
Por Tony Zalazar. Chaco – Corrientes. Escritor y editor

Son impensados los destinos que ofrece la poesía, y muchas veces sus extravíos (o vías extras) nos regalan entrecruces que revelan aspectos poco visitados de nuestro espíritu. ¿Quién pudiera imaginar que un poeta de los Estados Unidos de Norteamérica venga a recalar en un suburbio de Corrientes? y ¿que ese mismo poeta aprenda el castellano, se identifique con la cultura local y fusione su escritura con las dinámicas y tradiciones de una provincia medieval? (lo de medieval es sensación del escritor Enrique Symns, quien también recayó una temporada en estos pagos). Y aunque existen muchos casos de escritores que desarrollan su obra lejos de su territorio natal y de su lengua materna, es difícil imaginar que alguien de “mundo” venga y se instale en Laguna Seca, en la periferia de Corrientes, y además alcance a reconfigurar su imaginario poético y describir de una manera tan profunda y plástica los avatares de la ciudad. Esta es la historia de Douglas Currier, el mensajero extraviado.
Tuve la suerte de conocer su historia y sus poemas en el Ateneo Omar Khayam, un ciclo de lecturas que coordinara el escritor Alejandro Mauriño, en el año 2006. Esa noche Douglas leyó sus textos desde un libro amarillento y con los ganchitos oxidados, mas los poemas tenían la fragancia de un pan recién salido del horno. Con señaladores rosados había marcado los poemas a leer, y con la voz graciosa de quienes imitan a un norteamericano leyó sus poemas escritos en un amplio castellano, solvente y específico en su decir. Al concluir la lectura repartió ejemplares de Desnuda parada sobre un techo y otros poemas, el libro amarillento que había sido publicado en 1988. Por llegar último a la repartija a mí me tocó el ejemplar marcado con los papelitos rosados, un privilegio. Bebimos unos vinos y él nos presentó a su esposa Noemí Argañaraz, por quien viniera a Corrientes a fines de los años 80, y con quien regresa cada tanto a visitar parientes.
En el 2018 volví a leer su libro y el vigor de los poemas se mantenía intacto, la fuerza y especificidad de su lenguaje hablan del gran escritor que es Douglas. Entonces, al cumplirse 30 años de la publicación del libro, se me ocurrió hacer una reedición. Charlamos vía correo electrónico y me puse a digitalizar los poemas que habían sido concebidos en una vieja máquina de escribir y fotocopiados para la primera edición.
Al recorrer los poemas con los ojos, los oídos y los dedos puestos en el teclado pude sentir claramente la peripecia existencial de un hombre educado en los rigores del primer mundo; el frío –de Pittsburgh-, la religión -descendiente de Presbiteriano- y lo marcial -se formó en West Point-, puestos en áspero diálogo con la exuberancia mitológica y salvaje del litoral, y jaloneando el espíritu de un poeta que leyó con admiración a Raymond Carver, y a todo el realismo sucio que estaba en boga en ese tiempo. De todo esto emerge una visión desencantada de las formas de vida y relaciones familiares de la clase media estadounidense, y una reflexión poco indulgente de las acciones y decisiones personales que configuran una manera desengañada de entender la realidad.
Y justamente, con el afán de ofrecer una mirada realista y disconforme con el sistema, Douglas valiéndose de la precisión y de la plasticidad del lenguaje, usuales del realismo sucio, se lanza a describir objetos, paisajes y personas que en su despliegue narrativo provocan una profunda tensión emocional, en tanto que revelan los aspectos humanos más sórdidos, extraños y a la vez tiernos. El patetismo es el ingrediente metafísico que dota a los poemas de cierta magia para transcender la escena y ofrecernos revelaciones estimulantes. Los estudiosos de Carver, haciendo referencia a estas revelaciones literarias, hablan de momentos epifánicos; estados que sobrevienen al pensar y evaluar ciertas situaciones cotidianas, escenas penosas e incomprensibles de la vida ordinaria, que nos imprimen un deseo; el deseo de comprender y percibir la realidad desde una nueva luz, y por esto nos sitúan frente al misterio de lo esencial.
En esta corriente artística se inscribe la obra de Douglas Currier, y al igual que Carver, nos hace sentir palpables cada objeto, cada paisaje o cada personaje que presenta. Se los puede oler, oír y ver con absoluta nitidez, tanto en su cotidianidad urbana como en su dimensión metafísica. Todo lo que el poeta nos señala se corporiza, se hace presente y rotundo como la cercanía de una mujer, de una montaña o del mar, como nos lo indicara Borges respecto de la misión primera de un buen poema. Hacer presente y vívido lo que se desea mostrar, lo que conmueve o conmociona al poeta. Y ya en ese mundo de palabras permitir que la belleza golpee y provoque en el lector la sensación física del estremecimiento y del goce; que movilice el pensamiento y la emoción.
En el fondo de estos poemas están zumbando las emociones humanas de siempre, las más duras e imperecederas como la ira, el miedo, el dolor, la nostalgia, y también reflexiones en torno a la educación de los hijos, las relaciones amorosas fallidas, los alcances de la poesía, la vejez y la inminencia de la muerte. Temas que adquieren potencia y agudeza en metonimias perfectas y adjetivos exactos (la ira está en el estallido de una botella de vidrio, el pecado en los pelos de la barba, el desarraigo en el dedo de un amigo guardado en una caja), imágenes fuertes que impactan, que descolocan y que adquieren sentido no la búsqueda metafórica del lenguaje sino en el simple y a la vez complejo proceso de sumergirnos en el alma humana. Todo está a la vista en los poemas Currier, y no son sólo carne sus poemas, hay que bucear y comprender la densidad existencial que los sostiene.
Leer los poemas de Currier, este mensajero existencial, es toparse con seres y elementos concretos del Subtrópico y de Norteamérica; encuentros duros que luego del impacto nos permiten adentrarnos en una conciencia madura, inteligente y cuestionadora; un pensamiento que pone en duda cualquier experiencia, incluso la propia existencia. En sentido didáctico, si es que hay alguno, brota de la tensión religiosa y de la disciplina marcial con que el poeta evalúa sus acciones, convirtiéndose en un santito antiguo que se autoflagela con el látigo de una épica sin heroísmo –poesía es cuestionar a Dios hasta que hable, dijo Gelman- y en este afán, discute lo heredado y lo que va a legar a su descendencia, cuestionándolo todo con cierto pesimismo que en lo patético adquiere ternura, y nos permite interpretar la realidad sin idealizarla ni reducirla livianamente.
El 15 de agosto de 2018 presentamos la reedición de Desnuda parada sobre un techo y otros poemas en el C.E.S.P.A. N°8, un colegio nocturno del Barrio Laguna Seca, barrio que motivó gran parte de la obra. Al finalizar la presentación fuimos a cenar y charlando entre cervezas su esposa me reveló que Douglas había participado en la guerra de Vietnam, también me contó que en sus tiempos de docencia había formado un grupo de estudio enfocado en la obra de Raymond Carver y supieron recibir a Tess Gallagher, también me contó que Douglas adora el tango y cada vez que vienen a la Argentina se van a bailar a las tanguerías de San Telmo, y muchas otras cosas más que me permitieron entender un poco más de su obra.
Douglas Currier vino a Corrientes por amor, y por amor aprendió nuestra lengua y con amor pronunció estos poemas que hablan del alcohol, de Dios, del miedo, de la ira, del desarraigo, de la locura, de la violencia, del desconcierto, pero sobre todo hablan de la familia; de la esperanza que resiste el paso del tiempo, y que hace de estos poemas -escritos hace más de treinta años- la pequeña luz para vislumbrar como lectores un mundo, y dentro de este mundo, nuestra propia especificidad: somos todos pasajeros del amor y de la muerte.
Corrientes
Aquí, cuatro chicos sucios sin zapatos
no corren en una calle céntrica
tocando timbres, golpeando rejas y autos
con palos de escoba
buscando monedas y pan
una siesta de febrero.
Punto de partida
Unas de mis vidas
está aquí en Laguna Seca.
Mi realidad está aquí.
Elegí y elijo todos los días
un punto de partida
y un destino
que tiene yuyos, basura,
pájaros, polvo, seres humanos borrosos,
y un cielo que no termina,
que meramente se sienta
sobre la Ruta 12 y sonríe
como una niña idiota perdida.
Este es el barrio de mi actualidad.
No es la Isla de Pascua,
Habana, San Francisco,
New York, París, ni siquiera
Patterson, N.J.
Soy mi punto de partida
y varios destinos.
Donde estoy es sumamente
importante y al mismo tiempo
no tiene nada que ver.
¿Entiendes?
No importa.
Acércate, mira alrededor
¿viste? No hay nada en el camino.
Mejor que una celda de 2 por 2,
sin ventana. Laguna Seca no tiene
pasado y poco futuro.
La vida aquí es tan precaria y barata
y aburrida tal como es. La muerte es
un balde de agua y un pan debajo de un cajón
y moscas. El matrimonio es el grito
que viene de las casas sobre la peatonal.
Los chicos se sientan y sonríen
sobre el camino polvoriento o dan paseos
en la “calesita” de la línea 9
los sábados por la siesta.

Douglas K. Currier nació en Bethesda, Maryland en 1955.
Recibió el título de Master of Fine Arts en Poesía en 1984 de la Universidad de Pittsburgh, Pittsburgh, Pennsylvania.
Vivió en Corrientes, Argentina, entre 1984 y 1989.
Ha publicado poemas, cuentos y traducciones en varias revistas en los Estados Unidos, Argentina, y Paraguay.
Desnuda parada sobre un techo y otros poemas fue editado en 1988.
Barbudo
Soy el barbudo, barboso, barbosísimo.
Desafío muchachos.
Hago que me desconfíen los hombres.
Encanto a las chicas entre 12 y 24
y a las señoras respetables de la sociedad,
doy sueños depravados en la cama calurosa
(aun con aire acondicionado)
al lado de sus gordos maridos durmientes.
Y me gusta que ellos ni sepan por qué no me reconocen,
ni aún en sueños.
Sin embargo, no puedo engañar a los bebés.
Los asusto, porque ellos saben que cada pelo largo negro
es un pecado –y lloran y corren hacia sus jóvenes mamás que los disculpan
con sonrisas ignorantes.
Tengo tan poco que no me afeito la barba.
Los pecados son míos, me pertenecen, me enorgullecen que he vivido lo suficiente
para pecar con tanta frecuencia.
A mí, no me pertenece mi nombre.
Mi nariz es la de mi mamá.
La estatura de mi abuelo y los labios de mi papá. Mi manera de ser es, más bien, la de un antepasado –un mártir presbiteriano escocés de siglos pasados.
Mi rostro peludo en las caras
de los demás –barba negra, tan negra como pecados –largos pedazos de alambre
torcidos como líneas de pescar con plomo
y anzuelo
sin espinel. Hierro quebradizo.
He asesinado en pensamientos.
He violado innumerables mujeres
con mis ojos marrones. Robo.
Robé. Robaré. Recuerdo lo que dijo
El Sr. Kavanaugh en los sábados arruinados por las clases de catecismo –los pensamientos
son prácticamente obras, tan reales como pelos.
Pero ni los bebés saben que cada pelo que amanezca blanco es un pecado perdonado.
Dios tiene una ley de prescripciones,
El Sr. Kavanaugh no.
La respuesta más fácil
Tengo en algún cajón del escritorio, olvidado,o en alguna caja de zapatos
con la tapa rota (como siempre se rompen las tapas)
o entre mi equipo de pesca o entre revistas viejas pero que no se tiran
o en una lata de leche vacía, entre
clavos y tornillos, un dedo
de un amigo.
Me preguntan si extraño mi país
(y cómo alguien como yo puede venir
a vivir en un lugar como éste).
Yo respondo a veces sí, a veces no
(total, sí es la respuesta más fácil, y todo lo que quieren escuchar).
Hubo una vez que necesité ese dedo
y el brazo en esta caja,
los sesos en aquella,
la oreja izquierda allá.
Ese pie entre codo, aquella mejilla,
dos piernas, una lata de sangre fría
esa frente y dos ojos
que siempre se encuentran debajo de algo
como bailar con la almohada
Hay una nariz por aquí.
La verdad es que no extraño lugares, ni gente.
Extraño
una conversación que tuve con Mark Collins
en su oficina del décimo piso de la Cathedral
of Learning, en Pittsburgh a las 4 en abril,
- hablábamos sobre la poesía, su novia,y los estudiantes. Llegábamos a conclusiones
profundas que he olvidado.
Las guardo fielmente.
las llevo conmigo
a cualquier lugar que vaya
aunque no me sirvan más,
(son muertitos, ¿ves?)
Fueron dados en nombre de la amistad
(una palabra bastante muertita).
Huelen mal, me molestan,
pero son partes, porciones de mí
(como las mías ya no lo son).
Extraño
momentos en el tiempo
(ya no me importa el espacio).
Alexander Janiz tratando de ayudarme
a conservar mi nota de Educación Física
en West Point, N.Y. –enero, febrero,
marzo, abril, mayo, junio de 1975.
Nosotros dos corriendo millas y millas por casi encima del río Hudson.
Dios, tú nos habías abandonado entonces,
¿Hay algo más feo que encontrar
una lengua humana escondida dentro de una alpargata vieja?
Pero, mire doctor –yo tengo partes de mi cuerpo metidas en cajones y encima
del guardarropas, sobre dos continentes -y muertos que huelen mal, pero que
mis amigos, aunque quieran, no las pueden vender… nadie las compra.
Extraño.
Llenamos un espacio para un tiempito
en la vida de alguien más, y si perdimos
algo en el camino –fue descartable, supongo.
Duele cuando nos arrancan una parte, pero es un dolor
común y corriente.
Extraño es dolor, pero soy
una lápida –sin extremidades, una bala
así que no hay esperanza.
La Virgen de Laguna Seca
Yo la vi
una noche de enero.
Subió de la laguna barrosa,
entre los yuyos, bajo una luna
amarillenta.
No sabía que era una visión
hasta mucho más tarde.
Ella empezó a quemar basura,
recogiendo cada bolsa rota y mugrienta
con sus manos desnudas
y poniéndolas sobre una llama azul-celestial.
El humo blanco era una línea recta
hasta el cielo.
Sintiéndome muerto
Así que esto es todo,
-un zapato lleno de arena
y una receta sin llenar.
Hay países enteros así.
Éste es uno.
Países en los que uno puede derramar fe -una transfusión de arteria a tierra, sin encontrar un latido.
Cada día mi sangre se diluye
la piel se desprende de mis manos.
No es heroísmo
-sólo un espacio para soñar
con garantías oficiales de que nada será real. Buscando en el lugar menos pensado.
Encuentro aquí momentos de pura felicidad -el calor de la siesta, el olor del sol, una noche sin sudar, una brisa
nocturna, el fulgor de un fósforo,
meses lejos de nada que reconozco
y mañana,
tenso allí como un hilo de barrilete.
Yuyo
Murmuré “te amo” dentro del agua en la pava
sobre la cocina, esta mañana. Dije “te amo”
en voz alta adentro de las profundidades
brillantes del termo, y entonces lo sostuve
al oído un momento para asegurarme que allí permanecía.
Esta agua no es para bañar a los niños sobre el piso de baldosas frías del baño.
No prepares té ni café.
No lo olvides y lo dejes hervir.
No fue “los amo”, ni “ama a tu vecino”,
ni “Dios bendiga este hogar”.
“Te amo”, este yuyo es para tu mate.
Tómalo amargo y caliente,
y cree en su medicina,
cree conmigo que esto es realmente todo lo que
necesitamos.
La miga
Mis propias musas temen volar
y eso quiere decir
que estoy aquí a solas
tratando de hacerme amigo
de los dioses locales.
Pero el junco no me escucha,
tampoco el río, ni
el viento norte –el viento sur
no escucha a nadie.
Como la parte de adentro del pan primero y después de la corteza, como un chico, mis conocidos me desprecian; tengo un cansancio terminal y no puedo ni escribir un solo poema; quiero
morir y voy a llorar si no hablo detejas.
Pero me enamoré de la manera de caminar
de la chica que pasó por la ventana
y todo está bien –estoy vivo, tengo un pulso-
quiero-
¿Bailamos?
Por supuesto –un chamamé- mi rodilla
entre sus muslos. ¿Zapateamos? –para espantar
el deseo –un gato en celos que grita
fuera de tu ventana en una noche de calor.
Camas son todas sin vergüenza. Apagamos
la electricidad a las cuatro de la mañana y escuchamos
al gato. Ya sé que desear así duele
como mil diablos azules. Tu ventana, nena, tu cama.