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Ecos del Mayo 1 – 1886

    Por Alexis Rasftopolo[1]. Misiones, Posadas. Docente y escritor


    [1] Comunicador social. Este texto surgió en el marco del proyecto Club de Narradores Orales. Agradezco a mi colega María del Carmen Santos por haber propiciado ese proyecto, ese espacio de aprendizaje colectivo, con el apoyo de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM. Agradezco también al gestor cultural Carlos Piegari y al escritor Alberto Szretter por la posibilidad de publicar este escrito en la revista digital Neaconatus.

    Algunos entendidos señalan que la palabra trabajo alude a tripalium[1], que significa literalmente “tres palos‟, un elemento de tortura para azotar a los esclavos.

    También se vincula a la idea de sufrimiento.

    En lengua euskera lanbidea o agibidea[2], nos remiten al concepto de trabajo u oficio, y en su traducción al castellano quiere decir: el camino del pan.

    Volviendo al latín, el homo faber, es el humano que crea, que hace, que fabrica su propio camino.

    Hilvanando ideas: el trabajo, en condiciones dignas, tiene que ver, entre otras cosas, con la posibilidad de hacer el propio camino y acceder al pan, a los panes: esos que nos alimentan en terminos nutricionales y sensibles.

    Hay mucho de la historia de la experiencia humana contenida en esta palabra.

    A propósito del día del trabajador, Hernán López Echague[3], nos recuerda que la fecha evoca lo acontecido en aquél día, es decir, el 1 de mayo de 1886, cuando la Unión Central Obrera de Chicago, de cuño anarquista, llevó adelante una huelga general y realizó un mitin que reunió a cuarenta mil personas.

    En esos momentos, la mayor parte de los trabajadores estaba sometida a una situación inenarrable: con jornadas larguísimas de catorce o dieciséis horas de trabajo.

    El paro fue total.

    Durante el mitín, cuatro fueron las consignas que podían observarse en pancartas y banderas: los “Tres ochos” (ocho horas de trabajo, ocho horas de esparcimiento, ocho horas de sueño);

    “El voto para todos”;

    “Libertad, Igualdad y Fraternidad”; “Trabajadores de todo el mundo, ¡uníos!”

    Como se sabe, la historia terminó en tragedia: una movilización de seiscientas mujeres fue reprimida con inusual salvajismo por la policía. En los días subsiguientes, los actos, las protestas y la rabiosa represión policial se sucedieron por todas partes.

    Muertos, detenidos, allanamientos violentos e ilegales.

    Muchos obreros resultaron condenados a penas que oscilaban entre los quince años de prisión y la cadena perpetua.

    Finalmente, un tribunal condenó a morir en la horca, en noviembre de 1886, a Auguste Spies, Albert Parsons, George Engel, Adolf Fischer y Louis Lingg, señalados como los instigadores de la revuelta.

    Si estas y otras experiencias de resistencia por parte de trabajadores y trabajadoras en el mundo no han buscado más que un poco de dignidad en nuestras condiciones de vida, un tiempo después, digamos, 140 años más tarde, esas búsquedas siguen siendo tan necesarias como ayer.

    Hoy las jornadas laborales, las más de las veces, son bien largas y es seguro que lo que abunda, en rigor de verdad, es la falta de empleo o  el trabajo precario.

    Parece cierto aquello de que “se vive para trabajar” y no que se trabaja para vivir.

    Probablemente, por todo esto, una amiga me compartió el siguiente sucedido; una conversación entre dos amigos, en un bar de Buenos Aires, en los días previos a la pandemia:

    -yo dejo de trabajar, hermano. Y luego de un silencio lo miro fijo y le expresó: -me voy a morir.

    El otro, perplejo, lo miro, le preguntó: -¿pero, como? ¿Qué pasó, que tenés? -No, nada, simplemente eso, dijo, suspendiendo el vaso de cerveza en la mano:…que en algún momento me voy a morir y no quiero que mis días se sucedan trabajando como esclavo


    [1] Corominas, J. y Pascual J. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Gredos, Madrid,  2001.

    [2] Agradezco a mi colega de Euskadi, la arquitecta Edurne Izaguirre, por esta referencia.

    [3] Véase López Echagüe, H.: La política está en otra parte. Viaje al interior de los nuevos movimientos sociales. Buenos Aires, Norma, 2002.

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