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10. El demonio, los DD.HH y el síndrome de Fabrizio

    Por NEACONATUS

    24 de marzo de 1976, la semántica social de la Argentina se disciplina a partir de una “gramática del horror”.

    1.Existe un solo demonio. La teoría de los dos demonios (metáfora pueril y “políticamente correcta”) es un invento de la derecha política argentina para justificar los abusos contra toda persona sospechosa de poseer un ideario cuestionador, los guardianes ejecutores fueron nuestras fuerzas armadas. Esa construcción falaz es parte de una retórica basada en una supuesta reconciliación. Como si hubo una guerra en el país entre dos facciones. El Estado nacional no puede compararse con los defensores de los derechos civiles, la izquierda política o los insurgentes, porque son las instituciones del Estado las que deben actuar dentro de la ley y proteger a sus habitantes. Si encarcelan a un ciudadano debe ser juzgado con todas las garantías del debido proceso jurídico, como indica el Código Civil y Penal. Pero el Estado fue delincuencial: robó, mató, tiró gente de aviones, violó, desapareció a personas, torturó. Clausuró el derecho y la ética republicana, mutando en una dictadura sin posibilidad de adjetivar. Cuando el Estado avaló la mesa de torturas, el sadismo y la crueldad viciosa invalidó toda pretensión de montar (hipócritamente) una lógica binaria y paralela de confrontación. El nazismo se ensañó en los campos de concentración basándose en un odio racial, ¿el estudiante universitario, el obrero, la piba embarazada o el cura villero martirizado en un centro clandestino de detención, eran también “infrahumanos inferiores”? ¿Eran realmente un peligro? Entonces la teoría de los dos demonios, uno de los “demonios” ejerció una saña contra el otro “demonio” que no permite sostener esta falsa dualidad. Es como intentar justificar Auschwitz diciendo que un prisionero y su guardia eran “dos demonios”, una tomadura de pelo. Hablemos claro.

    2.Los Derechos Humanos son normas establecidas como universales (valen para todos los países, adoptadas por la ONU desde 1948), inherentes a todas las personas por el simple hecho de existir, protegen la dignidad humana sin distinción de género, etnia, religión o idioma. Son derechos inalienables, interdependientes, indivisibles e imprescriptibles, y atañen no solo a la vida de cada persona, sino a su libertad, educación vivienda, alimentación y salud. A veces se confunde la muerte violenta de un individuo por otro, con una violación a los DD.HH. Esto solo ocurre cuando el asesino es parte del sistema represor del Estado (policía, gendarme, militar) que está para cuidar a las personas, no para transformarse en criminal. Los Derechos Humanos son, esencialmente, un contrato social. En el mundo civilizado, desde Hobbes en adelante, la sociedad delega el poder de la fuerza en el Estado. El cuidado de los ciudadanos y la represión (y juzgamiento que podría sobrevenir) está en manos del Estado. No puede este, transformarse en agresor, no puede violar la ley y ejercer una violencia injustificada.

    3. Fabrizio del Longo es un personaje de La cartuja de Parma, novela de Stendhal, que embelesado admirador de Napoleón, quiere participar de Waterloo. Deja su familia para ir a la guerra, pero entre el hambre, el sueño, la lluvia que cayó el día anterior sobre el campo donde los ejércitos se preparaban para el choque, las dudas (“¿Es esta una verdadera batalla?”, preguntó), más una copita de licor, se quedó dormido En un momento le dan un arma, un uniforme y lo mandan al borde de la lucha donde es herido levemente y retirado. Cree haber visto a Napoleón, pero no está seguro, no sabe quién ganó, y la verdad, no le importa demasiado, ni conoce ni se imagina las consecuencias que la derrota del emperador traerá al mundo, ni se le ocurre pensar que el mundo cambiará a partir de esa contienda ¿Qué tiene que ver el síndrome de Fabrizio con el golpe del ´76 y lo que siguió hasta hoy?

    Hemos asistido a un acontecimiento traumático, cruel, que tuvo como consecuencia un genocidio y cuyo temblor y sacudida (grieta social, política y económica) aún continúa. Sin embargo, hay gente que parece que no se ha enterado, tal cual el héroe de Stendhal Somnolientos, son los comemierdas (en palabras de Leonardo Padura) creen que el país es el mismo, que si hay crisis es porque nos merecemos, y entonces está bien sufrir, pero que ya saldremos de los problemas. Andan por la sociedad sin entender el “Waterloo” actual. Quizás apoyen los Derechos Humanos porque ellos son buenos y derechos, y tienen forma humana, pero sin aprehender su valor trascendente. Aún no descubrieron quiénes son los enemigos del país (de ellos, de todos nosotros), no participan sino vegetativamente de la comunidad, no se comprometen. Les han vaciado el cerebro. Incluso votan al “emperador”. No leen, no se informan o creen en todo lo que le dicen. Son Fabrizios, dan lástima.

    4. Sólo proponemos prestar atención a ciertos ecos que rebotan entre 1976 y 2026. Permitirnos compartir algunas preguntas, serenas, moduladas pero absortas. ¿Existe una matriz de comportamiento que sugiere cierto malthusianismo? En 1976 se eliminó deliberadamente a un segmento juvenil (en un alto porcentaje) que fue condenado a desaparecer, aplicando una depuración ideológica, por perturbar un plan político extractivo. ¿Hoy también comienza otro descarte social? Tal vez, ¿debería anularse un cupo de personas no sistémicas? ¿Los pobres?, aunque también el que no puede, actualmente no ser pudiente significa segregación, exclusión. Los métodos no se aplican con picana eléctrica, sino con limitación de la educación pública gratuita, políticos panqueques, jubilaciones de limosna, endiosamiento del tecno feudalismo, mucha inteligencia artificial, lavado de cerebro cultural, perreo mental, precios de alimentos por las nubes, costos de producción literaria (y de otras artes) casi inalcanzables e imposibles de producir.

    Tanto ayer como hoy, resistiremos para testimoniar el inapelable: J’accuse…!

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