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Crisis del deseo I

    Por Belén Silva @muyempirica. Posadas. Escritora y Tesista. Lic. en Antropología Social (FHyCS- UNaM)

    Las pantallas, los nuevos guiones de género y la vida material están reorganizando la intimidad de maneras contradictorias. ¿Tiempos del postporno?

    Una de las promesas de la digitalización de la vida cotidiana fue abrir conversaciones que antes permanecían reservadas para pocos. En esos espacios, las mujeres hablan cada vez más de sexo, de sus fantasías y de las formas que adopta el goce. Mi punto de partida fue un dato que todavía incomoda a ciertos sentidos comunes: algunas mujeres heterosexuales consumen pornografía gay masculina.

    La investigadora Lucy Neville (2018) encontró que las motivaciones son diversas. Entre ellas aparecen el interés por mirar cuerpos masculinos, la percepción de un placer más recíproco y la posibilidad de evitar la identificación con una mujer objetivada por la cámara. Esa preferencia no revela de manera automática una identidad oculta ni puede reducirse a una sola causa. Muestra algo más provocativo para pensar: la fantasía no copia de forma literal nuestras prácticas, y el deseo también se aprende, se narra y se explora mediante imágenes.

    Debo decir que como etnógrafa los datos que obtengo de mi sección de comentarios son oro puro. Muchas mujeres salieron a expresarse al respecto y me enseñaron que existe un consumo de “BL” Boy Love que desconocía junto con comunidades digitales, sitios exclusivos y mangas que desconocía.

    Esa conversación coincidió con otra escena. Tulipán atribuyó la peor caída de sus ventas en cuatro décadas a una supuesta “crisis del deseo”. La frase es potente porque vuelve íntimo un problema medido por una empresa. Sin embargo, vender menos preservativos, tener menos relaciones y desear menos no significan lo mismo.

    Qué muestran los datos

    Un relevamiento argentino de Trendsity y QuestionPro publicado en 2026 registró una brecha considerable entre deseo y práctica: solo cuatro de cada diez personas habían tenido relaciones durante el último mes y el 19 por ciento llevaba al menos tres meses sin tenerlas. Más de la mitad quería una frecuencia mayor. Cuando se preguntó por los obstáculos, aparecieron el cansancio, la falta de tiempo, el estrés, la crianza y los problemas económicos. Estos resultados vuelven plausible una crisis de las condiciones para encontrarse, antes que una extinción del deseo.

    El estudio que permite comparar momentos ofrece una imagen distinta. El Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA reunió 3.941 casos entre 2022 y 2026. La frecuencia alta pasó del 39 al 37 por ciento y quienes declararon no tener relaciones bajaron del 17 al 16 por ciento. Entre las personas de 18 a 29 años, el 44 por ciento dijo que su deseo había aumentado durante los tres años anteriores. La evidencia local más reciente, entonces, no confirma una recesión sexual generalizada.

    Los nuevos guiones del deseo

    Las cifras describen una parte del problema. Para entender qué pasa con los vínculos también conviene observar los repertorios que circulan en internet. La machosfera presenta el encuentro heterosexual como una competencia entre hombres y mujeres. Las tradwives ofrecen una nostalgia por los roles domésticos jerárquicos como respuesta a la incertidumbre contemporánea. Algunas comunidades NoFap convierten la abstinencia de pornografía y masturbación en una técnica de autocontrol, rendimiento y recuperación de la masculinidad. En el extremo opuesto, los gooners celebran la inmersión prolongada en el porno y la masturbación como una práctica absorbente, muchas veces solitaria y digital.

    No sabemos todavía cuánto incide cada fenómeno en la frecuencia sexual. Sería un error tratarlos como causas comprobadas o como comunidades homogéneas. Funcionan mejor como variables para investigar: enseñan qué esperar de una pareja, cómo interpretar un rechazo, qué cuerpos merecen deseo y si el sexo debe ser cuidado, conquista, disciplina o consumo. Aunque se presentan como opciones enfrentadas, muchas de estas culturas convierten la intimidad en un proyecto de optimización personal y trasladan a comunidades digitales aprendizajes que antes ocurrían en otros espacios de socialización.

    En ese mapa digital, que algunas mujeres miren porno gay masculino no es una curiosidad desconectada. Puede leerse como la búsqueda de imágenes que desplacen el guion heterosexual organizado alrededor del cuerpo femenino disponible para una mirada masculina. Eso tampoco vuelve a ese porno igualitario por definición, pero muestra que las personas pueden explorar el deseo fuera de los papeles que luego ocupan en sus relaciones. Las pantallas pueden ampliar la imaginación erótica y, al mismo tiempo, reemplazar o volver más difíciles ciertos encuentros presenciales. Sumado a que la cama pasó a ser -para muchos- ese lugar donde nos recostamos a scrollear.

    Por eso prefiero hablar de una reorganización contradictoria de la intimidad. Para algunos grupos puede haber menos encuentros regulares, mientras persisten el deseo insatisfecho, la exploración sexual en línea y prácticas con menor cuidado. La precariedad económica, la falta de tiempo, la inestabilidad vincular y los nuevos guiones de género se combinan de formas que una cifra de ventas no alcanza a explicar. La “crisis del deseo” es una interpretación empresarial atractiva. Los datos argentinos señalan, por ahora, una crisis más concreta: la de las condiciones para encontrarse, cuidarse y construir expectativas compartidas.

    Neville, L. (2015). Male gays in the female gaze: Women who watch m/m pornography. Porn Studies, 2(2–3), 192–207. https://doi.org/10.1080/23268743.2015.1052937

    Glosario de términos:

    Boys’ Love (BL): género de ficción centrado en relaciones románticas y, en algunas obras, sexuales entre personajes masculinos. Surgió en Japón, históricamente vinculado con creadoras y lectoras mujeres, y se expandió al manga, la animación, las novelas y las series. No todo BL es pornográfico ni su público es exclusivamente femenino.

    Manga: denominación utilizada para las historietas japonesas. Abarca numerosos géneros, temas y públicos; el Boys’ Love es una de sus expresiones.

    Gooners: en el contexto de las culturas sexuales digitales, personas que participan del *gooning*: prácticas de masturbación prolongada, frecuentemente acompañadas de pornografía, orientadas a sostener la excitación. Pueden incluir intercambios y encuentros en comunidades digitales; no son necesariamente prácticas aisladas.

    NoFap: nombre de una plataforma y, por extensión, de comunidades que promueven abstenerse de la pornografía y/o la masturbación. Las motivaciones varían: algunas personas buscan modificar consumos que consideran problemáticos; otras vinculan la abstinencia con disciplina, rendimiento o masculinidad. Existen cruces con la machosfera, pero sus participantes no comparten necesariamente una misma ideología.

    Machosfera: conjunto heterogéneo de comunidades, influencers y espacios digitales que abordan la masculinidad y las relaciones de género desde posiciones frecuentemente antifeministas. En distintos sectores circulan discursos sobre una masculinidad amenazada, jerarquías entre varones y relaciones con las mujeres entendidas como competencia o dominación.

    Tradwives: abreviación de “traditional wives”, “esposas tradicionales”. Designa una identidad y una corriente de contenido digital que idealiza la dedicación femenina al hogar, la crianza y el cuidado del marido, asociada con roles de género tradicionales y, en algunas versiones, con la autoridad masculina. Ser ama de casa no implica identificarse con esta corriente.

    Scrollear: desplazarse por el contenido de una pantalla deslizando el dedo o utilizando el mouse. En redes sociales, suele referirse a recorrer una sucesión de publicaciones, imágenes o videos.

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