
Por Walter Tresols. Misiones. Escritor
Elegimos presidente para los próximos cuatro años.
Entre aquellos que lo votaron hay alegría o por lo menos esperanza. Entre los que no lo hicimos, tristeza o al menos desazón.
No es momento de hacer juicios de valor, mucho menos pronósticos. Es tiempo de pensar cómo enfrentar lo que elegimos.
Para eso, más allá de que lo hayamos votado o no, es importante poder identificar algunas certezas, tratando de ser lo más objetivos, dentro de lo que permite el momento.
Quiero enumerar entre todo lo posible, aquello en lo que tal vez podamos coincidir tanto los que lo eligieron como los que no.
Y voy a partir de dar por sentado que el presidente electo es intelectualmente honesto y cree en lo que dice.
– Tendremos un presidente que cree en el mercado como ordenador de las relaciones económicas, pero también políticas y sociales.
– Tendremos un presidente que cree que el Estado como institución debe ser reducido a la mínima expresión, no interferir en ninguna de las cuestiones que las democracias republicanas prescriben como sus funciones y debe delegar éstas en manos de empresas privadas.
– Tendremos un presidente que cree en la destrucción como herramienta ordenadora de un futuro superador. La simbología apunta (literalmente) a eso, motosierra, bombas, fuego, exterminio.
– Tendremos un presidente que cree en un país sólo (lo repitió ayer en el discurso tras la victoria) para las personas de bien. Y dado que el concepto lleva implícita una abstracción, deberemos concluir que se arroga la atribución de decidir quiénes lo son y quiénes no.
– Tendremos un presidente que afirmó y negó, dijo y se desdijo de prácticamente todo lo que propuso. Incluso muchos de los que lo votaron lo hicieron confiados en que no hará lo que dijo que haría.
– Tendremos un presidente que hizo toda su campaña basada fundamentalmente en demonizar lo que llama ‘la casta’, que hasta donde puede inferirse de sus dichos, son los políticos ‘profesionales’ y ayer, en el mismo discurso, entre los pocos agradecimientos, nombró a dos personas, uno fue diputado, dos veces jefe de gobierno y una vez presidente.
La otra fue ministra de trabajo, diputada, ministra de seguridad, presidenta de su partido político y candidata a presidenta por ese partido.
– Tendremos un presidente que eligió una vicepresidenta que niega el genocidio de estado (desde el Nunca Más, avalado por todos los partícipes de la vida democrática durante los últimos cuarenta años).
– Tendremos un presidente que habla con su perro muerto.
Podría seguir enumerando características en las que casi todos estaríamos de acuerdo, sin necesidad de entrar en aquellas cuestiones que pudieran prestarse a diferencias de interpretación. Aunque es difícil buscar matices en, por ejemplo, una propuesta de libre mercado de órganos, pero aquí entraríamos en si vale más lo dicho o lo desdicho o lo vuelto a decir. No hace falta para llegar al punto al que me quiero referir.
El breve racconto anterior es suficiente para estar preocupados.
Y esto, presumo, dadas las características de lo referido, incluye a quienes lo votaron y los que no.
Pero en lo que sigue quiero hablarnos a aquellos que además de preocupados, estamos desolados.
Así seguramente estarán en este momento casi todos los colectivos humanos que conforman nuestro universo cultural. Artistas, científicos, docentes, profesionales de la salud, feminismos, diversidades varias, deportistas, discapacitados y la lista sigue.
¿Quién está festejando y quién está padeciendo hoy entonces?
Vos que leés esto y no sabés qué hacer, yo que escribo porque tampoco sé, mi vecino de al lado y el tuyo de enfrente, mi mamá, mis hijos, las tías, los abuelos, cada uno de nosotros. Y ahí creo que tenemos que centrarnos.
Su Victoria no es Villarruel, su Victoria es que festejemos y padezcamos (incluso algunos, las dos cosas a la vez) cada uno por separado, que estemos solas/os frente a una pantalla siendo espectadores de cualquier cosa, no importa qué, lo único significativo es que cada vez más nos cueste distinguir qué es realidad y qué no, qué es verdad y qué no, qué es humano y qué no.
Frente a eso lo necesario, lo urgente, lo impostergable, lo verdaderamente político en todo el sentido de la palabra, lo que necesitaremos para que la vida no se transforme nada más que en sobrevida es:
Juntarnos y Cuidarnos.
Cuidar a mi mamá que no va a poder comprar remedios y a mis hijos que no van a poder pagar el alquiler, a vos que no sabés cómo vas a mirar a tus vecinos o a tus compañeros de trabajo, a mí que escribo esto, tal vez porque ni siquiera sé decir que necesito que me cuiden.
Juntarnos, Cuidarnos y Hablarnos.
Proteger los cuerpos y las palabras. Ponerle nombre a lo que sentimos y lo que somos, a lo que son y a lo que nunca seremos. Cuidar incluso a aquellos que en poco tiempo tal vez se den cuenta que sí se podía estar peor, mucho peor, incluso aunque les redoblen la dosis de odioxon diaria y les hagan decir que es por culpa de la casta (anterior).
Juntarnos, Cuidarnos, Hablarnos, esquivando el odio, incluso la bronca.
Juntarnos, Cuidarnos, Hablarnos, sin odio, sin bronca y sin tristeza.
Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo.
Arturo Jauretche
Juntarnos, Cuidarnos, Hablarnos, sin odios, sin bronca, sin tristeza y fundamentalmente con Alegría
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.
Mario Benedetti – Defensa de la alegría.