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Andrés y Cafulcurá

    Por Carlos Miguel Zarza Machuca. Posadas, Misiones. Escritor y docente

    Como cada mañana, Guasu Rari, despertó muy temprano, cuando el sol era apenas una promesa difusa tras los montes. Junto a sus hermanos y hermanas salió de la bruma oscura que lo cobijaba.

    Afuera, pronto comenzaría la ronda de pies y tacuaras marcando el ritmo de la mañana. Ñamandupapa tenonde le había regalado un día más.

    Joven fuerte y decidido, Guasu Rari, no sabía -no podía saber- que en pocos años más tendría hombres a su mando que lo llamarían Che Comandante o Artiguinhas.

    Guasu Rari era valiente, pero conocía el miedo. Había visto a los hombres blancos matando a hermanos y amigos suyos. La primera vez que vio algo así, aún era un niñito, que salvó su vida porque su madre lo había alzado del suelo y había corrido más ligero que los blancos hasta perderse en la selva.

    Andrés despertó al son del clarín. Era una mañana luminosa y ya se notaba que el sol rompería el aire de la siesta con despiadada fuerza.

    Minutos más tarde, salía de la tienda de campaña, sucia de tierra y sangre. Un soldado de piel de cobre le hizo la venia y Andrés respondió apenas con un gesto.

    Todo estaba listo para seguir avanzando.

    La Muerte caminaba despacio, en los arrabales del campamento. Andrés era valiente, no conocía el miedo. El Comandante y Ella eran viejos conocidos. Se respetaban.

    Ella tenía todo el tiempo del mundo. Podía esperarlo todavía.

    A muchos, muchos días de camino, no muchos años después de que Guasu Rari salvara su vida, Cafulcurá se preparaba para luchar contra el hombre blanco, que en cualquier momento aparecería con sus caballos briosos y sus armas de fuego, cortando la luz del alba con su desesperada vocación de matar salvajes.

    No había bosques adonde refugiarse para escapar de la muerte blanca. La vista podía rodar sin cesar hasta el horizonte infinito.

    Cafulcurá conocía el miedo, pero era valiente.

    El sol ya estaba mostrando su luz, cuando el rumor de los cascos surgió tras los lejanos pajonales de la estepa pampeana.

    Los hombres de su raza lo habían traicionado. Habían parlamentado con los blancos. Él no entendía cómo los hombres con tez de cobre, como él, podían convivir con los mismos que habían aniquilado a cientos y miles de los suyos.

     El Comandante Andrés Artigas sintió el lejano galopar de un chasque. El mensajero llegó, se apeó y entregó, con una reverencia, la carta a su superior. Era una carta de José Artigas. La leyó atentamente. Y luego dijo al indio: “Entendido. Puede irse.” El mensajero montó y se alejó, obediente y veloz.

    El Comandante miró un momento a su lugarteniente y le dijo: “Jahake…Prepárense…próntoke…” Entró a la tienda y dijo a un subalterno: “Prepáreme la ropa. Ya es hora”. El secretario, sumiso y diligente, obedeció en silencio.

    Cafulcurá, reunió a los suyos y pronto se alistaron para resistir, una vez más, a la muerte blanca.

     

    El Comandante, que ya había olvidado que alguna vez se llamó Guasu Rari, terminó de vestirse y salió a luchar con los soldados de tez de cobre, para honrar a la Patria de los blancos y los mestizos, la gran Patria de Artigas.

    Miró a lo lejos y ya no vio a La Muerte.

    Volverían a encontrarse, años más tarde, en una oscura mazmorra del Brasil.

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