
Por NEACONATUS
Bajo juramento, prometemos no cometer un artículo denso, confrontador y moralino. Por eso comenzaremos con un cuentito. Resulta que “los simios, sumamente civilizados, se balanceaban con elegancia entre las ramas; el neandertal era basto y estaba atado a la tierra. Los simios, satisfechos y juguetones, pasaban la vida sumidos en sofisticados entretenimientos o cazando pulgas con contemplación filosófica; el neandertal se movía oscuramente dando pisotadas por el mundo, repartiendo porrazos aquí y allá. Los simios lo miraban divertidos desde las copas de los árboles y le tiraban nueces. A veces el terror los sobrecogía: mientras que ellos comían frutas y plantas tiernas con delicado refinamiento, el neandertal devoraba carne cruda y mataba a otros animales y a sus semejantes. El neandertal cortaba árboles que siempre habían estado en pie, movía rocas de los lugares que el tiempo había consagrado para ellas y transgredía todas las leyes y tradiciones de la selva. Era basto y cruel, y no tenía dignidad animal: desde el punto de vista de los sumamente civilizados simios, no era más que un paso atrás en la historia.” (Arthur Koestler, El cero y el infinito)
¿Por qué no regresar allá lejos y hace tiempo? Como en El Juego de la Oca, retroceder un casillero. Quizás el error haya sido pensar que el progreso sería infinito. Creer en esa construcción abstracta que llamamos “La humanidad”. A lo mejor son nada más que miles de millones de sujetos individuales y particulares con vidas singulares, egoístas y finitas. Sin ningún propósito en particular. Conrad dice algo así, somos como esos condenados a perpetuidad que, liberados después de muchos años, no sabemos qué hacer con nuestra libertad. Entonces regresamos y volvemos a engancharnos a las cadenas. Algo de esto puede estar pasando. Camus en El Mito de Sísifo, cuando se ocupa de Sade reflexiona “¿Por qué habría de ser virtuoso el hombre?” Tal vez tiene razón al pensar, como hoy está sucediendo, que desde siempre existe un grupo de poderosos dueños de la comunicación (en este caso focalizamos la prensa tangible y digital, pues esto va de periódicos y portales digitales jugados para la diestra o siniestra. Bueno, más para la sensata derecha que rige la ética de la gente de bien …) que poseen todos los derechos a perpetuidad, nos engañan durante un tiempo haciéndonos creer que somos los verdaderos depositarios del chupetín de la verdad, y nos lo vuelven a quitar cuando les da la gana. Y así cíclicamente. El juego sádico del gato y el ratón.
Ya no podemos negar que “las tornas han cambiado”. Se llama tornas a las piedras que se colocan alrededor del fuego o de una estufa y se las gira, da vueltas para avivar las llamas. También a un pequeña ventana fija y rotatoria que en los conventos de monjas sirve para intercambiar objetos con los visitantes sin que las religiosas sean vistas desde fuera. La frase remite a un cambio de roles, cuando las circunstancias entre personas se han invertido y ahora son antípodas a lo que solían ser. Quien antes tenía mejorías en la vida ahora padece desventajas. “Dar vuelta las tornas” es una locución verbal que significa que la marcha de un asunto cambia en sentido opuesto. Por ejemplo, “Antes los Gobiernos ignoraban el estado de bienestar social, ahora las tornas han cambiado”. Un sinónimo de “dar vuelta las tornas” es, el más común, “darse vuelta la tortilla”. Actualmente, a nivel global y local, un amplio espectro, constituido por los más vulnerables: la clase media que lucha por no pauperizarse, y todos los grupos sociales (de medio para abajo) que pelean por sus derechos y reivindicaciones. Una novela de Víctor Hugo, protagonizada por millones de Jean Valjean.
Y como en todo relato social surgen frases leitmotiv. Ahora de “grieta” pasamos a “postverdad” o “batalla cultural”. Absoluto derecho de expresión, aunque se percibe un cierto tufillo a humo de horno crematorio. No vale tomar muy en cuenta esta opinión, ha sido utilizada para crear tensión dramática. Una táctica muy Netflix.
Todas las ideologías han tenido estupendas plumas a su servicio, para crear narrativas de alta calidad. Los difusores de los extremismos poseen entonces una larga historia, ahora ayudados, más que por los grandes Medios de comunicación, por la informática y las redes sociales. Algo nuevo, con herramientas muy efectivas como son las ya famosas “fake news”, noticias falsas instigadoras de la enemistad comunitaria. Las pistas adulteradas que, en una novela policial, nos apartan de la trama vertebradora.
El insulto y la burla al rival político (o a periodistas e intelectuales) agrada al público, que está harto, con o sin razón, de quienes (elegidos por nosotros mismos) no solucionan los problemas que nos agobian. Sólo para algunos, a otros no. También operan como variables excitantes lemas del tipo “ahora iremos a por ellos” o “llegó la hora del escarmiento”.
Las publicaciones extremistas son groseras y deslenguadas, se contradicen frecuentemente, sin importarles el ridículo. Ahora, sobre todo las de extrema derecha, que cuentan con ingentes capitales, viralizan a través de sus trolls denuncias sin fundamentos, apoyados por tapas de los diarios y pantallas calientes, escrachan a los que están enfrente de sus posiciones supremacistas. Promueven eslóganes vacuos como “Cambio”, “Esperanza”, “Creer”, “Futuro”, “Esperanza”, “Libertad”. Nada nuevo, pero siempre efectivo. Conceptos utilizados hasta el hartazgo por religiones, líderes mesiánicos y nacionalismos de cartón pintado. Aparentan estar contra el sistema, cuando son la quintaesencia del mismo.
Peter Sloterdijk escribió un libro en 2006, que editó Siruela en español en 2017, se llamó Ira y Tiempo, donde contaba la historia de la ira y cómo ese sentimiento carcome, mediante estos personeros elitistas de la diestra heavy, el cerebro de los que se sienten perjudicados o excluidos de la sociedad y, sobre todo, apuntan a los jóvenes que desorientados y sin conocer lo que pasó hace solo un par de décadas en nuestro país y el mundo, se sienten inflamados hormonalmente (no cerebralmente) contra lo que sea o les propongan.
Antes era la Iglesia, el deporte o el trabajo rudo donde se descargaba la bronca, o a principios del siglo, los partidos de izquierda (ni que hablar de los impresentables anarquistas), ahora esa indignación nacida en lo más profundo de la estructura capitalista, carece de un canal de desahogo. Los señores de la venganza aprovechan esos “bancos de bronca” para realizar sus sueños afiebrados, mientras nos distraen con fuegos artificiales made in China. Y sin que, casi, nos demos cuenta les saca de golpe, a cerca de dos millones de ancianos los medicamentos, baja la edad necesaria para la portación de armas, y pretende que los militares salgan a las calles a combatir el supuesto narcoterrorismo omnímodo. Para colmo desea asociarse con la OTAN, es decir “compra” un conflicto ajeno. Pero vaya que luce codearse con ejércitos europeos, ¡eso si es elegancia castrense! Ya veo a los gallardos granaderos a caballo acometiendo contra hordas desarrapadas de rusos. Si por lo menos pudieran enfrentarse con una caballería cosaca.
Hay que reconocer que detrás del enojo de la población, hay causas reales para el disgusto. La cuestión radica en plantearse cómo salir de la encerrona sin caer en los movimientos extremos. Este señor parece que la tiene clara cuando dice: “En el mundo contemporáneo, la sociedad y la cultura cambian a gran velocidad. La voluntad de dirigir esos cambios está en la base de las batallas culturales”, Agustín Laje. Ed. Hojas del Sur (2022). Habla lindo, pero no se pregunta el porqué de los cambios, ni en qué consisten. Escribe un manifiesto que informa, anima y faculta a los “guerrilleros culturales” para que no bajen los brazos en la batalla cultural que sigue perjudicando -afirma- a nuestras familias y a la sociedad en general. Así con bibliografía de teóricos, sociólogos y filósofos brinda herramientas para hacer creer que dice algo importante expresando ambigüedades. Un literato de pura raza, un gran creador de ficciones. No le demos vueltas, el argumento de esta novela es más viejo que los Rollos del Mar Muerto, los cambios culturales son los de siempre desde Platón: los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
La “batalla cultural” (que imagen literaria extraordinaria) desprecia la solidaridad, el sentimentalismo y las buenas intenciones de la “justicia social” y rechaza de plano lo que cree una aberración, aquello que dice que donde hay una necesidad, nace un derecho. Sensiblerías humanistas. La batalla cultural es una disputa por la representación de la realidad. También se da, por supuesto, en el plano de las imágenes, por eso utiliza una motosierra para defenestrar las instituciones y expresiones artísticas. El escenario de todo este desguace está en las redes sociales, la nueva narrativa “low cost”: leo, escribo, subo memes, poco y gratis. Los clientes privilegiados, la juventud. Los chicos y chicas eximidos de toda responsabilidad comunitaria se sienten libres y sin ataduras, se le inculca la sed de triunfo, de éxito (y si es fácil y rápido, mejor) que no es otra cosa que tener dinero. Aquí aparece la figura de víctima. Víctima porque es evidente que la mayoría fracasa en esa búsqueda. Entonces, como dice el zurdo de Slavoj Žižek, víctima y libertad comienzan a “unirse”. La víctima siente que el “otro”, el prójimo, es una amenaza, porque es competencia, ese “otro” se interpone en su camino al éxito. Ese “otro” es el que frustra nuestros sueños de buen vivir. Este es el objetivo de la batalla cultural: implantar ese modo de crear niveles inferiores y superiores. La verdadera batalla cultural debe dejar en claro que ningún cambio puede ocurrir sin permiso de papá. Ningún cambio puede darse desde adentro del deseo. Ya lo dijo una señora ministra argentina, si los viejos se tienen que morir, pues que se mueran. Pero no dejen de escribir, la literatura libre y provocadora, es la motosierra de la razón.