
Por NEACONATUS
Arreciaba la Guerra Fría, rusos y norteamericanos se daban duro por todo el planeta. Eran tiempos ásperos y grises. Pocos jóvenes conocen la historia de aquellos años de hartazgo social donde James Bond era Heidi. Nos vemos obligados a recordar que todo apestaba, como hoy, nada nuevo. Pero existieron focos de resistencia cultural, construcción desde la nada. Mucho que ver tuvo el afianzamiento de la clase media y su bastión, la universidad. Por eso, actualmente, saben (¿Quiénes?) que esas dos dimensiones deben ser desmontadas. Fueron, para ellos/as, culpables de muchos cambios heréticos, no es casualidad que lo primero que clausuraron fue el “ascensor social”. Ahora toca subir por la escalera, a oscuras y esquivar las bolsas de basura. Se llama lucha de clases, o algo así…
Una reciente coedición que NEACONATUS ediciones realizó con la editorial universitaria de Misiones (edunam), nos lleva a recordar que, a pesar de todo, hubo una época, en nuestro país, en que los libros dejaron -créase o no- de ser bienes suntuarios, que se comercializaban sólo para una élite, y que el lujo de adquirirlos daba prestigio. Antes y después de ese tiempo de la industria editorial (ese “después” dura hasta la actualidad), los libros han sido caros, objetos fastuosos, para clientes pudientes. Pero, ahora, es gravoso conseguirlos ¿no es así? Están incomprables. No es fácil ser lector. Mucha gente en el pasado, y sobre todo hoy en día, realiza campañas de lectura, pero ¿qué distancia promedio (en kilómetros) hay entre un lector, un niño, por ejemplo, y un libro? ¿Cuántas librerías tiene Misiones? Hay bibliotecas populares, pero ¿bastan? ¿Se leen novelas en la computadora, poesía? ¿Cuánta gente, incluso del ambiente cultural lee a través de pantallas? ¿Qué pasaría si Ana Barchuk de Rodríguez se cansa de ir de pueblo en pueblo, de feria en feria, a lo largo de las rutas 12 y 14?
Hace bastante tiempo Neaconatus y algunos otros Medios se vienen interrogando sobre la difusión artística, al igual que hace unos meses una escritora de la provincia. El escritor paga de su bolsillo la edición de una obra propia (con sacrificio debemos decir, porque es casi prohibitivo imprimir), pero ¿y después qué? Las tiradas son de pocos números, lo que encarece aún más el precio. Aquí, en Neaconatus ya planteamos sobre la deriva del libro, su producción, diagramación editorial, corrección, impresión, distribución, publicidad, venta… No es un problema privativo de esta provincia, es una encrucijada nacional Pero no siempre fue así. En 1960 La revista Primera Plana se preguntaba si era posible llevar obra de arte al hogar. Sí. Justamente fue en ese tiempo glorioso del mundo editorial que mencionamos al principio, desde fines de los años ´50 hasta el ´76. Hubo, a la par de un fenómeno sociopolítico, una explosión editorial: Abril, Fausto, Eudeba, Centro Editor de América Latina, la Editorial de Jorge Álvarez, De la Flor, Galerna, Tiempo Contemporáneo.
En realidad fue el renacer de la época de oro editorial, que se inició en nuestro país, luego de la guerra civil española con el exilio de escritores y personalidades del mundo del libro. Hasta más o menos el año 1953, cuando comenzó a decaer. Gonzalo Losada, con Editorial Losada, Julián Urgoiti con Sudamericana, Medina del Río, más Luis Seoane, más Arturo Cuadrado, con Emecé. Hay infinidad de anécdotas entre los escritores, y los editores. Por ejemplo, de los años que nos ocupan es conocida la historia de Paco Porrúa en los ´60 con Cien años de Soledad, de García Márquez. Fueron, también, los años del boom de la literatura latinoamericana, que muchos reducen a un boom editorial (de ventas) y a la buena suerte comercial de La Biblioteca Breve, de Seix Barral, o al olfato de la agente Carmen Balcells. Pero ahora no queremos abrir esa polémica, sino referir una eclosión de publicaciones, no desde Barcelona, sino desde Argentina, que tuvo múltiples rostros (estos fenómenos no son unipersonales, sino colectivos), destacamos una figura central: Boris Spivacow.
“Nací en Buenos Aires en 1915. Mis padres eran inmigrantes, hijos de judíos, pero ellos eran ateos. A mi padre yo lo quería mucho, no solo tenía con él un vínculo afectivo, sino intelectual muy fuerte. Hablábamos de literatura rusa y universal, de historia, geografía. Mi madre también era comunista, revolucionaria, luchadora”.
José (Osip) Boris Spivacow se inició en Editorial Abril, una empresa que publicaba mayormente libros y revistas para niños. Pero en 1958 se hizo cargo de la gerencia de la recientemente fundada Editorial Universitaria de Buenos Aires, dependiente de la UBA, que al principio era una sociedad del Estado y luego se transformó en sociedad de economía mixta. Fue Spivacow el que le dio un empuje inédito. Ya en 1961 tenía más de 150 títulos, en 1965 poseía 830 distribuidoras, 2 librerías propias, 65 concesionarias, 40 vendedores, 40 stands en distintas Facultades del país, sitios de venta en hospitales públicos y comisionistas, 103 puestos de diarios y quioscos, una sucursal en Chile, y distribuidoras en toda América Latina, EEUU, Francia, Japón e Israel. ¿Quiénes de los que leen este artículo no tienen un libro de EUDEBA? La idea del editor era hacer libros de buena calidad y de bajo precio. El lema de Spivacow era que el libro fuera bueno, bonito y barato. Él revolucionó la manera de editar en Argentina, desmontó aquello de “literatura alta” y “literatura baja”, como índice de legitimación. Creó compilaciones y antologías inéditas tratando de llegar a todos los niveles sociales, introdujo elementos modernizadores, por ejemplo la colección Siglomundo, que incluía discos, mapas, fotos; y publicaba sobre tango, folclore, cine, historietas, letras de canciones, fascículos de literatura popular, de teatro, literatura regional, europea medieval y moderna y textos inimaginables, con un diseño que los lectores argentinos y latinoamericanos nunca vieron. Se rodeó de gente con talento e imaginación como Arnaldo Orfila Reynal que había trabajado en el Fondo de Cultura Económica, de México, Jaime Rest, Jorge Ribera, Aníbal Ford, Eduardo Romano, Beatriz Sarlo, Miriam Polak, entre otros.
“Eudeba no fue una aventura de unos loquitos, detrás estaba la Universidad; además se supo trabajar con docentes, graduados y estudiantes. Cuando comenzamos, yo llamé a los profesores de las distintas Facultades y les pedí que recomendaran libros a publicar, o a traducir y editar. También convoqué a famosos artistas plásticos para que ilustraran las obras. En este sentido fue un éxito la edición (que se agotaba mes a mes) de Martín Fierro, de José Hernández, ilustrado por Castagnino. Se sacó esa obra a bajo precio. La tirada inicial fue de cincuenta mil ejemplares, que se agotaron en un mes. Los libreros, la gente pedían más. Pero también colaboraron Berni, Alonso, Soldi, Urruchúa, Basaldúa, Batlle Planas, Policastro, Russo, Seoane”. Muchos años después, y sin conocer este antecedente, una Revista Misionera de Medicina editada e impresa en Posadas y distribuida por todo el país, publicó en cada tapa, una obra de pintores provinciales.
La colección Arte para todos, de Eudeba, fue un triunfo enorme, en medio de la vorágine de publicaciones. Tenía la mitad de los 12 títulos que componía la biblioteca con relatos en prosa, poesía y refranes, que llevaban ilustraciones (xilografías, tintas, técnicas mixtas), la otra mitad eran carpetas de láminas con una selección de plásticos argentinos de renombre mundial.
Hay que decir también que aquel auge increíble de la industria cultural (que no se repitió en el país ni en el mundo, aunque si hubo una vez, por qué no buscar experimentarlo de nuevo), floreció en el contexto de un resurgimiento de movimientos populares insólitos, no sólo en Argentina, sino en el planeta entero. Aquí y allá el rock, el pop y todas sus variantes crecían a un ritmo arrollador, con letrista y compositores que cantaban en castellano, lo mismo sucedió con el folclore. En Cuba se daba la Revolución socialista que tanto ilusionó a los intelectuales, había una efervescencia general en la moda, en la juventud, en la sexualidad, en la política; el planeta parecía darse vuelta. Ahí nomás estaba el Mayo Francés, el Cordobazo, más lejos se resistía a la guerra de Vietnam, brotaba en todas partes un nuevo público ávido de participar en los cambios locales y globales.
Nos gusta contar estos hechos, y compararlos con la anomia general del 2024, de la juventud y también de los mayores, muchos de los cuales vivieron esos años hermosos pero difíciles, y que, sin embargo, no reaccionan ahora ni siquiera contra la injusticia y la crueldad, ¿pegarles a los jubilados, vetar leyes progresistas, que desaparezcan derechos elementales? Alemania 1930, pero sin refriegas callejeras. La protesta comunitaria se da en las redes virtuales.
Aquellos fenómenos sociales, políticos y culturales, que hoy nos asombran, no ocurrieron sobre una alfombra voladora, también compartieron tembladerales domésticos que no podemos dejar de mencionar. Los más destacados: la llamada revolución libertadora del ´55, la proscripción durante 18 años del peronismo, los golpes de Estado contra Frondizi y contra Illia. Por ejemplo, el 28 de julio de 1966, se produce La Noche de los Bastones Largos, la irrupción violenta en Ciencias Exactas de la UBA, de tropas de la Policía Federal (la misma que ahora maneja Bullrich) para golpear, encarcelar a las autoridades universitarias, docentes, graduados y estudiantes que resistían la intervención decretada por la autodesignada “Revolución Argentina”. La autonomía universitaria volaba por los aires. Ese año, pese al atropello, EUDEBA publicó su ejemplar número 10 millones. Pero la movida editora iba a decaer. A ningún gobierno de derecha le interesa la cultura. O la desfinancian o la censuran. EUDEBA continuó, pero ya no fue la misma. Spivacow pasó al Centro Editor de América Latina, CEAL. ¿Quiénes de los que leen estas líneas no tiene en su biblioteca un ejemplar de esta Editorial?
CEAL fue el resultado del desprendimiento o, mejor, una continuación del gran proyecto de EUDEBA. El lema de la Editorial de la Universidad era “Libros para todos”; el lema del Centro era “Más libros para más”. Podríamos decir que Spivacow “atacaba de nuevo”, proponiendo, con imaginación y en un contexto adverso, seguir con la ampliación del espectro lector, con revisiones y con diversificación de traducciones, títulos y contenidos, publicando “libros malditos”, textos marginales, fuera del canon y olvidados, agregando géneros y formatos nuevos a bajo costo, trasvasando el marco tradicional de las librerías, extendiendo (de nuevo) la venta en quioscos y sitios callejeros, plazas y stands, hasta en centros sanitarios. Cabe destacar que ni EUDEBA ni CEAL tuvieron talleres propios. Las Editoriales trabajaron con 30 imprentas, 7 talleres de encuadernación, 12 establecimientos de fotograbado, traductores y diseñadores innovadores y creativos.
La treintena de colecciones de Eudeba es posible agrupar en 1) las que se orientaban hacia un saber especializado (pero no por ello, restrictivo); 2) las publicaciones que se dirigían al estudiantado (ediciones de cátedras, guías prácticas, informes, monografías); 3) las publicaciones que eran para un lectorado amplio. Pero todas fueron colecciones populares de bajo costo y excelente presentación, con una diagramación de lo mejor, donde había espacios y dibujos y el tamaño de la letra bien legible. Esto logró que el contacto del público con el libro se concretara como nunca antes, indujo a que se transformara la lectura, y el hábito de leer se distribuyera en gente que tenía vedado el acceso a los libros. Ya en 1959 los Cuadernos de Eudeba eran requeridos en otras Universidades de Latinoamérica, y fueron empleados como consulta. Salieron más de 160 Cuadernos con contenido científico en diversas áreas (sociales, naturales, exactas, arte). Además, muchas veces se optaba por fascículos y manuales y no por el libro clásico de tapa dura, y pesado, hasta para repasarlo.
Aún nos falta escribir sobre la Editorial del Centro Editor de América Latina (CEAL), que vendría a ser la continuación privada de Eudeba. Baste decir que Eudeba fue intervenida por la dictadura cívico-militar el 25 de marzo de 1976, al otro día del golpe de Estado. Un grupo de tareas se llevó 90.000 libros que estaban en los depósitos. Nunca más se recuperaron. Adelantemos que CEAL fue fundada en 1966 por Spivacow, y cerrada por el Proceso de los genocidas en 1980. Ese año el 26 de junio las fuerzas militares incineraron miles de libros que tenía el Centro. No solamente hicieron desaparecer personas, sino libros que son los sueños impresos de la humanidad.
Porque el libro es un objeto central de nuestro mundo cultural. Todos tenemos una cultura libresca (queremos decir basada en libros). Atacar al libro, desfinanciarlo, desanimar su difusión, publicación, o dificultar su alcance para todos, o de modo más atroz, ocultarlo o quemarlo, es constitutivo de las gestiones fascistas. En esta línea está la decisión de limitar el acceso a la información pública por parte del gobierno nacional, desinvertir en los programas, organizaciones y sistemas que fomentan la cultura que significa la forma de vivir de nuestro pueblo, y que nos sintamos libres y felices en nuestro propio país.
Spivacow decía “Crear la necesidad del libro en el pueblo, que el libro sea un artículo de primera necesidad”. Ya lo afirmaba García Lorca, que sea como el pan. Que sea como el aire, como el espacio, el espacio donde nos desplegamos y guarecemos, donde volamos, trabajamos, amamos, vivimos. Pero aún no se encontró la tumba donde arrojaron su cadáver los falangistas que lo asesinaron…
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