
Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela
Me puse el cinturón en el avión. Parece la rima de una canción, pero no es gracioso, lo anticipo. Yo era una rubia en el avión y no iba directo a Brasil, pero sonaba en mi cabeza la canción de Los ladrones sueltos.
Todó comenzó una tardecita de domingo, cuando Ramón invitó a su hijo de diez años y a su amigo Miguel, para que lo acompañaran a comprar empanadas, así Mónica, la esposa de Ramón, descansaría de los quehaceres de la cocina. Subieron al auto. Manejó solo quince cuadras y ya estaba en el microcentro de una capital de provincia. El auto se detuvo cuando una bala perdida dio en la cabeza de Ramón y la cabeza cayó sobre el volante. La bala que le dio de lleno llegaba de una persecusión policía/ladrón, entre dos motos. Eso se llama destino, estar en el lugar y tiempo equivocados, eso se llama la ciudad de la furia, se llama atrapar a delincuentes a cualquier costo. Se llama de muchas formas. Pero trataré de llegar rápidamente al final de la historia, adonde se corta el hilo.
Puse la copia del Recurso Extrordinario en el portafolio, subí al avión y me abroché el cinturón. Estaba en camino a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que está en el microcentro de la Capital Federal. Apenas me cerraba el cinturón: ¡tendría mi primera Audiencia en la Corte! Estaba en el cielo volando sobre el último atajo, el último culito de esperanza por donde escapar de los brujos y sus maleficios.
La viuda había iniciado el juicio ordinario de reclamo de daños y perjucios, contra todos los posibles responsables, dado que no se sabía qué pasó. Sí sabíamos y era innegable que su familia había sufrido la pérdida del padre de familia, un enorme daño, el peor, sin tener culpa, ni dolo, ni responsabilidad. Los delincuentes o la policía o la sociedad debían reparar, y solo podrían en parte, la vida no regresa de la muerte ni de un fallo judicial; pero al menos podían ayudar a una economía familiar desvastada, a seguir como sea. Ramón era tallerista de barrio, dueño de un taller instalado en el garage y patio de su casa.
No andaré con rodeos, si bien los sospechosos perseguidos o sea los supuestos ladrones, y digo supuestos porque no fueron sorprendidos in fraganti de ningún delito, y nunca fueron encontrados ni identificados y la bala, supuestamente, no correspondía a las armas oficiales de los dos policías motorizados, a criterio de la policía que hizo la pericia y recogió los cartuchos, ni hubo sumario a los agentes de la policía, aún así la Juez de Primera Instancia entendió que el Estado debía hacer una compensación reparadora basada en la doctrina de la reparación social: “ante un hecho derivado de un acto de servicio policial para la seguridad de la Comunidad, del cual resultare dañado un ciudadano inocente, se entiende justo que la Comunidad, representada por el Estado, repare el sufrimiento material y moral a los familiares de la víctima”.
El justiciero fallo judicial de Primera Instancia fue a Cámara, el Estado siempre apela, aunque la sentencia fuese justa. Los Jueces de Cámara entendieron que: no habiéndose demostrado que la bala mortal fuera de un arma de la Policía ni que la persecusión fuese imprudente (pese al tiroteo cruzado por varias cuadras), el Estado no debía cargar con esos gastos indemnizatorios, si lo hiciese se pondrían en peligro las arcas del Estado. El Superior Tribunal de Justicia de la provincia, (me guardo la posible relación y el compromiso de algún juez con la Policía o con el Gobierno Provincial ), ratificó el fallo y el criterio de la Cámara. ¡La provincia estaba salvada!
Ahora volvamos al principio, estoy subida al avión con el cinturón ajustado, inflada y apretada y con copia del recurso extraordinario, dado que el original del expediente viajó por otros canales; para pedir a la Corte Suprema de Justicia de la Nación que revise y contemple el caso basado en los citados principios de justicial social, con una sentencia que acompañe a esa familia del interior que quedó en la calle, sin fumarla ni beberla, porque nadie le avisó a Ramón que un domingo no se podía ir al centro a comprar empanadas en compañía de su hijo y de su amigo, para que la esposa no tenga que cocinar y descanse. Y no hablemos de los traumas del hijo que vio morir a su padre en el auto, ni de la falta de cobertura por obra social para ser atendido, ni de algún seguro; cuando el fallecido es un trabajador autónomo nada lo cubre. Cada uno imagine los daños colaterales, en cuanto al dolor de los hijos y de la esposa, es mejor no meterse, por privacidad, digo.
Del avión fui directo a la Corte, miento, atravesé el monte urbano de la Capital. Había conseguido que un Sr. Juez de la Suprema me concediera audiencia personal; soy una abogada del interior, una de tantas desconocidas, pero mi padre había sido diputado y las relaciones del poder siguen manejando los hilos de todos los teatros.
El excelentísimo miembro de la Corte me recibió en el Palacio de Justicia, ubicado en el microcentro de la Capital Federal, que a la altura del 550 de Talcahuano se convierte en una impenetrable selva urbana. Los palacios siempre me resultaron odiosos, bellos en arte y diseño y odiosos por la ostentación, tan imponentes que siempre resultás sintiéndote una hormiga o una oveja, como en las iglesias. En el caso, la construcción de nuestra Corte es representativa del eclecticismo arquitectónico. Hasta el nombre del estilo es pomposo.
Ahí estaba yo, temblando adentro, pidiendo, implorando que estudien y revisen el caso con atención, sabía de los miles de juicios que llegan a la Corte convertidos en número de expediente, deshumnizados. Este era un asunto de justicia a una familia humilde, que cabe aclarar, ante el estigma de codicia que pesa sobre los abogados, se habían reclamado montos justos para que un exceso en la demanda no enturbie el pedido de ayuda. El juicio llevaba ocho años de tramitación. Ocho años de Ramon en el cajón y la familia esperando. Yo sentía el peso que carga la impotencia cuando te cae encima.
El excelentísimo magistrado que me atendió, como gallo de riña ganador, como caballo de pura sangre, circulaba las áreas distinguidas del Palacio y yo detrás. Me exhibió su recinto, las salas de sesión y cada uno de los libros que había escrito acerca de la Ciencia Jurídica; le otorgó a mi exposición del Caso, escasos tres minutos y recién al final de la audiencia concedida. Le dio tres minutos a mis palabras mendigas. Concluída mi temblorosa rogatoria volvió a inflarse de poder y soberbia; se levantó de su sillón, creí que para despedirse, se me acercó; él estaba al acecho y no lo ví venir, nunca lo imaginé, me tomó de los hombros con fuerza e intentó besarme en la boca, usó el poder de la investidura y la sorpresa de la emboscada. Me separé con respeto. Lean: con respeto, devolviéndole la autoridad de magistrado supremo y me despedí. Caminé los pasillos del Palacio y afuera, bien afuera, lloré; no voy a extenderme en el asco, la indignación, la enfermedad, la violencia que me consumía y la bronca por no haber reaccionado de manera diferente, acusándolo, escupiéndolo sin saliva para no dejar rastros, viejo asqueroso, abusivo. Los porteños pasaban a mi costado, no me veían ni oían. Llevaba la copia del expediente en el portfolio, tratando de seguir el mismo paso del rebaño ratificando mi estado de oveja. El ritmo de los porteños caminantes parece ensayado, lo siguen a la perfección.
Esperé, en un café, la hora de partida. La gente de la Capital hace tiempo en los bares. A los porteños la vida se les pasa entre esperas o circulando de un punto a otro. O a mí pareció.
Al anochecer, después de atravesar el monte de cemento para llegar al aeropuerto subí a uno de los tantos taxi-linternas, más rápidos que los bichitos de luz del patio de mi casa; linternas parecían los autos que también regresaban a sus casas, con gente que también deseaba salir del cinturón; en cambio yo me puse otra vez el cinturón en el avión, tal vez porque tenía que vivir para contarlo. Estaba tan inflada del odio que me costó cerrarlo.
Pero este cuento no es mi historia, la víctima no soy yo. Es la historia del hombre de provincia que circulaba por el microcentro de una ciudad y fue víctima de una bala perdida, es la historia de su familia sin derechos, es la historia de la vergüenza que sentí ante Mónica cuando, como ciudadana y abogada, le dije que no logré la justicia reparadora para la que había estudiado y ejercía la profesión. Quedé desarmada ante una organización judicial inútil, y un orden jurídico del que solo emanan normas de humo, me sentí un tornillo de una máquina judicial oxidada, engrasada sólo para los dueños y amigos del poder. Dejé de ejercer la profesión, dejé de creer. Mónica también.
La familia tuvo que arreglárselas como pudo. Mónica es una gringa del interior que siempre laburó, y la cocina salvó a su familia de la pobreza. El marido nunca llegó con las empanadas para que ella descansara.
Quisiera saber si el lector de esta historia se la cree, si cree que hay brujos y maleficios en algunos Palacios que embellecen la Capital Federal o si piensa que el relato es imaginación de una escritora.
Olvidé contarles que el Juez Supremo que me atendió, se excusó en la causa, sostuvo que no sería imparcial ante el vínculo amistoso mantenido años atrás con mi padre. Ah! y los otros jueces entendieron que no era un Caso de inconstitucionalidad, y que había terminado en los límites de mi provincia. El Caso no era de suficiente peso para llegar al corazón de la Capital. A los 10 años de la muerte de su marido, Mónica supo con Sentencia firme, que los domingos debería seguir haciendo empanadas para vender y subsistir.
Olvidé contarles que durante el vuelo me inflé como sapo, literal, creo fue algun maleficio que me atacaba y me solté el cinturón. En ese mismo momento el avión golpeó contra un pozo de aire, mi cabeza dió contra la pared del avión, me desmayé y no recuerdo que más sucedió hasta que desperté rodeada por las azafatas, una me ponía paños fríos en la frente y otra acercaba alcohol a mi nariz. Levanté la cabeza y pregunté cuánto faltaba para llegar a Buenos Aires. Señora, este avión salió de Buenos Aires con destino a la ciudad de Corrientes y faltan 30 minutos para aterrizar. Cayó mi cabeza contra el piso, otra vez perdí la conciencia. Desperté rodeada por las azafatas, una me ponía paños fríos en la frente y otra acercaba alcohol a mi nariz. Levanté la cabeza y pregunté cuánto faltaba para llegar a Buenos Aires. Señora, este avión salió de Buenos Aires con destino a la ciudad de Corrientes, faltan 30 minutos para aterrizar. Cayó mi cabeza contra el piso, otra vez perdí la conciencia. Desperté rodeada por las azafatas, una me ponía paños fríos en la frente y otra acercaba alcohol a mi nariz. Levanté la cabeza y pregunté cuánto faltaba para llegar a Buenos Aires. Señora, este avión salió de Buenos Aires con destino a la ciudad de Corrientes, faltan 30 minutos para aterrizar. Cayó mi cabeza contra el piso, otra vez perdí la conciencia. Sigue golpeando mi cabeza contra el avión, no debí soltarme el cinturón. Parece la rima de una canción, pero no es gracioso, lo anticipo.