
Por Graciela Hippler y Alberto Szretter. Puerto Rico. Misiones.
¿Por qué ciertas imágenes capturan nuestra atención y quedan grabadas en nuestros recuerdos, intensamente? ¿Hay una impronta política en el arte que determina o influye de forma determinante para que ese sello sea indeleble en nuestra memoria? Sí. Hay una obra, la de Carlos Alonso, que supera todas las objeciones que podrían hacerse respecto de la relación del arte con la política.
Hubo, sin embargo, una década en que el arte se desmaterializaba en happening, los Medios y el conceptualismo. Era un arte experimental con centro en el Instituto Di Tella de Buenos Aires. Al final de la década del ´60 ese arte fue discutido como espacio legítimo de vanguardia. Los artistas cuestionaron los financiadores (la Ford, Rockefeller). Estos fueron los pintores que dijeron que el verdadero arte progresista no estaba por la calle Florida. Dijeron que el modelo estético de la revolución, la equidad, la justicia, había que buscarlo en el pueblo.
Lo que vincula el arte con la política está en la obra misma, o sea en las razones que atañen al lenguaje pictórico. Ante un cuadro que se nos vuelve ineludible disolvemos los límites de nuestras certezas y nos convertimos en otro, ese otro que también está en la pincelada, en el brochazo, en las saturaciones y matices. Ahí estuvo y está (y continuará estando siempre), Carlos Alonso. Él formó parte en los años sesenta de esa fricción del arte y la política. Pero la historia de este gran pintor, que acaba de fallecer empezó mucho antes. En 1945 (en el ascenso del peronismo) se afilió al partido comunista. En 1965 (ese año EE. UU invadió Santo Domingo) visitó Cuba. En La Habana participó con Antonio Seguí como jurado del Certamen de Grabado y Dibujo.
Mientras en el mundo el experimentalismo declinaba, se volvía evanescente el soporte tradicional, y se proclamaba “la muerte de la pintura”, Alonso confirmaba su legitimidad y proponía que el gran arte alcance al gran público. “Basta del cuadro mercancía” decía en 1969. Para eso introdujo dentro de su obra fragmentos de la vida misma. “El collage me enamora, me permite meter cosas, papeles, viejas telas, objetos, máscaras, que guardé mucho tiempo”.
En 1972, en Roma, Alonso comienza una serie que continúa en Madrid y que trae a Argentina. La expone en 1976 con el título de El ganado y lo perdido. Pinta vacas, intestinos, tejidos con sangre, vísceras. Aquí podemos encontrar otro rastro de lo político. Son metáforas pictóricas. Ese mismo año, en el que el artista se adelantó a la violencia que iba a sobrevenir en el país, Carlos Alonso se exilió con su hijo y su esposa, en Roma. Su hija Paloma fue desaparecida en Buenos Aires en 1977. El contexto inunda, entonces, su obra anticipada y la enviste del poder de la historia.
No existen fotografías de las salas de tortura y muerte durante el Proceso Cívico militar en Argentina, pero existen relatos y existe la obra de Alonso.
En 1981 el artista inicia la serie Manos anónimas, grupo de dibujos y bocetos en tinta. Hay en esas imágenes violencia, mujeres, niños violados, hombres de mirada furtiva y cruel, militares y sombreros. Hay sobre todo desesperación, botas, anteojos palas para enterrar cuerpos, un chico que se abraza a un perro, muebles rotos, puertas y vidrios que caen en miles de astillas.
Carlos Alonso Nació en Tunuyán en 1929 y falleció el 21 de septiembre de 2026 a los 97 años. Tuvimos la suerte de poder saludarlo en Unquillo en 2015, vivía al lado del Museo Spilimbergo.