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El deseo en el cuerpo

    Por NEACONATUS

    En NEACONATUS, desde hace un tiempo nos fatigó editorializar sobre temas vinculados a la teorización que enhebra palabras difíciles, cita autores más o menos desconocidos, y terminar construyendo unos “tochos” (dirían nuestras amistades españolas), que llevan a los amigos y seguidoras a pensar: “Que lo parió, que bien informados están estos tipos”. No, ya tuvimos suficiente diatribas y mini ensayos para impresionar a la peña. Regresamos a las voces literarias de las otras/otros. Pero, de vez en cuando, para despuntar el vicio, salimos de juerga con el puñal bajo el poncho y nos despachamos con una buena crítica de mesa de café. Aquí va una.

    Todas las culturas han privilegiado lo suntuario, desde una capa de armiño hasta un calzoncillo Benetton. En nuestra sociedad el consumo no se produce, en general, por necesidad o utilidad, sino por deseo de satisfacción. La adquisición de objetos nos sacia momentáneamente. La compra de cosas cumple las aspiraciones alegóricas que nos han inculcado a través de variados canales que forman un sistema de difusión de signos. El problema es filosófico y, precisamente, conlleva tener en cuenta el rol que juegan los objetos en el proceso de alegorización que Benjamin desarrolla.

    Se crea un objeto. El establishment publicita la necesidad de tenerlo inventando una tendencia. Se desarrolla en el público la apetencia por esa cosa, a veces a través de ídolos sociales. La población adopta la prueba, la acepta, se pone de moda, se compra el objeto. Esa es la idea, que se consuma. Cuando se agota, se inventa otra cosa. Así constantemente. Los objetos/signos se renuevan siempre. ¿Por cuál número de versión están los celulares Apple? ¿Es que el primero no comunicaba? Vale tener en cuenta que las cosas ya son producidas con fecha de caducidad programada. Un timo que, actualmente, se comienza a aplicar sobre los sujetos. La degradación de los servicios sociales, de salud y retiro laboral nos remiten al Ensayo sobre el principio de la población, que en 1798 escribió Thomas Malthus, su propuesta es simple: sobra gente, obviamente proletarios, los pobres. La miseria y los cataclismos de la naturaleza construyen factores naturales muy eficientes para mantener los cupos existenciales, si esto no es suficiente pues el Estado debe “contribuir” activando otras variables de control vital: guerras, omitir la sanidad pública, la moral solidaria y cualquier otra norma de protección humana que retarde el apagón de cierta clase de personas. Como los televisores o los iPhone.

    El consumismo va apareado con la tecnología en una dinámica feroz. No hay descanso. Por ejemplo, no se puede sacar el mismo automóvil SUV todos los años. Se le cambia los faros, se coloca un chiche dentro de la consola, y el mismísimo modelo anterior queda vetusto.

    El capitalismo posee organismos especializados que son generadores y distribuidores de sentido para fundamentar objetos y modos de vida, en el mercado. El concepto que subyace es que, al consumir esas cosas nuevas, nos van a dar placer. Si tomamos tal bebida nos sentiremos mejor. Si manejamos una camioneta gozaremos el poder. Pero esos organismos, instituciones o gobiernos no solo nos condicionan el camino al éxito, sino que nos indican los estándares básicos de “calidad de vida”. Claro que para ello tenemos que comprar tal y tal cosa y vivirla de tal y tal manera. El estado de bienestar es un derivado de alcanzar esos logros. Welfare State, ambiguo concepto consolidado a partir de 1945, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, por prevención al regreso del fascismo y miedo a la expansión del comunismo. Una delgada línea roja separa el estado de bienestar de la Guerra Fría.

    En las redes sociales y los medios de comunicación se puede ver a personas que han logrado la paz (espiritual) paseando por jardines, respirando hondo y leyendo poesía. De fondo se observan árboles y flores, fuentes, pájaros, cielos de inmensidad. Esa actitud de fausto tiene un costo que no se revela por conveniencia.

    Otros factores rondan la onda del fitness, o sea en buena forma física, saludables, aptos, bien predispuestos. Ahora notamos que han ampliado el rango etario a la gente de más de cincuenta años. La leyenda es que se puede ser viejo pero feliz. Es decir, han descubierto un considerable grupo humano que puede consumir y producir. Consumir vitaminas, magnesio, cremas, zapatillas, caminadores, comida que energiza; todo para sentirse bien. Porque hay que sentirse bien, un imperativo categórico. Para eso están las dietéticas, las farmacias, los gimnasios, los chequeos médicos. Y trabajar, porque hay que trabajar; todo lo anterior posee un costo y hay que pagarlo. Si no ganamos el suficiente dinero para solventar todo esto, ya lo dijimos, se aplica la Ley de Malthus. El cielo es para quienes pueden comprar el ticket de ida. Regreso no garantizado.

    La sociedad de consumo ha hecho de nuestro cuerpo un campo de batalla de deseos. Nos ha hecho creer que este bendito cuerpo nuestro que nos soporta debe ser alimentado con objetos y conductas cotidianas que van más allá de la comida y las necesidades básicas. Nos han internalizado apetencia de satisfacciones. Es un demandante de gozo. Después de todo es lo único que tenemos y hay que darle gustitos, desde los íntimos hasta la exhibición lujosa de bajarse de una cuatro por cuatro que sólo se utiliza para posturear por el centro de la ciudad. ¿De diez de estos vehículos cuántos se ven embarrados por trajinar caminos de tierra y labranza?

    No estamos en contra de que la gente corra por la costanera, ni que almuerce sano, ni haga ejercicios de yoga, gimnasia artística o terapéutica, criticamos la obsesión por modelar una silueta, que nosotros/as creemos un ideal de belleza, como si esa figura buscada, nos hiciera más valiosos, mejores personas, más solidarios. Tampoco estamos en contra del equilibrio mente cuerpo, como si ambos estuvieran separados en platos de balanza distintos. La multitud de propuestas de bienestar que se venden no fueron creadas para combatir el estrés, que inevitablemente aparece en nuestra vida por el ritmo que la misma sociedad propicia. Es paradójico que se publicite la belleza del cuerpo (y del alma) con una serie de objetos que deben consumirse, en una de las épocas más fea y cruel que tiene la humanidad, la actual.

    Como el mundo contemporáneo da para todo últimamente, notamos que han descubierto un nicho de gente pudiente y cool que ama el “bienestar analógico”, entonces ¿qué hicieron? En infinidad de sitios comenzaron a promover la “desintoxicación digital” a través de cursos, tutoriales, suscripciones, etc. De nuevo: un negocio. Se venden técnicas, alimentos, consejos, se puede seguir a distancia (¿y la desintoxicación?), hay viajes a sitios apartados, algunos guiados, cabañas de montaña u hoteles cinco estrellas (las ofertas son infinitas), clases para sentirse mejor sin tanto feisbuc ni Instagram. Te cambio un fetiche por otro y sigo facturando.

    Se ha entronizado una obscenidad vivencial. Boris Groys advierte que la forma última del diseño es el sujeto “El paraíso se vuelve tangible. El modernismo se vuelve absoluto”, “Hubo una época en que la gente estaba interesada en cómo aparecían sus almas frente a Dios; hoy está más interesada en cómo aparece su cuerpo en el entorno político”. Porque hoy el cuerpo es discurso. Tetas, pectorales y musculaciones nos enseñan el camino hacia una inmortalidad estética, donde no hay lugar para una ética reguladora del yo narcisista. Nos vemos en la disco-gym…

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