
Por Carlos Piegari. Bs. As.-Posadas-Barcelona-Posadas. Escriba diseñado con IA
Existe una palabra poco difundida, el término Bonifica. Muy ligada (Ruth Ben-Ghiat / Fascist Modernities) a los estudios sobre las “modernidades” alternativas fascistas, literalmente remite a “mejoramiento” y “recuperar”. En sintonía con Bauman, Ben-Ghiat plantea que, si bien este concepto es machacado como propaganda por Mussolini para recobrar las tierras anegadizas que rodeaban Roma, evidencian el deseo de “depurar cualquier patología social o cultural”.
Bonifica es “un impulso tecnocrático de planificación social y un modo de pensamiento científico que (…) interpretaba la sociedad humana en cuanto organismo manipulable a través de una operación quirúrgica de gran alcance”. Esta noción podría vincularse con el lenguaje contemporáneo de la ética tecnológica que sustenta el esfuerzo por convencernos que no debemos temer e intentar adaptarnos a la IA, pues es una bonifica social y cultural. Los fascistas siempre consideraron que su facultad mesiánica es fundar una tecnocracia mixturada con una cierta mística espiritual, aunque esto suponga destruir o aislar con dispositivos pseudo científicos la creación humana libre e imperfecta.
La Bonifica se aplicó al “drenaje” de las marismas, una tanatopraxia de la tierra que conecta con las técnicas que se utilizan sobre los cadáveres de los seres humanos en busca de una restauración y conservación de una entidad que ya no tiene vida real. Esta comparación, un tanto macabra, nos lleva a meditar sobre una operación ética y estética postiza, un manejo del cuerpo humano muy similar al que ejecutó Víctor Frankenstein con su objeto-sujeto fabricado de fragmentos anatómicos, que según Daniela Alegría de la Universidad de Chile “es un ser artificial desprovisto de vínculo, comunidad y cuidado Y hoy se lee como una de las primeras representaciones literarias de lo que llamamos inteligencia artificial.”
Vinculando: la IA sería una cierta Bonifica estéticaque imita un acto, esencialmente humano: el pensamiento. Un “drenaje” de la imaginación creativa legítima, un Frankenstein tecnológico y fascista. Algo así como aquellas pantallas de lámparas que fabricaban con piel humana disecada y tatuada unos psicópatas nazis. Los números tatuados reemplazaban el nombre originario de un ente humano extinto. Algo similar hace la IA con nuestros textos. Para saber de qué estaba hablando probé su función de corrección ortográfica y sintáctica. Apliqué una página recién escrita, en segundos en mi pantalla surgió la nueva versión. Había reemplazado por punto y coma todos mis puntos seguidos, algo que me lleva al borde del colapso mental y sugerido unos adjetivos tan melosos y kitsch que tuve que correr al baño a vomitar.
LaPremio Nobel de Literatura, Olga Tokarczukafirmó que había recurrido a uno de los modelos más avanzados de la IA, para “ampliar” sus horizontes y “profundizar en el pensamiento creativo.” Dio pie para que comenzara a girar el trompo de las opiniones a favor y en contra. Pero tras la excusa se asoman algunas preguntas, entonces ¿por qué escribimos? ¿Por qué si el cerebro es tan prodigioso tenemos la necesidad de escribir, es decir, de crear a través de la palabra, de nuestra palabra? ¿Necesito “ampliar” y “profundizar” mi creatividad (sea robusta o frágil) recurriendo a un proceso equivalente a un simulador de vuelo? No hablo de tareas rutinarias, por ejemplo, dar respuestas obvias a preguntas trilladas o banales, donde la IA podría ser útil, sino de escritura creativa. O sea que, en vez de experimentar la vida real, elijo transformarme en el personaje de un videojuego, reemplazar mi nombre por un número tatuado en mi piel. ¿Para qué leo? Pues para saborear una historia y evadirme hasta 1816 en la Villa Diodati de Lord Byron y fantasear con la imagen escalofriante de Mary Shelley escribiendo bajo la luz de una vela en una noche de tormenta un relato de terror como Frankenstein. Creo que esto es mucho más placentero que sentarme solo como un hongo frente a una fotocopiadora y pedirle: “¿me recitás algo?” Recuerdo una anécdota de mi infancia, antes de dormir mi abuela Amelia me leía cuentos, la pobre mujer en un momento dado solía informarme que ya tenía la vista cansada y dejaría de leer, entonces yo insistía: “bueno, contámelos con la boca”. ¿Las máquinas tienen ojos y boca? ¿Se parecen a mi finada abuelita Amelia?
Para el catedrático Claudio Fogu el carácter modernista del fascismo surge como un movimiento engañador para la era de las masas, algo que los CEO de las grandes empresas de IA, hoy retoman a conciencia y nos lo venden con un magnífico doble discurso. Regresando a Daniela Alegría de la Universidad de Chile nos enteramos que una encuesta del Yale CEO Summit reveló que el 42% de referentes directivos consultados creía que la IA podía destruir a la humanidad en un plazo de cinco a diez años. El mismísimo Elon Musk aseguró muy preocupado que con la IA estábamos “invocando al demonio” y poco después fundó su propia empresa de IA. Sam Altman le dijo al Senado de Estados Unidos que “si esta tecnología sale mal, puede salir muy mal”, y sabemos por la ley de Murphy que es verdad, y siguió liberando modelos. Por si no se lo conoce muy bien, este muchacho es director ejecutivo de OpenAI y expresidente de Y Combinator, y se le considera una de las figuras principales en el desarrollo de la inteligencia artificial. Ni que hablar del buenazo de Peter Thiel y su empresa Palantir que compró un palacete en Barrio Parque (Palermo Chico), corazón oligarca de Buenos Aires, ¿Por que usa los mismos pañales descartables que Milei? No creo, leo que crear un video con IA puede costar el gasto hídrico de unos 30 litros o más por solicitud. ¿Dónde queda una de las reservas de agua subterránea más grande del mundo? Si usted está leyendo este artículo entre Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, pues bajo sus pies. Si da la casualidad que le da un vistazo en la provincia de Misiones tomando sol en el jardín, tenga cuidado, la capa de agua bajo el césped puede aflorar y me lo sumerge con sus chanclas y silleta incluida.
Para ir cerrando, ¿cómo puedo tomarme en serio un discurso en pro de la IA? Y no me vengan con lo de las hibridaciones y la convivencia de estándares creativos. En primer lugar, porque el grandulón de Frankenstein no era un monstruo, sino una criatura desvalida. Y la pandilla que mencioné más arriba transforma a Scarface y Al Capone en miembros de ONGs filantrópicas.
Esto es un timo político y empresarial, una Bonifica fascista estilo Mussolini. Huele a aceite de ricino y luce camisa negra con botas de caña alta, no es para mí. Paso.