
La poesía, el “arte de la condensación” al decir de la poeta Ana Luisa Amaral, lleva un cofre con mapas, con signos por descifrar. Entonces me pregunté: qué dicen los versos, qué hay detrás, en lo profundo, en los silencios de un poema, en su cartografía.
El verso que sacudió e interrogó a mi mente decía:
“Desnombrar las palabras…/
tal vez
al no saber el nombre de lo que hace
el torturador
cese”
Lo extraño, lo inesperado fue que otro poema intentó responderme y lo bueno fue comprobar que los poemas dialogan, las artes dialogan, las obras con sus autores dialogan.
Y esto fue lo que otro poema respondió a su autora:
Cuando llega la pregunta que pregunta: ¿qué haces?
y el hombre no lo sabe
se detiene
se detiene y piensa.
Piensa y no sabe el nombre de la acción.
Entonces se pierde más aun y se suspende.
Detenido busca el motivo
la causa
la idea que la impulsa y la sostiene.
Cuando la encuentra
aunque fuere falsa
aunque fuere mala
aunque dañe y mate
sigue.
La justificación
del que ejecuta la tortura es lo que le vale:
una venganza
su dolor más grande
exhibir su poder
unos míseros pesos para su mísera vida
todo aquello que le valga o le pese más
que el sufrimiento del torturado.
A la víctima se le recomienda escapar
antes de que el verdugo halle una razón
y dé nombre a lo que hace.
Volverá a la acción si encuentra la palabra
que la nombra y lo sostiene.