
Por Walter Tresols. Misiones, escritor.
Los nombres de la muerte
Cuentan que a Juan Forn entre las cosas que lo obsesionaban, una era que cuando le llegara la hora, la noticia no dijera que ‘falleció’. Hasta donde llegué a leer en su momento, al menos en los medios que a él le hubiera importado leer, la noticia fue: Murió Juan Forn.
Seguramente no descubro nada si digo que vivimos una época de eufemismos, hasta para nombrar la mentira decimos fake. Pero el tema de (la imposibilidad de) nombrar la muerte trasciende la época. Por ejemplo, pienso ahora mismo en esa forma que tienen desde siempre los artistas de referirse a los que ‘ya no están’, diciendo que se fueron de gira.
Desde que me enteré que murió el Indio, sin darme cuenta, le estuve buscando nombres a la muerte. Lidiando con eso que me costaba nombrar. Algo del orden del alivio llegó cuando vi a esa multitud congregada debajo de la lluvia, encarnando una versión nueva (la menos deseada, la definitiva) de la liturgia. Pensé: fue por una lluvia que realmente moje.
El Indio que somos
Hablar del Indio es hablar de uno mismo. Leí muchas notas sobre su muerte en estos días, invariablemente, en todas aparecía la primera persona del autor. No es falta de rigor profesional, es lo que ocurre en los contadísimos casos que un hecho nos atraviesa y que además sabemos que, con matices, lo hace de la misma forma a todos los demás. Hay una dimensión histórica del personaje que, sin necesidad de teoría ni acuerdo alguno, establece un sobreentendido entre escriba y lector, donde esto no solamente está permitido, sino que se agradece. Ocurre en muy contadas ocasiones, pienso en las muertes de Néstor, del Diego. Hablar de esas muertes en primera persona, es hablar de nosotros. De lo que nos ocurre a nosotros con esa falta. Es la forma que encontramos de acompañarnos en el sentimiento. Iniciar el duelo.
La muerte del padre
No tiene que ver con las edades relativas del muerto y el que lo sobrevive. Para seguir siendo autorreferencial, en ninguno de los casos citados, ni en el del Indio tengo una distancia en edad que los pueda ubicar para mí en el lugar del padre. Se trata de otra cosa, son figuras que por distintos motivos encarnan algo que asumimos que tiene que ver con nuestra identidad, que nos hace sentir contenidos en una forma de ver y de ser en el mundo. Son muertes que, tengamos la edad que tengamos y haya pasado el tiempo que fuera desde la pérdida real del padre, nos hacen sentir más profunda y más grande la orfandad.
El acento del barrio
Me quedé pensando cómo seguir. Siempre hay un punto del texto en donde aparece la conciencia de que ‘hay que ir cerrando’. Y no, me dije, en este caso eso no es posible. La orfandad no tiene final. Va cambiando de formas, pero permanece siempre en desarrollo, es un texto que nunca terminamos de escribir. Tomar nota de esto, me permite seguir avanzando a tientas (en el duelo y en el texto), sin preocuparme por ningún ‘cierre’.
Pensé también en qué elementos unen a estas figuras a las que le asignamos algo del orden del lugar del padre. Por ejemplo, ¿qué tiene que ver un señor muy mayor ya, recluido desde hace muchos años, emergente de un siglo anterior que hoy resulta muy lejano, que escribe cosas que podríamos pensar difíciles de entender, con un/a joven nativa/o de las pantallas?
Lo que los une es el acento del barrio.
Oler al diablo
Imaginemos por un instante que en estas épocas hiperultraneoliberales alguna de las más altas autoridades de éste o cualquier otro país con gobiernos de esas características ‘falleciera’, belcebú no lo permita (pero llegado el caso, tampoco lo prohíba). ¿Habrá alguien que tenga sensaciones parecidas a la que la gran mayoría sentimos estos días? ¿Habrá quién se sienta, aunque sea un poquitito huérfano?
¿Alguien lo recordará en primera persona?
Lengua de Indio
Aunque esta cárcel siga así y los padres se mueran, los nosotros de nosotros que queden seguiremos llamando a las cosas por su nombre.
En el nombre del Indio.
Con el acento del barrio. En esta cárcel donde todo preso es político. Donde a pesar de todo el humo no consiguen ocultar el bello fiero fuego.
En este rincón donde por muchos marines de los mandarines que manden no podrán con los que estamos de este lado de la mecha.
En este astillero de la orfandad donde los padres que se mueren se van a cuidar por todos nosotros, las puertas del viejo cielo.