
“…en el día de ayer por la tarde, tres ciudadanos argentinos nos encontrábamos en la infortunada Encarnación, llevados por el deseo de comprobar personalmente lo que nos había parecido fabuloso o fantástico según noticias circulantes desde el primer momento de la catástrofe, cuando de pronto tuvimos el alto honor de ser cumplimentados por un señor de distinguida presencia, en cuya expresión asomaba el profundo y acerbo dolor que torturaba su espíritu. Dirigiéndose a uno de los concurrentes aludidos, le hizo esta expresiva interrogación: ´Dígame, señor, ¿es usted argentino?´ El interrogado le contestó sin poder disimular su dolor común: ´Sí, señor, soy argentino.´ ´Pues bien, prosiguió el interlocutor, le agradecería eternamente si usted no tuviera inconveniente de hacer saber a sus amigos, a su familia y al pueblo argentino entero, si posible fuera, la profunda gratitud que el pueblo paraguayo le guarda por su actitud tan humanitaria y altruista en estos momentos aciagos y de desesperación general; y ya que nuestros esfuerzos humanos no podrán ser suficientes para retribuir tan grande ayuda, rogaré a Dios, en nombre de mi desdichado pueblo, para que la Argentina hidalga y generosa por excelencia sea cada día más grande, próspera y gloriosa´”
Expresiones del médico paraguayo doctor Pedro Barbosa, hacia sus congéneres argentinos.
Diario La Tarde, edición del 23 de setiembre de 1926.
El 20 de septiembre de 1926, cuando el sol comenzaba a declinar sobre el desmesurado cauce del río Paraná, las comunidades fronterizas de Encarnación y Posadas se disponían a recibir el advenimiento de la primavera. En la orilla argentina, la juventud estudiantil festejaba su día anticipadamente en un clima de júbilo. En la Escuela Normal de Posadas, el baile conmemorativo se hallaba en su punto más alto, mientras que un grupo de alumnos del quinto año del Colegio Nacional compartía aperitivos en el concurrido Café Tokio.
En la orilla paraguaya, en tanto, la villa baja de Encarnación bullía de dinamismo comercial alrededor del puerto y de su imponente muelle. Allí, las paseras afianzaban el flujo diario de productos para abastecer el mercado fronterizo.
Poco antes del anochecer, entre las 18 y las 19h, el tiempo se enrareció en un santiamén.
Sobre Posadas cayeron fuertes chaparrones acompañados por intensas ráfagas de viento que los vecinos consideraron pasajeros. Sin embargo, en la orilla opuesta, los relojes apenas alcanzaron a dar las siete cuando un inusitado ventarrón sacudió los cimientos de la ciudad. El cielo se abrió de manera inenarrable y descargó masas de agua en ruidosas cataratas, al tiempo que el río Paraná comenzaba a encresparse con una furia jamás vista.
Un ciclón devastador —fenómeno inusual en la región— se formó sobre el amplio espejo de agua. La tromba en espiral absorbió toneladas de agua del río, provocando una violenta y momentánea bajante en las costas que volcó y mandó a pique a más de quince lanchas ancladas a poco fondo. El viento destruyó casi en su totalidad el muelle de material, dejando solo en pie unas pocas columnas.
El impacto sobre la Villa Baja de Encarnación fue devastador. En minutos, la fuerza del aire redujo a escombros más de quinientas viviendas y arrasó el sector comercial. Edificios como el Banco de la República, el Club Social, el Hotel Internacional, la usina eléctrica, la escuela elemental, la panadería de la zona y la tienda comercial colapsaron por completo. Únicamente la estructura de la aduana, la sede del consulado argentino y otras pocas instalaciones lograron mantenerse en pie entre las ruinas.
Las chapas de zinc arrancadas de los techos se transformaron en elementos harto peligrosos que chocaban entre sí con un ruido atronador y se enroscaban en los postes y troncos. Al caer los postes del alumbrado con sus cables intactos, la electricidad continuó circulando durante minutos antes de cortarse la usina, provocando la muerte por electrocución de numerosas personas que intentaban huir.
El fenómeno dejó un saldo trágico que superó los trescientos muertos y el millar de heridos, borrando familias enteras y dejando pérdidas materiales considerables.
La violencia del vendaval originó episodios insólitos: según las crónicas, un vecino que intentaba cerrar la puerta de su vivienda en el instante en que golpeó la tormenta, fue lanzado por el aire a cincuenta metros de distancia, apareciendo en un charco de agua con la puerta aún sujeta entre sus brazos. En el Club Social, la muerte sorprendió instantáneamente a casi todos los socios que se encontraban reunidos tomando el aperitivo. Familias enteras sufrieron pérdidas dolorosas e irreparables, como el clan Castelnovo, que perdió a trece de sus catorce integrantes sepultados bajo los ladrillos de su casa.
En medio de aquella noche de espanto emergió una gesta heroica. Cerca de las 21h, el párroco José Kreuzer y el referente de la masonería local Jorge Memmel, decididos a buscar auxilio inmediato en la orilla argentina, se embarcaron en una canoa conducida por el joven conscripto de la marina Fulgencio Amarilla. Luchando a ciegas contra el viento y el río impetuoso los tres navegantes lograron cruzar el canal y tocar tierra en Posadas. De inmediato se presentaron ante el gobernador de Misiones, doctor Héctor Barreyro, de manera de comunicar la magnitud de la catástrofe.
La movilización del pueblo de Posadas y de sus autoridades fue inmediata. El prefecto de Misiones, capitán de fragata Arturo Monkes, dispuso la concentración de todas las lanchas de la jurisdicción para cruzar el río. Los médicos se embarcaron sin demora con botiquines y suministros de emergencia, al tiempo que el padre Kreuzer regresaba a la ciudad devastada acompañado por las Hermanas de Caridad.
Hacia la medianoche, mientras la orquesta juvenil recorría las calles posadeñas, los estudiantes del Colegio Nacional se cruzaron con las noticias del arribo de los primeros heridos al puerto. Al acercarse a los muelles, presenciaron cuadros desgarradores: lanchas desembarcando en forma incesante a hombres, mujeres y niños ensangrentados sobre camillas y catres improvisados. De inmediato, los jóvenes retornaron hacia donde sus compañeros continuaban la fiesta y propusieron la suspensión inmediata de las serenatas en señal de duelo y respeto por el pueblo hermano.
Posadas transformó sus instituciones sanitarias y civiles en una red de asistencia masiva. Ante el colapso del Hospital Regional, la Asistencia Pública y el Hospital de Caridad, entidades como la Sociedad Española, la Sociedad Italiana y la Logia Masónica Roque Pérez abrieron las puertas de sus sedes para levantar hospitales de campaña.
Asimismo, las escuelas locales, las comisarías y decenas de residencias particulares alojaron a las familias evacuadas. La Asociación del Profesorado y Magisterio de Misiones inició una colecta de fondos, mientras que la Liga Patriótica organizó la recepción de ropa, alimentos y medicinas aportados voluntariamente por comerciantes y vecinos.
El diario La Tarde puso sus columnas a disposición para canalizar la ayuda pública y la Sociedad de Beneficencia programó festivales con fines solidarios. Dos o tres días después, brigadas de estudiantes posadeños cruzaron a Encarnación para incorporarse a las tareas de remoción de escombros.
En el plano diplomático y de salvamento en el terreno, el cónsul paraguayo Pedro Bibolini coordinó el despacho constante de medicamentos. Por su parte, el vicecónsul argentino en Encarnación, señor Arigós, convirtió la sede del consulado en un refugio para decenas de damnificados. Además remitió urgentes despachos telegráficos al gobierno argentino solicitando auxilio inmediato.
Simultáneamente, el escritor argentino González Pacheco, quien se hallaba dictando una conferencia en Encarnación al momento del ciclón, organizó de inmediato comisiones de trabajo compuestas por obreros que lograron rescatar con vida a más de quince familias sepultadas.
La catástrofe estuvo marcada por relatos desgarradores y prodigios de supervivencia. En medio de la desolación, se registraron milagros como el rescate de un joven de catorce años que permaneció ileso durante más de catorce horas sepultado bajo las vigas de la casa de la familia Castelnovo, en la que habían perecido todos sus familiares.
Debido a la absoluta escasez de cajones de madera, el traslado de las víctimas hacia el cementerio se convirtió en una lúgubre procesión de carretas que transportaban entre cinco y ocho cadáveres hacinados a la vez.
Las comunicaciones terrestres e infraestructuras sufrieron graves contratiempos. Al interrumpirse los cables telegráficos con Asunción, fue necesario enviar un emisario a caballo hasta la localidad de Carmen para poder transmitir la novedad a la capital paraguaya. El gobierno central dispuso el envío de un tren de auxilio, pero el mal estado de las vías férreas retrasó severamente su llegada. Ante la lentitud del auxilio estatal centralizado —que meses más tarde generaría indignación al mantener recursos congelados sin asistir a los afectados—, la labor de remoción de escombros y sepultura fue asumida en el terreno por cuadrillas compuestas por residentes paraguayos, argentinos y vecinos de diversas nacionalidades.
La catástrofe exhibió también las contradicciones de la condición humana.
Frente a la gesta solidaria, emergieron, en contraposición, como lo señalaron Roberto Zub y Enrique Reverchon, actos de oportunismo y saqueo en los que personas inescrupulosas despojaron a las víctimas de sus bienes más preciados en medio del dolor y la pesadumbre.
A pesar de las miserias individuales y de las secuelas sociales que afectaron a la comunidad, la respuesta inmediata y fraternal brindada por la ciudad de Posadas prevaleció en la memoria colectiva.
A cien años de aquel acontecimiento que alteró la historia de la región, el recuerdo del ciclón no solo evoca el dolor por las pérdidas humanas y materiales, sino la fuerza de la solidaridad.
Ese acto sublime que nos levantará, ayer, como hoy, del barro de la desesperación.
Fuentes consultadas
Alcaraz, Joaquín (1984). Casos del Misiones de ayer y otros puntos en mi recuerdo. Posadas: Ediciones Montoya.
Brañas, Balbino (1975) Ayer, mi tierra en el recuerdo. Posadas: S/D.
Reverchon, Enrique (2010) Encarnación, ciudad con historia. Asunción: El autor.
Zub, Roberto (2020) Encarnación: una mirada introspectiva, cuatro siglos de historia. Asunción: Servilibro.
Material de hemeroteca
Diario La Tarde (Posadas, Misiones, Argentina). Edición de los días 21, 22, 23, 24, 25, 27, 28 y 29 de septiembre de 1926.
[1] Doctor en comunicación. Se agradece los aportes de Victoria Groschopf, Directora de la biblioteca Especializada Clotilde G de Fernández como así también de Javier Leguisa y de todo el personal de la biblioteca de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM.
Excelente narración de una triste historia. Mi madre me contaba que, en una canoa mi abuelo Emllio Azar, cruzó para ayudar.
Saludos cordiales!!!!!
Destacar que mi abuelo, el farmacéutico LINDOLFO GREGORIO MONZON armó en su farmacia/ casa un pequeño hospital y atendió a los q fueron rescatado de semejante catástrofe, gracias gracias gracias