
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico
(Aclaración: “los escritores” incluye a todas las personas que escriben literatura. Aunque más abajo hago, en un momento, una distinción entre “los” y “las”, quiero que se englobe a todos, sin binarismo, ni nada. Aquella expresión no significa exclusión de nadie, de ningún género ni sexual, ni literario, ni etario o consagrado por el público o la academia, de moda u olvidado. Pero advierto, por si hay algún desprevenido, que no escribiré con “e”, “x”, ni con arroba).
¿Por qué algunos escritores cuentan (ahora, hasta recurren a la selfie) su vida privada en las redes? ¿Es necesaria la confesión de depresiones, de dudas, de éxitos y fracasos, de amores y distancias, de cárceles o exilios? En sus “memorias”, donde quedarían mejor (y que seguramente acechan), ¿es ineludible relatar las cuestiones que tienen con la edición, diseño, publicación, etc. de sus obras, o con sus problemas? ¿Es obligatorio compartir con los lectores los avances y retrocesos de un libro?
Malcolm Lowry narró las desgracias del ex cónsul inglés Geoffrey Firmin, en “Bajo el volcán”, pero no contó, excepto en cartas privadas, o en el prólogo, la discusión severa con el editor, que pretendía quitar entero el primer capítulo. Ni tampoco se quejó de que se le quemó una versión (aún el libro no estaba impreso) en una cabaña en Dollarton, Canadá. Habrá estado lleno de mezcal, si aún le quedaba algo de cuando lo echaron de México, por borracho, o quizás en ese momento daba otro paseo por el infierno, pero pasó a la historia de la literatura no por sus excesos autodestructivos, sino por su prosa.
Sugeriría que se coloquen en una novela, y que hagan allí literatura de sus cuitas, quizás así la cosa sería más interesante. Muchos lo han hecho y los resultados han sido espectaculares. Sabemos por ejemplo que Stephen King tuvo un accidente con una motaza; pero “Misery” es superior. Conocemos la afición de John Irving por la lucha, los guiones de cine, sus viajes a la India y a Oaxaca, etcétera, pero “El mundo según Garp” es insuperable, porque el personaje, que es escritor, es más aventurero que él. Es literatura, no biopic.
David Markson cuenta en “La soledad del lector” que Anna Ajmátova tuvo una aventura amorosa con Amadeo Modigliani en París, en 1910 y 1911, y que ya en la vejez, sin haber vuelto a salir de Rusia quedó atónita al enterarse que el pintor era famoso. Sin embargo, no lo nombró en ningún poema. Hacía buena poesía, no comadreos personales.
En ese libro está que Emily Dickinson se recluyó en su casa y no salió ni una sola vez en sus últimos diez años. Pero, cosa notable para ciertos escribas modernos, no contó a nadie el ostracismo voluntario. No anduvo diciendo qué es lo que la tenía enclaustrada.
Sabemos la conflictiva relación de Kafka con su progenitor, pero Odradek, en “La preocupación de un padre de familia”, no es su biografía. Odradek carece de domicilio, deambula, a veces desaparece durante meses, interpela las reglas. No es Franz, el que cruzaba Praga en moto, iba a jugar tenis y solía concurrir a un prostíbulo, no. Odradek es otro, ni siquiera es un insecto, ni posee función alguna, no tiene casa, nada.
Hay escritores que queriendo vivir de sus obras pasan hambre, se bañan poco, fuman o se drogan o vagan ebrios, residen en pocilgas, etcétera, pero la meta que poseen es la literatura, no sus anécdotas privadas, sin poética. Describen al mundo desde su óptica, es lógico, pero sublimándose en otro u otros. Sus desdichas o su sexualidad o sus premios, son trasegados en historias que nos atrapan quizás porque tienen nombres distintos. Porque sus héroes son algo más (o algo menos) que ellos. Pero no ellos. A nadie le importa si fulana de tal toma Rivotril, o tal poeta va por su tercer matrimonio.
Hay otros escritores, la mayoría, que no viven de sus obras. Les pasan cosas o se las imaginan como a todas las criaturas del mundo, pero no particularizan, no se ponen en el centro de la trama. No explican el parto, la cocina, de un volumen. El lector, agradecido.
En algunas historias el/los personaje(s) es o son escritores/as. En “Mágico, sombrío, impenetrable” de Joyce Carol Oates, una joven va a entrevistar a Robert Frost, el famoso poeta norteamericano, que en los días de la visita era una especie de semidios. Ella termina demostrando quién era Frost: un racista, violento, que mató a su mujer de disgusto, enloqueció a sus hijas, llevó al suicidio a un hijo, a pesar de los cual era para el canon, un intocable defensor anglo, blanco, de la libertad (¿les recuerda a alguien en Argentina?). ¿De qué habla el cuento? De un viejito que parece encantador y que no relata, por supuesto, sus trapos sucios, sino que los esconde. Como Neruda, que era un comunista divino, que transpiraba versos perfectos, y tenía escondida a una hija con macrocefalia.
Asimismo, los escritores no expresan en las mesas redondas, presentaciones, conferencias o set televisivos sus miserias (que las tienen como cualquier hijo de vecino). Incluso sus peleas. Faulkner no lo quería a Hemingway y viceversa. Hubo insultos por temas literarios, por celos, por prestigio, esas cosas. Faulkner era ermitaño, Hemingway una celebrity. Vargas Llosa se peleó con García Márquez con palabras y hasta con puñetazos, Norman Mailer y Gore Vidal se dieron duro. Vidal decía que la obra de Norman era como tres días de menstruación. Mailer le tiró un trago de whisky y un cross a la mandíbula.
Salman Rushdie y John Updike casi se evisceran públicamente, parecido a lo que sucedió entre Harold Bloom y J. K. Rowling.
César Aira dijo que salvo “Casa Tomada” los cuentos de Cortázar son deplorables y que Ernesto Sábato se quería hacer el escritor maldito argentino, y no le daba el cuero. Borges dijo del libro cumbre de García Márquez que con cincuenta años de soledad ya daba. Mario Benedetti afirmó que la mirada de Borges de Buenos Aires y los malevos es de un turista suizo. Para ellos no había vacas sagradas. Pero ninguno de ellos, que se sepa, publicaba antes de internet y después en las redes, nada de sus vidas.
Hay una escritora misionera, Marina Closs, que dijo que Saer estaba sobrevaluado. Era una opinión personal y daba argumentos. Pero le saltaron a la yugular, como si ella debiera plegarse al deleite de los otros. Hice público mi gusto por el autor santafecino, porque se dio en ese momento una divulgada discusión, que lamentablemente no se volvió a repetir.
La literatura necesita debatir su quehacer, interpelar sus dogmas, bregar por mejorarse a sí misma, criticar sus usos, impugnar liderazgos y escuelas, vivir la contemporaneidad.
Jamás Saer pudo haber sido un “invento” de Piglia para matar al maestro, Borges, como pedía Gombrowicz. En esa línea hemos publicado “Incitación al borgicidio”. A propósito, Borges, no tenía buen concepto de Neruda (“¿Qué es eso de escribir a la cebolla, a la lechuga, al apio?”), de Alfonsina Storni (“Solo recuerdo un verso suyo: “Alados inquilinos tocan sus dulces flautas” ¿Puede uno referirse a los pájaros que están en un árbol, de esa manera?”), de Horacio Quiroga “Lo he leído, lo que justifica mi rechazo. Él escribía para ser recordado después, no en el momento”), Arlt (“Es ilegible”). Evidentemente a don Georgie no le gustaban las novelas, excepto seis o siete de la literatura universal. Ninguna novela de Cortázar, por ejemplo; tampoco de Flaubert, nada, salvo las cartas a Louise Colet o quizás, tal vez, probablemente, con viento a favor, “Bouvard y Pecuchet”, obra inconclusa del francés.
Muchos escritores actuales son amigos y hasta socios de los editores, o amigos de amigos, de reseñadores. Nadie va a perder un contacto, una relación con un conocido por una crítica estética negativa a la obra de otro. De manera que todo son alabanzas.
Hay demasiada corrección política, y se tolera que fulano de tal salga de su escritorio a contar intimidades, enfermedades, divorcios. Muchas veces son estos mismos autores los que bajan la categoría de la literatura a un arte menor.
Las novelas ya no importan, los cuentos, más o menos, la poesía, casi nada. ¿Cuántos libros de poesía se venden, quiero decir: se difunden? Las temáticas de la prosa suelen pasar por metaliteratura, largos capítulos de introspección (a lo Proust, que nadie lee), mise en abyme, traumas de la adolescencia y problemas de género, violencia sexual o soledad ontológica. Nadie rompe la cáscara de la endogamia. Nos leemos solo nosotros, si es que lo hacemos. Y para colmo solemos encontrarnos con intríngulis particulares que no tienen que ver con un vuelo de altura, sino con planear a nivel del suelo.
Y están las estrellas, los/las llaman “The Star”, son los y las escritoras que están más allá del bien y del mal. Que la prensa, los Medios y, sobre todo las Editoriales, le perdonan todo, porque sus obras salen como pan caliente. Los absuelven e incentivan a que sus vidas sean de vedettes. El resto, que reviente. Si hay escándalo, mejor, porque hace al negocio.
Nombremos uno, para que este artículo no quede sin rabo: Mario Vargas Llosa. La agente literaria del escritor peruano fue Carmen Barcells, una de las responsables del boom de la literatura latinoamericana, que fue esencialmente un boom editorial, comercial. La empresaria catalana pagó a la revista ¡Hola! Para que Vargas Llosa salga en primer plano en la tapa de varios números, mejor en compañía de Isabel Presley, que era reciente viuda y empresaria cosmética, promocionando sus nuevos libros. Porque hay que vender. Hacer concursos y volver a premiar a los famosos para que vuelvan a escribir y volver a vender.
¿La literatura? Bien, gracias.