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11. Lo siniestro y las pastillas Renomé

    Por Café Azar. Bs. As. – Posadas. Escritor, antropólogo y gestor cultural. María Tresols, collage.

    “Cuando salía,

    me prometieron,

    lo aseguraron, lo repitieron,

    nos volveremos a ver.”

    Los Twist – Pensé que se trataba de cieguitos

    La muerte de Juan Manuel Alinari y Clara Romero de Salazbau en manos de Joaquín Salazbau, y el posterior paro cardíaco que le costó la vida a este, fueron, sin duda, una señal de tiempos oscuros. Fue en el horario central, a la vista de todos. Nunca se había visto una cosa así. Era diciembre de mil novecientos setenta y cinco. Ya, a principios de año y en octubre, Ítalo Luder, en el gobierno de Isabel Perón, había firmado los decretos de “aniquilación” del “accionar de elementos subversivos”. Hay una genealogía: el bombardeo a Plaza de Mayo en junio del cincuenta y cinco, el plan Conmoción Interna del Estado en mil novecientos sesenta, la noche de los bastones largos en mil novecientos sesenta y seis, y así.

    En los medios gráficos se jugaba marcando un tiempo de descuento. Recuerdo una tira de humor, en la página de atrás de un diario: al árbol se le habían caído todas las hojas. Quedaba sólo una, temblando. El texto decía: “Falta sólo una”.

    Eran días de otoño.

    En la madrugada del miércoles veinticuatro de marzo, en esa hora en la que es demasiado tarde y demasiado temprano para cualquier cosa, las radios comenzaron a emitir el primer comunicado de la flamante junta militar. Hacía frío. Yo comenzaba la secundaria. Mi barrio estaba rodeado: la Escuela Militar, Campo de Mayo y la Brigada Aérea. Recuerdo que, cuando íbamos a entrenar las prácticas de atletismo en el Colegio Militar, escuchábamos cómo les gritaban a los soldados, en la rutina, y la arenga rabiosa subrayaba que había que matar marxistas.

    Poco después nos enterábamos de que había desaparecido la profesora de educación física de la colonia de vacaciones; que se empezaba a hablar en voz baja; que había uniformados en las esquinas menos esperadas; que había que esconder discos y libros. Y que, si estos últimos se escuchaban, tenía que ser a volumen muy bajito.

    Era el Mundial setenta y ocho, con mis compañeros de secundaria nos juntamos a ver la transmisión del primer partido. En la pantalla se coló un cartel que decía: “¿Dónde están los desaparecidos?”. Nos miramos, tratamos de encontrar alguna explicación. El cartel no volvió a aparecer. Seguimos mirando el partido.

    Había guiños, algunos sutiles y otros explícitos, en recitales de rock, en la cancha, en el canto colectivo que tronaba con el “se va a acabar”. Un Boca – River en la cancha del barrio de Núñez, semifinales de Copa Libertadores, en la popular la gente empieza a cantar la marcha y a gritar el clásico: “Perón, Perón…” Gana Boca con goles de Mastrángelo y Salinas. Era el 17 de octubre de mil novecientos setenta y ocho.

    Un tiempo después de finalizada la dictadura, un veinticuatro de marzo, me tocó ir a Reconquista a realizar unas entrevistas para ACNUR. El trabajo era entrevistar a dirigentes medios de las estructuras políticas de las organizaciones que habían padecido el exilio y habían vuelto a la Argentina sin que hubiera cambiado su inserción laboral ni su condición económica. Justo ese día, Oscar Alende estaba en la ciudad, en un acto de campaña. Mi entrevistado me lleva y me dice: “Vamos a chusmear y después te llevo a la terminal”. Dejamos el Citroën 3CV en una larga fila de autos estacionados y nos fuimos a pispear el acto. Cuando volvimos, vimos que el auto de mi entrevistado tenía todo el frente lleno de barro. Sólo ese auto. Me mira y me dice: “Todos los veinticuatro de marzo me hacen algo. Me recuerdan que están ahí”.

    Medio siglo después, la dictadura está presente en los discursos y en las políticas: en la llamada “modernización laboral”, en la baja de la edad de imputabilidad, en el abultado presupuesto para los servicios de inteligencia, en la ampliación inconstitucional de las atribuciones a la secretaría de inteligencia. En el discurso del odio, en el insulto falaz, en las fake news. Pero no sólo sobrevive en las estructuras de poder y gubernamentales, sino también en el accionar cotidiano: en el uso del desprecio disfrazado de intercambio de opinión, en la mirada soberbia y clasista sobre la vida y los pensamientos de los demás.

    En los títulos iniciales de Piel naranja (Piré nará) se ven dos manos que se entrelazan y, de fondo, las Cataratas del Iguazú. En el final, en el capítulo treinta y tres —¿habrá pensado Alberto Migré en la edad del sacrificio?—, la inconfundible voz de Julio César Barton sentencia: “Que Dios perdone, que Dios pueda perdonarnos”, sobre los cuerpos jóvenes, asesinados, abrazados.

    Me dirán, con razón, que los personajes no representaban a la juventud maravillosa. Es cierto. No en términos políticos explícitos. Quiero aventurar que la historia trágica de Piel naranja es la historia de una juventud asesinada por pelear por lo suyo: sea una sociedad más justa, sea —simplemente— el amor. Una historia situada en las prácticas de la época.

    En una entrevista que Alberto Migré le concedió a Luis Buero, dice – respecto del personaje que interpretaba Raúl Rossi -: “Era época de gran represión y al personaje de Rossi toda la gente joven lo vinculó al represor, al que no dejaba vivir. Pero, por otra parte, una persona que amaba tan siniestramente como amaba este hombre era un represor, porque el amor tiene que ser mucho más generoso que eso”.

    Tendríamos que habernos dado cuenta. Estaban ahí. Están ahí. Y esa era (y es) la peli de terror que estaban rodando. Esa fue la instalación del horror. Y esa política del miedo sedimentó en la palabra, en las prácticas, en el odio hacia lo diverso. La inocencia rota.

    Ya no hay pastillas Renomé.

    (¡Garrido! ¡Garrido! ¡Apuresé!)

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