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La palabra de barro que se amasa con la lágrima del universo

    Por Rosalía Montenegro. San Roque, Corrientes. Poeta, narradora y docente

    “…El cuerpo es la palabra. Sin cuerpo no hay palabra y sin palabra no hay cuerpo…”
    Martin Alvarenga. Latinoamérica comienza en Corrientes. 

    La palabra nace del cuerpo semántico que nos desplaza como marioneta atada a los sentidos. El cuerpo es un poema que se desnuda de su erotismo para habitar en todos los rincones del universo.

    El cuerpo espía por sus orbitas satelitales, capta los sonidos desde su antena metafísica y siente los sabores desde el tobogán gustativo de su garganta: antesala de la palabra que está naciendo.

    El alma es una luz que se disfraza en el envase mutable que le permite recorrer todas las sensaciones absolutamente necesarias para que la creación se concrete.

    El cuerpo es clamor que danza, que llora, que grita, que sonríe, que hace el amor con otros cuerpos, que entra en comunión con otras almas, y surge la transformación de energía que se enriquece del éxtasis o mangar divino, temeroso de salirse de las líneas sigilosas que anulan los despertares y disparates cóncavos. Pero cuando el cuerpo se entrega sin normas al síndrome de la luz que resplandece, todo alrededor también se enciende.

    Pero cada vez que nace muere, y cada vez que muere nace, circuito vicioso y desprovisto de los alcances de las mutilaciones.

    El cuerpo muere
    cuando habita en los estándares consumistas
    que le arrancan los ojos
    y vuelve a nacer cuando sus ojos caen en una alcántara vacía
    y su sexo se hace polvo, tierra, dinamita
    y le nacen dos antorchas orbitales
    que se prenden y apagan
    como símbolo de que lo sagrado nunca se vuelve ceniza, para siempre.

    El cuerpo muere, sangra derrotado, y su sangre se pudre en los costados de la herida que fermenta. Y llueve, llueve a secas, una sola lágrima del centro del universo.

    Y se hace tierna, se le desarma la cascarita, le sale piel nueva, y se amasa hasta hacerse consistencia etérea.

    Brilla en su nacimiento unánime
    en el alboroto de andar naciendo con cada muerte
    desparramado en el barro
    sus vísceras se cofunden con la de otro animal podrido

    La tierra
         le marca el molde
                      con su contorno           de sales y soles

    Así es como nace la palabra con cada golpe, con cada latido, con cada inmundicia que mutila lo sagrado y divino.

    Si el cuerpo calla, las palabras también mueren, en su alarido cobarde.

    “Si te mutilas, hazlo de a ratos
    despacio
    lento
    sin cobardía
    para que las palabras vayan pariéndose al mundo
    con la misma magia
    de morir para vivir.”

    Imagen: Fotografía de Ana Abian

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