
Por Osvaldo Mazal. Posadas. Docente y escritor
No, mejor dicho cuánta perversidad, señores. Me refiero al conflicto universitario. Más bien a la falta de cumplimiento por el gobierno nacional de la ley de financiamiento universitario, aprobada y ratificada por el congreso, y legitimada hasta ahora por la justicia federal ante sucesivos intentos del gobierno de dejarla sin efecto. Y a la masiva marcha universitaria de protesta ante esa situación, de la que volví hace un rato nomás.
Debo reconocer que desde siempre siento a la universidad pública como una segunda casa. En la UBA me recibí de ingeniero civil, y en la UNaM de licenciado en letras y magister en semiótica. Y para completar mi prolongada relación sentimental con la universidad pública, di clases de teoría literaria durante 25 años. Claro que esos datos duros (así suelen denominar hoy los periodistas a las cifras) solo indican algo muy personal, una relación que yo además prefiero suponer recíproca. Pero hoy quiero referirme a otros datos duros. Muy duros diría.
Entiendo que en Argentina el gasto público en el sistema universitario osciló en las últimas décadas entre un 0.8 y un 1 % del PBI. El gobierno de Milei en apenas dos años lo redujo en un 36%, llegando al 0.51% del PBI en 2025, por lo que le restó al presupuesto universitario anual la friolera de 2.300 millones de dólares. La ley de financiamiento universitario que el gobierno se niega a cumplir hubiera restituido solo parcialmente ese presupuesto universitario, hasta el 0.76% del PBI. Pero basta de tantas cifras / datos duros. Porque cuando las cifras se ponen en contexto suelen ablandarse o relativizarse.
Por ejemplo, una manera de bajarle el precio a la actual agresión al sistema universitario, sería alegar que la universidad no es la única privilegiada en cuanto a amputaciones de presupuesto, y que todos debemos tener paciencia en pos del superávit fiscal, porque peor la están pasando muchos otros sectores de la vida nacional; por ejemplo los jubilados, o el sistema general de ciencia y técnica, CONICET incluido, o el sistema de salud en general, o las transferencias a las provincias, que se habrían reducido en un 70%, igual que las inversiones en infraestructura (volviendo a las rutas nacionales casi intransitables, por ejemplo).
Pero un argumento que hay que solapar y contraponer al anterior, es que la aplicación paroxística de un Excel motosiérrico a los ingresos de todos esos sectores no funciona igual para otros. Porque el gobierno nacional ha reducido una serie de impuestos, desde Ganancias hasta Bienes personales, Transferencias de inmuebles, Retenciones al agro, Grandes inversiones, etc. etc. Y oh sorpresa, casualmente esas reducciones de impuestos, que llegarían a un 2,5% del PBI (casi cinco veces el miserable presupuesto actual de las universidades), son en todos los casos para los sectores más privilegiados económicamente.
En síntesis, una gestión gubernamental que ha confesado que asumía el control del estado para destruirlo, lo está haciendo a pasos acelerados. En cuanto a las universidades, en Argentina se han vivido, como en el resto de Latinoamérica, diversas olas privatizadoras (ver el informe ejecutivo de la CONADU: La privatización de las universidades en América latina). Primero entre los años 40 y los 60, con la aparición de universidades católicas (educación “laica o libre”, era la frase que resonaba en el espacio público de la Argentina de Frondizi, en los años 1.958 y 1.959); luego desde los 60, con el surgimiento de universidades seculares de élite, y una tercera ola desde los 80, cuando brotaron numerosas universidades privadas menos elitistas, de menor calidad y aptas para cubrir una fuerte demanda insatisfecha.
La actual ola, que bien podría llamarse la cuarta, profundiza en todos los niveles educativos, pero de una manera más acentuada en el sector universitario (que aún depende en su totalidad del presupuesto nacional) la alternativa de la educación como un mercado privado, descartando de plano cualquier idea de bien público, idea que se expresa en nuestra universidad a través de conceptos como el de la laicidad, la gratuidad y el ingreso irrestricto. El carácter salvaje del mercado, esa ley de la selva transferida alegremente a las relaciones humanas de todo tipo por la ideología anarcolibertaria, en cambio, solo puede dejar cadáveres en el camino. O, para ser más literales, se traducirá en que prolifere la ignorancia en los sectores medios y populares, alejándolos cruelmente de las posibilidades de aspirar a una educación superior de calidad.
Claro que uno siempre puede acudir como consuelo de tontos al viejo lema, “siempre que llovió, paró”. Por suerte creo que ése no fue el espíritu de la marcha de hoy, así que renové por milésima vez mi romance con la universidad pública. Más bien diría que se respiraba, muy en el fondo de los corazones, y probablemente con grandes contradicciones o ambigüedades, algo que quizá resulte demasiado anacrónico en el actual contexto nacional y mundial, y escandaloso para infinidad de oídos. Son los versos de una canción de los 60, cuando parecía que el capitalismo salvaje podría ser superado más temprano que tarde, y que el mundo todavía tenía posibilidades de ser reinventado: “…que la tortilla se vuelva / que los pobres coman pan / y los ricos mierda, mierda.”
Crédito fotográfico: Principe Stupnicki Benjamin Octavio. La Rastrojera TV. Gracias