No es necesario saber qué sucedió antes o después, es puro durante. Y esta palabra es clave, en la nouvelle prima lo que sucede mientras prospera una evolución determinada y acotada. No se utilizan páginas y más páginas para delinear los personajes, los ambientes, los laberintos del yo que relata. El vértigo de lo lúdico nos permite escribir con más libertad. Damos el puntapié inicial de la historia, avanzamos hacia el medio campo, entramos al área chica, gambeteamos las estrictas normas del cuento y la novela, enfrentamos el arco, disparo y gol que sentencia el final. Pura acción, porque este estilo no nos obliga a explicar discursivamente, la agilidad de los sucesos define el relato. Relaja, no exige cantera de palabras ni planificación secuencial. No es un edificio de treinta pisos de párrafos, ni un chalet en la estructura cerrada del cuento, es el quincho donde empezamos el asado a las 13:00 y a las 16:00 nos tomamos todo el vino.
Convocatorias internacionales importantes, como los Premios Nébula, orientados hacia la fantasía y la ciencia ficción, precisamente privilegian obras de entre 17.000 y 40.000 palabras. Asimismo, el Premio Hugo, el Edenor y hasta el Celsius. Convengamos que temáticamente en la novela corta destacan las búsquedas orientadas hacia ficciones no convencionales. Pero nadie nos obliga a caminar siempre por la vereda de lo severo y complejo, escribiendo un Ulises de Joyce que, según la edición, oscila entre 650 y 1.000 páginas o En busca del tiempo perdido de Proust que obtuvo el récord Guinness a la novela más larga del mundo.
De acuerdo, vivimos tiempos caóticos. Para los que escribir significa ganarle un día más al espanto, opto por la sencillez de la favoletta. Narraciones (en libro o audiovisuales) imaginativas, bulliciosas y ligeras, fábulas raras y extrañas que nos alejan del odio y la rabia. Formato literario corto que quizás salvó (o no) de la locura a un Kafka o un Arlt. ¿Por qué no también a nosotros? Nos dan permiso un Voltaire, un Dostoyevski y un Sartre. Que de caos y novelas cortas sabían algo.