
Por NEACONATUS
Comenzó un nuevo año. NEACONATUS no tiene entre sus planes, vacacionar en Brasil o Europa. Lo nuestro será de libros y artículos, escritos pérfidos y alguna que otra diatriba. Diversiones simples, más teniendo en cuenta que en 2025 habrá baile electoral. Nos hace mucha ilusión, ya soñamos con cambios culturales que nos llevarán hacia un nuevo comienzo, pues como será un ciclo de doce meses con marcado acento fascista, es inexorable soñar con un giro radical en nuestras vidas.
La literatura y las artes audiovisuales ya han consolidado nuestro comportamiento decadente a partir de miles de ficciones apocalípticas. Porque convivimos con la crisis. Humanitaria, bélica, doméstica, fisiológica, artística, todo es conflicto. Los seres humanos asesinamos niños y niñas por millares, destruimos familias, cancelamos la sexualidad lúdica, ignoramos la alteridad, negamos el cambio climático, anulamos la empatía, nos morimos de hambre o por no tener acceso a servicios asistenciales, matamos a los pobres, cerramos las escuelas y universidades, les dificultamos, impedimos o encarecemos los medicamentos a los ancianos, en fin, un vademécum de atrocidades que logramos concebir cada ¡veinticuatro horas! Somos malignos y crueles todos los días. Vale enorgullecerse, un récord deportivo. Por lo tanto, esto nos lleva hacia un horizonte de renovación ideológica y política. Que este año no será de izquierdas, pues toca el turno a la revolución fascista. Era hora de iniciar una buena limpieza nacional, social, racial y cultural: Progreso indefinido en perpetuo crecimiento: Modernismo. Pero no vamos a hablar del modernismo, aquel movimiento literario de principios del siglo XX, sino del gusto o atracción por lo novedoso; el desprecio por todo lo que es anterior al ahora. Entiéndase “el ahora” como “ya”, “hoy”. El Zeitgeist, o espíritu de la época, es el rechazo de la tradición, o sea de la cultura (en su sentido más amplio), es decir de la memoria. La memoria humana es derivada a los aparatos informáticos. Ejemplo, por qué aprender la tabla del siete, si en el telefonito está, inclusive el resultado de todas las operaciones. O por qué imprimir las fotos del celular, si las recuperamos cuando queramos. O por qué memorizar la Revolución de Mayo si la guardamos en la compu. Ya existe todo un vocabulario animoso que seduce. Sinergias, motivación, emprendedurismo, interacción, disruptivo, alianzas público – privadas, silicons tecnológicos, habilidades sociales, gestión emocional, etc. Travestismo semántico, déjà vu histórico que disimula la conexión entre modernismo y fascismo.
Tanto Mussolini como Hitler tuvieron como eje clave de su discurso el nacimiento de un mundo nuevo. El mito de la palingenesia, el “eterno retorno”. El modernismo fascista es selectivo y alternativo, perentorio, cueste lo que cueste se construirá una sociedad regenerada. Antecedente: El Manifiesto Futurista escrito por el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti publicado en 1909 en Le Figaro de Francia. Precedente para otras vanguardias, como el Manifiesto surrealista. Marinetti además de poeta fue escritor, dramaturgo y editor. Fundó el movimiento futurista, la primera vanguardia italiana del “novecento”, base para el fascismo de Mussolini. Propuso el tópico de “hacer historia”, y la perogrullada de transformar las palabras en acciones. En primer lugar, cambiar el sistema estatal, depurar, procrear estirpes impolutas. La “destrucción creadora” siempre fue y es asumida por millones de desesperados, apelar simbólicamente a la noción de crecimiento es un remedio para la angustia. Hoy, por ejemplo, ¿Qué sentiríamos sin pantallas, robots o apuestas online? Horror, porque el crecimiento modernista se detuvo. Aquel modernismo fascista se basó en un incremento de la producción y la multiplicación. Más de todo, fue bueno. Más aparatos radiofónicos, más arquitectura acromegálica, más automóviles, más autopistas, más territorios, más, más. A costa de quitarle a otros tantos. Y la economía de guerra fue la guinda del postre.
Actualmente compramos, obsesivos y compulsivos, todo tipo de mercancías descartables para compensar la falta de relaciones verdaderas. Esperamos anhelantes la salida al mercado de la última generación de teléfonos celulares, algo que nos da más placer que un coito sin pastilla azul. Y mentamos el Viagra porque simplifica el acto sexual, lo agiliza y nos da tiempo para seguir jugando, sentados en el sofá, con la play.
El fascismo italiano trabajó con dos factores ilusorios muy fuertes que siempre convencen a la gente “el principio de esperanza” y “el plan de acción estratégica”. Una suerte de modernismo espiritualista. Como nuestra mezcla de perros muertos que resucitan mientras combatimos, casi científicamente, contra los planeros y los ñoquis. En este caso, la lucha contra la corrupción sería la superación modernista de las añejas formas de hacer política en la Argentina. Aunque, en realidad, se está transformando el país en la tan añorada gran estancia nacional que nació en tiempos coloniales. Lo cual no invalida que la corrupción es una gangrena social.
Retomemos la falacia fascista de “renovar la esperanza”, palabra, esta que indicaba futuro. Salvo algunos escritores, nadie tuvo esperanza en lo pretérito. Ciertos intelectuales custodiaron el pasado y no lo trastocaron. El resto de la humanidad siguió su camino mirando para adelante, marchando hacia el precipicio. Luego del gran fracaso exterminador, unos pocos sobrevivieron, y aunque se suicidaran como Primo Levi, restauraron el verdadero sentido de la palabra esperanza. Debieron volver a enseñar que la esperanza conlleva confianza (de que algo cambie “para bien” de todos, no sólo para los acólitos de un régimen genocida o (como está sucediendo aquí y ahora) para nuestros truhanes “economistas” aprendices de magos truchos).
La auténtica esperanza es ilusión, optimismo, promesa, fe, expectativa, perspectiva de algo que vendrá, suponemos, en un mañana colectivo. Tener esperanza es tener un deseo de que algo se cumpla. Para ello hay que poseer determinados “insumos”, se tiene que armar una arquitectura casi feng shui donde la lecto-escritura sea troncal, si no nos aferramos a la mentira fascista de las innovaciones educativas alpedistas. Esperar (tener esperanza) siguiendo a personas como Mussolini fue una estupidez. En la caja de Pandora la esperanza quedó por último, antes salieron todos los males.
Con el nazismo lo del modernismo se puso más complicado. Se aplicó una ingeniería social autodestructiva del Estado, mixturada con eugenesia racial de avanzada. Sin embargo, la alta tecnología de la modernidad nazi despedía vapores de irracionalidad. Y aquí entra un constituyente realmente moderno, los nazis supieron ver la innovación de modelar a la juventud. Una herramienta calibrada casi sabiamente, fue la inyección del virus juvenil de la felicidad.
Finalizada la Primera Guerra Mundial se creó en Alemania un descomunal espacio de infelicidad, el joven fue el cero con respecto a la nada. La posguerra cerró los caminos al conocimiento y al deseo. Sólo quedó el escape de las bandas callejeras, las peleas masivas y la transgresión del cabaret. No había trabajo, estudiar no servía para nada, ellas y ellos ya no eran como antes, estaban quebrados. La sociedad los segregaba, vencía la miseria. Entonces entra en acción el mito de la felicidad. El sistema, de pronto repara en el joven, los integra en espacios paramilitares, en la política modernista del nazismo los jóvenes obtienen roles comunitarios de mando, de pertenencia mesiánica, no hay efectos ni culpas. La felicidad es la afirmación individual ante el sometimiento de otro u otra. Las juventudes hitlerianas podían darse el gusto de apalear personas adultas por un mero capricho.
Casi equivalente a lo que sucede en la actualidad. Hoy un joven argentino puede, frente a una cámara y un micrófono, cometer un delito de odio en streaming. Porque eso es moderno, guay, cool, “disruptivo”. No hay oportunidades reales de placer sino placebos. Se les inoculó el mensaje de que él o ella son como un joystick que controlará su propio destino. Permiso sin atenuantes para la ociosidad narcotizante gamer y el culto estético sin reproches, si tienes tu palco clasista. Si no se me queda calladito, “negro cabeza”.
Pero la historia se recicla, regresa el mito de la palingenesia, el “eterno retorno”. En este 2025 ser moderno es estar poseído de esa virtud marquetinera del “todo bien”. Ya emergieron de aquella caja de Pandora: la guerra, la enfermedad o pandemia, el sufrimiento, la locura, la tristeza, el crimen, la vejez. Toda persona moderna odia la vejez. Porque abomina el decaimiento, maldice la inmovilidad, la progresiva decrepitud natural de la especie, el quebrantamiento de la salud. Hay que ser alegre, fresco, salir sonriendo en las selfies, usar calzas, zapatillas, audífonos, gorras de béisbol. Ser joven, mirar series con efectos especiales, tener la última tecnología, ir al gimnasio, ser delgado, tener el cutis rozagante. Con esta moda externa (porque hay otra, interna) empezamos el nuevo año. Pero la verdad del “ser moderno” comenzó alrededor de 1989 con la caída del muro de Berlín, la globalización y lo que Fukuyama escribió acerca del fin de la historia. Al desaparecer la bipolaridad mundial solo quedaba el capitalismo, y por lo tanto iban a seguir las variaciones, pero sólo de detalles, la historia como gran movimiento de la humanidad, se congelaría en la acumulación de capital y en el desprecio de las mayorías. La historia no es el apilamiento de anécdotas ni un depósito de cronologías. Es la variación cultural y económica de las poblaciones. En esa colonización de los países abriendo mercados (que es lo único que desea el sistema) se cerraron las mentes, los cerebros. ¿Ayudó a este fenómeno la irrupción de la informática? Lo mismo resultó con la electricidad, fuimos capaces de crear una incubadora para bebés y, a la vez, una silla para achicharrar personas.
La moda (ahora la moda interna) consistió, consiste, en el abandono del pensamiento crítico. Entonces la juventud se volvió hacia la anomia. Porque había un circuito externo, un cerebro afuera, unos chips que pensaban (y hacían cosas) por ellos. Eso es ser moderno. Moderno es no atreverse a dudar. Moderno es seguir a la manada, sin el menor esfuerzo físico y psíquico. Moderno es trabajar desde casa, con la portátil. Moderno es tener lo último en tecnología de la comunicación, aunque estemos más lejanos que nunca y más incomunicados que jamás en la historia. Moderno es estar “sub-resaturado” (no “sobresaturado”, resaturado de nada) de información al instante. Hay que saber todo a cada momento. Pero ese “todo” es el todo oficial: frívolo y leve. Carece de alternativas, de contrarios, de alguien, de un grupo (excepto el femenino y otros pequeños focos de resistencia) que sea otra cosa o que busque otra entidad ajena al egoísmo.
Así entramos a un 2025, ¿“triste, solitario y final” como la novela de Soriano?