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5. Los tiraron

    Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela

    A mis viejos los tiraron de un avión, loca, imaginate, yo no puedo andar diciendo eso, digo que murieron en un accidente, es muy loco, digo cualquier cosa, si no sé nada de toda esa historia.

                Paulina sigue hablando, el colectivo nos sigue llevando a Palermo Viejo y la noche no se detiene. Nos sucede todos los jueves cuando vamos al taller de cuentos. No sé si es por el vaivén del ómnibus o por los pozos de las calles, pero siento que ella entra en un callejón y yo entro a un avión adonde viajan el papá y la mamá de Pauli; los imagino sentados y que los ataron juntos; aunque decían que a las mujeres las enviaban a distintos centros clandestinos. Me pregunto si los habrán arrojados vivos, vendados, si tenían tiempo de abrazarse, no sé, despedirse de los hijos, con el pensamiento digo, ¿alcanzarían a rezar durante el vuelo?

                Por este laberinto de Palermo se escondieron muchos, dice Paulina, no sé por qué mis viejos no se exiliaron a tiempo, tal vez para no dejarnos a mi hermanito y a mí.

                Me habla, pero yo sigo adentro del avión, no puedo bajarme, no sé cuándo aterriza mi cabeza, ni cuándo me sueltan los fantasmas. Quizás les metían un tiro primero y los tiraban muertos dentro de una bolsa con sobrepeso, ¿a ningún hijo de una gran madre se le ocurrirá contarles?

                Pauli está llena de preguntas, necesita saber cómo murieron sus viejos; compasión se llama, contarle algún pedazo para que ella pueda imaginar que está con ellos; el relato nos da eso, la posibilidad de entrar en la historia que nos armamos y hacer vínculos con los protagonistas.

                Mientras yo divago Paulina gira la cabeza hacia la ventanilla del colectivo, me esconde la cara, lo sé, por acá fue la redada donde los agarraron y siempre llora. Yo hago como que no la veo, pero sé que está viendo pasar una película sobre las paredes, ve correr a sus padres y en todos los viajes ella supone una forma distinta de cómo los atraparon; en su cara y en los cuentos que escribe se ve el horror, trata de esconderlo pero los fantasmas se les escapan, cada una tiene los suyos. Y cómo no va a tenerlos si a ella la tiraron a un hoyo vacío de historias. Yo pude estar cuando murió papá y de mamá puedo contar dónde murió, no cómo porque estaba muerta cuando la encontré, pero al menos sé que llovía y amanecía, que fue en el piso de mi casa y que estaba sola; me faltan pocas piezas para rearmar su muerte. Pero Paulina no tiene ningún pedazo del rompecabezas, no sabe si los subieron a cara descubierta, si antes de ascender reconocieron al pájaro de acero y pico letal que los tragaría. ¡Por qué no les cuentan! Cada ser tiene una vida y una sola muerte.

                Ahora tose, tengo miedo de que se ahogue, suele faltarle el aire, tiene asma desde los 5 años, comenzó después de que los padres desaparecieron. Le pregunto si trajo su inhalador o gotitas desinflamatorias, me dice que no, que no las necesita, que está nerviosa por el colectivo que está detenido y se demora. Seguramente por eso le atacó la alergia, alguien le dijo que los milicos entraron al colectivo y que su madre se asustó porque no llevaba los documentos, bajó y corrió, el marido la siguió y los sabuesos empezaron la persecución. Los compañeros que iban en el cole se salvaron por ellos que se llevaron a los canas afuera y como no vieron lo que sucedía afuera no pueden decirle si la acribillaron dos cuadras más arriba o si se los llevaron en un Falcón verde, la versión más fuerte es la del avión.

                Cada vez que el colectivo frena veo como se prende de la mochila para correr. Paulina me pregunta si traje escrito el micro cuento de la consigna que nos dieron en el taller, le digo que no y le pregunto si ella lo hizo. Me dice que sí, que redactó un mini relato y que no le fue tan difícil incluir la frase que dictó la coordinadora. Siempre cumple con la tarea. Ahora se ríe histérica. Somos amigas desde hace años y esa mezcla de tos y de histeria me alarma. Te lo puedo leer, dice, mientras tamborilea los dedos sobre la mochila. Intenta distraerse, salirse del colectivo que no reinicia la marcha, está lleno y no vemos lo que pasa adelante. Le digo: leelo, dale. Abre su mochila, se le traba el cierre, pega unos tirones bruscos, saca su cuaderno, mira hacia adelante al conductor y me dice, ¿qué le pasa a ese tipo que no arranca? Que no pasa nada, le digo, está esperando que suba una señora con muleta y unos chicos.

                Leé, insisto. Baja la mirada y lee el micro cuento con la pregunta que debemos incorporar al inicio: —¿Vos qué hacés cuando te agarra la locura?

                —Me voy a la orilla del río a ver si pasan.

                No la voy a interrumpir, ya sé que habla de sus viejos, tendría que señalarle que es imposible verlos pasar después de tanto tiempo y que si la historia no es creíble el relato no sirve, no te engancha, pero no puedo, reiventándolos es lo más cerca que ella puede estar de la tumba de sus padres. Continúa leyendo:

                — ¿Sabés cuándo y adónde los arrojaron?

                —No, mi hermano anda averiguando, dicen que fue en el Paraná, a la altura de Rosario.

                — ¿Vos, ¿qué vas a hacer?

                —Voy a pedir un rastrillaje del río. No, tarada, ¿qué voy a hacer?, nada. Los domingos me meto en el río y hago la plancha, me parece que entro en la cama que mis viejos tienen ahora y me acuesto entre ellos, como hacía cuando era chiquita—. Concluye y otra vez tose convulsiva, me pregunta qué opino, le respondo si no supera las 100 palabras, dice que ocupó noventa y pico, le digo que está bueno, que aún sin detalles la historia se puede ubicar en tiempo y espacio y aparecen los personajes.

                Callamos. El ómnibus sigue detenido. Paulina mira con el rabillo del ojo y mete la mano en la mochila, siempre lleva una navaja por seguridad personal, se levanta y me pide permiso para acceder al pasillo, le digo que no, que voy yo, que se quede sentada, nunca sé cómo reaccionará. Avanzo para preguntar al chofer qué está pasando y así tranquilizar a Pauli. Cuando estoy a un paso del conductor advierto que un muchachote, desde la escalerilla, lo está apuntando con un revólver, el primer asiento ocupado lo cubre y no lo vi antes. El chofer advierte mi llegada y hace un gesto rápido con la mano para que no me acerque, entonces el muchacho le dispara. El chofer herido se inclina sobre el volante. Miro para atrás y veo a Paulina abrazada a su mochila tratando de abrirse paso para descender por la puerta trasera y perseguir al asaltante que se dio a la fuga. La alcanzo a detener. Está pálida y rígida, me cuesta regresarla al asiento.

                Minutos después suben dos policías y ordenan a los pasajeros permanecer sentados. La gente grita, empuja para bajarse, es un caos, trato de calmar a una anciana que tiembla como terremoto. Ya pasó todo, le digo. Siento que la mano de Paulina aprieta mi pierna como un garfio, la miro, se está ahogando, tiene el cuello inflado y escupe espuma por la nariz, grito ambulancia, ayuda, pido un médico, un médico repito, trato de abrir la boca de Paulina, está morada, consigo abrirla, parece la entrada a un callejón, quiero ingresar para buscarla, salvarla, los ojos se le dieron vuelta y también entraron al callejón y ahora sé cómo es el túnel al que ella entra durante los recorridos de la Línea 160 “C” que hacemos todos los jueves hacia Palermo Viejo.

                En el hospital, durante su recuperatorio, recuerdo la tarea pendiente del taller y escribo mi propio micro cuento:

                — Vos, ¿qué hacés cuando te agarra la locura?

                — La locura es como el miedo, te mete en un callejón sin salida, lleno de fantasmas.

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