
“…El cuerpo es la palabra. Sin cuerpo no hay palabra y sin palabra no hay cuerpo…”
Martin Alvarenga. Latinoamérica comienza en Corrientes. 
La palabra nace del cuerpo semántico que nos desplaza como marioneta atada a los sentidos. El cuerpo es un poema que se desnuda de su erotismo para habitar en todos los rincones del universo.
El cuerpo espía por sus orbitas satelitales, capta los sonidos desde su antena metafísica y siente los sabores desde el tobogán gustativo de su garganta: antesala de la palabra que está naciendo.
El alma es una luz que se disfraza en el envase mutable que le permite recorrer todas las sensaciones absolutamente necesarias para que la creación se concrete.
El cuerpo es clamor que danza, que llora, que grita, que sonríe, que hace el amor con otros cuerpos, que entra en comunión con otras almas, y surge la transformación de energía que se enriquece del éxtasis o mangar divino, temeroso de salirse de las líneas sigilosas que anulan los despertares y disparates cóncavos. Pero cuando el cuerpo se entrega sin normas al síndrome de la luz que resplandece, todo alrededor también se enciende.
Pero cada vez que nace muere, y cada vez que muere nace, circuito vicioso y desprovisto de los alcances de las mutilaciones.
El cuerpo muere
cuando habita en los estándares consumistas
que le arrancan los ojos
y vuelve a nacer cuando sus ojos caen en una alcántara vacía
y su sexo se hace polvo, tierra, dinamita
y le nacen dos antorchas orbitales
que se prenden y apagan
como símbolo de que lo sagrado nunca se vuelve ceniza, para siempre.
El cuerpo muere, sangra derrotado, y su sangre se pudre en los costados de la herida que fermenta. Y llueve, llueve a secas, una sola lágrima del centro del universo.
Y se hace tierna, se le desarma la cascarita, le sale piel nueva, y se amasa hasta hacerse consistencia etérea.
Brilla en su nacimiento unánime
en el alboroto de andar naciendo con cada muerte
desparramado en el barro
sus vísceras se cofunden con la de otro animal podrido
La tierra
le marca el molde
con su contorno de sales y soles
Así es como nace la palabra con cada golpe, con cada latido, con cada inmundicia que mutila lo sagrado y divino.
Si el cuerpo calla, las palabras también mueren, en su alarido cobarde.
“Si te mutilas, hazlo de a ratos
despacio
lento
sin cobardía
para que las palabras vayan pariéndose al mundo
con la misma magia
de morir para vivir.”
