Ir al contenido
Inicio » El enemigo real de la vida interior

El enemigo real de la vida interior

    Por Matías E. Wendt. Puerto Rico-Oberá. Escritor, profesor y estudiante de Historia y Filosofía

    “Cada vez escribo más; es una desgracia, preferiría leer. O mejor, vivir más; escribir poesía es lo de menos. Lo importante es llevar una vida poética.”

    Juan Laurentino Ortiz

    En uno de sus ensayos más divertidos, Michel de Montaigne recuerda como el alma descarga sus pasiones sobre objetos falsos cuando los verdaderos le faltan. Así, cuenta Montaigne que un noble francés, extremadamente propenso al mal de gota, a quien los médicos habían prohibido rigurosamente que comiera carnes saladas, acostumbraba a reponer, bromeando, el precepto facultativo: “Menester es que yo encuentre a mano alguna causa a que achacar mi alma; maldiciendo unas veces de las salchichas y otras de la lengua de vaca y del jamón, parece que me siento más aliviado.“

    Así, cuando alzamos el brazo para sacudir un golpe, dice Montaigne, nos ocasiona dolor el que no encuentre materia con que impactar. Resulta que el espíritu es, según la célebre expresión latina, como el viento que pierde su fuerza si las espesas selvas no irritan su furor, disipándose en la vaguedad del aire (Ventus ut amittit vires, nisi robore densae ocurrant silvae, spatio difusus inan); de igual modo, el alma se extravía en sí misma si no encuentra materia con que ejercitar su tropezar.

    Ya Plutarco decía que en éste respecto los hombres no distan de la osa de Panonia que, más enfurecida después herida, cuando el libio le arroja el venablo con una correa corta, se revuelve sobre su herida y quiere morder el dardo que la desgarra y, puesto que no puede, no hace más que girar alrededor de él; así, también los hombres, a falta de un objeto adecuado con que tropezar, antes que permanecer ociosos todo el día, se forjan cualquiera, por frívolo que sea y, con furor, son tan capaces de revolverse en torno a una piedra como de vengarse a dentelladas sobre su propio cuerpo.

    También el filósofo Bion hablaba de un rey a quien la pena hizo arrancarse los cabellos; y añadía bromeando: “Pensaba, acaso, que la calvicie aligera el dolor.”  A lo largo de la historia los tropiezos son incontables. Jerjes azotó al mar, y escribió un cartel de desafío al Monte Athos. Ciro envió a todo un ejército a vengarse del río Guindo, sólo porque había experimentado temor al cruzarlo. Calígula demolió una hermosa casita sólo porque en ella su madre había sentido placer. Montaigne cuenta que los campesinos de Bergerac y Saint-Emilion comentaban que el rey de una nación vecina, habiendo recibido de Dios una tunda de palos, juró vengarse de tal ofensa y para ello ordenó que durante diez años ni se rezase ni se hablase de él, y si a tanto alcanzaba su autoridad, que tampoco se creyese en él en esas tierras.

    A lo largo de la historia los tropiezos son incontables y hay algo de falta de puntería en el asunto; es decir que no siempre elegimos y cuando sí, no siempre sabemos bien cómo lo hacemos o qué fuerza o furor nos mueve en una dirección y no en otra. De ahí que la materia con la que tropezamos es siempre más que una mera cosa y mentimos un poco al decir “materia” y al decir “cosa”; empero en la medida que hablamos no podemos más que esforzarnos en tropezar con nuestra lengua.

    Mezcla de objeto al alcance de la mano y de asunto irresoluble, vive siempre algo atópico en eso que vive más allá de nosotros y nos permite tropezar. Con la lengua misma llevamos una atormentada relación amorosa; no sabemos si la usamos, no sabemos si nos habla; creemos que vive y muere por nosotros y también que tiene una vida aparte, escondida a plena luz del día y en toda superficie.

    Me interesa mucho este asunto de la puntería en el tropiezo. En un ensayo compilado en su libro Metáfora y memoria, Cynthia Ozick realiza una lectura interesantísima de la función de la novela como objeto-libro, capaz de comunicar una interioridad hostil a los tiempos que corren.

    “En una tarde gris, estoy sentada en una habitación silenciosa reflexionando acerca del ruido” comienza diciendo Ozick. Más, enseguida empieza a advertir que se siente invadida, como si la propia reflexión que se esfuerza despaciosamente en hilar esté totalmente controlada por un camino de imágenes que caen sobre su cabeza y que le llegan de un afuera furioso. Descubre que perdió el control. Está en su casa, a solas y en silencio, esforzándose por despejar su mente, y aun así todos sus pensamientos se encuentran interferidos por otra voz que no es la propia. Cada palabra que repiquetea en su cabeza es una palabra que no reconoce, que ella misma no ha provocado, y que sin embargo se expande, como en el cuento de Cortázar, por toda la casa.

    Como la mayoría de los personajes a los que se refiere Montaigne, podemos ver a Ozick tropezar en su malestar. Le molesta la invasión del ruido, quiere sacarse el ruido de la cabeza y dice, con bronca, que la interioridad – ese persistente murmullo interno – tiene que ser algo más que meros lamentos y deseos. Es en este punto cuando va a proponer, casi como si fundara un partido político – al que yo mismo suscribiría sin dudarlo – que “la vida interior es la enemiga de la muchedumbre.“

    Esta enemistad nace, de acuerdo con Ozick, cuando la colectividad se revela como una máquina. Tenemos entonces, para graficar el conflicto, una maquinaria afuera que nos invade y busca continuamente derrumbar la endeble casita de nuestra vida interior y, puesto que no hemos aprendido suficiente ni de la metáfora ni del estilo de vida de los tres chanchitos, por lo general, la máquina sopla muy fuerte y nuestra vida interior se viene abajo.

    Ozick va a trazar una correspondencia directa entre el avance ruidoso de la tecnología y la pulverización de la vida interior de cada participante en la muchedumbre, diciendo que “cada máquina se transforma en una mucha sombra.“

    La invasión del afuera en el adentro se hace cada vez más intensa, pronto se vuelve insoportable y no quedan más refugios en dónde estar. Todos los que son alcanzados por la invasión se convierten rápidamente en meras sombras de la máquina, pintando un alienado mundo ultraterrestre en el que no hay ningún afuera, pero tampoco cabe la posibilidad de encontrarle ningún adentro.

    La cartografía de este infierno es sombría y es plana, las personas pasean por él como si vivieran perpetuamente sus vidas en el interior de un mapa político de papel. Primero todas las cosas se parecen entre sí y después todas las personas se parecen a las cosas. Pronto Ozick ve artefactos y dispositivos destinados a aniquilar cada relato y a capturar la vida interior de cada persona, incluso – y esto es fundamental – imitando un efecto de interioridad que en realidad no es más que una promesa ofrecida como un pacto de normalidad.

    Así, las películas, dice Ozick, son obra de una muchedumbre. Las películas “están dirigidas a las muchas sombras.“Lo mismo que otros experimentos generados por máquinas, no son más que maniobras de la invasiva muchedumbre.

    En este punto no hace falta ser Michel de Montaigne para notar que no es muy lúcido de nuestra parte andar por ahí tropezando con sombras. La “muchedumbre”, la “maquinaria”, el “sistema”, no serían más que enemigos invisibles; algo con lo que tropezamos y que no podemos sujetar.

    ¿Cómo se tropieza con una muchedumbre? Es sabido que cuando un tipo cualquiera se dispone y toma carrera, con la idea fija de golpear directo en el corazón de la muchedumbre, justo antes de llegar, la cosa se abre; le hace sitio, no para que pase, sino para que se quede; la cosa lo acordona al tipo y despacito lo va engullendo.

    Aunque en principio nos resultó atractiva la idea de que la vida interior es la enemiga de la muchedumbre, ahora encontramos un problema: la vida interior no puede deshacerse de la muchedumbre aunque quisiera; vida interior y muchedumbre conviven y se alimentan la una de la otra recíprocamente. Ahora bien, por más necesaria que sea toda convivencia, cualquier convivencia no es, como todos sabemos, una experiencia fácil y asequible. No hace falta ser muy freudiano para descubrir más temprano que tarde que hay algo en nosotros y por tanto también en todos los demás, que resiste y que está más allá de nuestra párvula mirada.

    Sin embargo, sigue sin quedarnos claro qué es eso que hace tanto ruido afuera. ¿Qué hace la muchedumbre que nos perturba tanto? No pretendo hipostasiar en este ensayo preguntas ingenuas, pretendo ahondar en la peculiaridad de nuestra relación difícil con todo afuera y, aún más, pretendo enunciar la paradoja que se le escapa a Ozick y que consiste en que es justamente en función de nuestras primitivas y engorrosas relaciones con la muchedumbre que podemos, eventualmente, descubrir alguna interioridad en nosotros, como un brote al que quisiéramos cuidar y que tenemos intenciones de defender ante la mirada de los demás.

    Entonces, sí podemos afirmar que la muchedumbre no está meramente ahí afuera como un aparte de la vida misma y, si podemos dar fe de que vivimos todos, de entrada, en el corazón mismo de la muchedumbre que nos parió; contrariamente a nuestros más egoístas anhelos, haríamos bien en descubrir que nuestro tan preciado brote nació infecto, lleva la marca de una putrefacción primera y se parece más a un hongo que fermenta en nuestro interior como un espejo convexo que deforma nuestra participación el mundo imaginario de todas las cosas.

    Siguiendo con la propuesta de Montaigne, sería razonable que afinemos la puntería a los efectos de tropezar más seguido y en primera instancia con la amarga imagen que de nosotros refracta el espejo convexo de la muchedumbre, no para abandonarnos al adiposo mundo de sombras y polvareda que la maquinaria nos escupe todos los días en el rostro, sino para advertir lo que hay de mundanal y ruidento en nosotros y lo que hay de nosotros ahí afuera.

    ¿En qué se diferencia Ozick, enojada con toda la interferencia del mundanal ruido, de Abraham Simpson gritándole a una nube? ¿Y en qué nos diferenciamos nosotros de ella? ¿Cómo hará Ozick hoy, a sus 97 años, para protegerse de las sombras ruidentas de la maquinaria exterior? ¿Habrá encontrado alguna manera?

    Las preguntas que propongo son a propósito molestas y trastabillan a propósito con la falsa seguridad de nuestra lengua; a fin de cuentas, sólo podemos servirnos de palabras para pensar y las más de las veces tropezamos con ellas como si estuvieran dispuestas especialmente para hacernos caer. Es curioso, no obstante, que justamente en aquello que pareciera estar dispuesto para hacernos caer podamos avizorar, en cierta medida, un camino.

    ¿Cómo poner distancia, en estos mundanales tiempos, entre el frenesí de la mucha sombra y las necesidades susurradas de la mente? – pregunta Ozick y responde: ¡Refúgiate en la novela!

    La novela, dice Ozick, “es un submarino hecho de palabras, piloteado por el presentimiento y la intuición, y te sumergirá en la vorágine del corazón.“

    Ahora vemos la manera que encuentra Ozick de seguir tropezando. Su ensayo que comenzó atestado por el malestar de una invasión ahora se abre como un abanico y descubrimos que el mundo está de golpe superpoblado hasta los bordes de oportunidades. El tono cambia. Ahora Ozick habla de la novela y de pronto hay esperanza. La emergencia de la novela mejora radicalmente nuestro juego y encontramos oportunidades en todas partes, el mundo entero se abre como una flor hiperestésica que podemos inspeccionar y leer y nosotros mismos, ahí dentro, cambiamos.

    Ahora somos propensos a significar con el ruido de la muchedumbre una obertura y descubrimos que cualquiera puede ser un lector con una vida interior, no todos; cualquiera es un principio indefinido, no sabemos quién puede, cualquiera puede ser.

    De acuerdo con Ozick, el contenido social de la novela expresa la aporía en la que se juega su destino como tal, si olvida su autonomía entra como un mero producto en el ámbito de la sociedad existente; pero si permanece estrictamente ajena al mundo, entonces se convierte en un fenómeno que no tiene importancia. En tal sentido, Ozick estaría de acuerdo con Adorno, para quién el contenido definitivo de las obras, eso que evita que éstas se conviertan en mercancías es su capacidad de sobrevivir como “heridas sociales”, es decir que la potencia de la novela radicaría en su capacidad de expresar dolor, conservando una peligrosidad intrínseca a revelar.

    Lo que hace la novela es comunicar una interioridad que no debe confundirse con la interioridad del autor; la novela es, en todo caso, una interioridad que duerme en un limbo y que despierta con cada lectura.

    Es también un lugar, pero no es cualquier lugar; alberga una vida que precisa otra vida para despertar. Lo que sea que vive en la novela no vive a solas; puesto que en concreto no está hecha más que de palabras y signos, a todo libro le falta una parte, con la cuál puede incluso hacer hablar a las paredes.

    Recluida en su habitación, esforzándose por tomar distancia del ruido, Ozick trae a colación el retrato novelado de otras dos habitaciones, distintas de la suya, sólo para mostrar cómo el tema de la conversación de las paredes es incorpóreo, intuitivo y profundamente interior.

    El primero, tomado de Turgueniev en “Padres e Hijos”, dice: “Mientras tanto, Pavel Petrovich ya estaba de regreso en su elegante despacho. Empapelado graciosamente todo él, en un color vivo, se podía ver un abigarrado tapiz persa del que colgaban algunas armas, varios muebles de madera de nogal tapizados con terciopelo verde oscuro, una antigua biblioteca de madera roble negro de estilo ‘renacentista’, una chimenea y un magnífico escritorio, sobre el que reposaban varias estatuillas de bronce… Pavel Petrovich se derrumbó sobre el diván, colocó los brazos debajo de su cabeza e, inmóvil, se quedó mirando el techo casi con desesperación. Pero ya fuera porque quisiera ocultar la expresión de su rostro hasta a las mismas paredes, ya fuera por alguna otra razón, lo cierto es que se levantó, corrió las pesadas cortinas de las ventanas y, a continuación, se derrumbó de nuevo sobre el diván.”

    El segundo, tomado de Virginia Woolf en “Al faro”, dice: “Solo atravesando los goznes oxidados, y por entre la hinchada madera, húmedo del mar, ciertos aires, separados del cuerpo de los vientos (la casa, después de todo, estaba deteriorada), sorteaban las esquinas y se aventuraban a entrar. Casi podía verse con la ayuda de la imaginación, entrando en el salón, preguntando, admirándose de todo, jugando con el desprendido papel de la pared, preguntándose ¿durará mucho?, ¿cuándo se caerá? Casi podría verse rozando delicadamente las paredes, meditando mientras pasaban, como si se preguntaran si las rosas rojas y amarillas del papel se marchitarían, y preguntándose también (con calma, disponían de mucho tiempo) por las cartas rotas de la papelera, por las flores, por los libros, todos abiertos para ellos, que acaso se preguntarían a su vez: ¿Son aliados estos vientos? ¿Cuánto tiempo resistirían el sufrimiento?”

    En cierta medida, Ozick sugiere que hay más vida en el empapelado de la casa de Petrovich que en las paredes de su propia habitación, por las que se cuela el ruido que tanto insiste en impedirle pensar. Paradójicamente y muy de la mano con lo expresado más arriba por Montaigne, vemos que quiénes más se quejan de no poder pensar justamente son quienes más lo hacen, mientras que a aquellos a los que pensar nunca les supone un problema, por lo general, es porque no se ocupan lo suficientemente en ello.

    Si tiene razón Montaigne y tropezar es nuestra única manera de ser, no sólo no es motivo de vergüenza fallar, sino que al contrario, podríamos decir a cada paso que damos lo mismo que Fitzgerald respecto de la escritura: “hablo con la autoridad del fracaso.“

    Si tiene razón Ozick y en el aleteo del empapelado imaginario puede haber más vida que en la muchedumbre, bien podríamos decir de la vida lo mismo que Alberto Girri decía respecto de la poesía: “no hay que definirla, hay que reconocerla.“

    Es decir, no se trata solamente de que, tal y como sugiere Ozick, la novela funciona como un dispositivo con una vida propia; ni se trata simplemente de que, hechizados en la lectura, podamos sentirnos momentáneamente capaces de irnos a vivir a la novela; ni se trata, tampoco, solamente de ésa ilusión por medio de la cual un lector cualquiera pudiera sentir que el clima tan natural de un libro hace acto de presencia en su realidad y lo envuelve completamente, acompañándolo como la banda sonora de su vida misma.

    Aunque siempre sea la lectura la que revivifica el texto, que un libro sea capaz de comunicar una interioridad implica también otro movimiento, por medio del cual, a través de la lectura, el lector es capaz de descubrir una interioridad suya, que podríamos llamar primigenia y que nada tiene que ver con el libro que está leyendo. En el corazón de la muchedumbre, nuestra experiencia de lectura se inscribe como un tropezar oblicuo con una historicidad naciente, de la que participamos pero que no muere con nosotros.

    De ahí que, contrario al sentido que animan las reflexiones de Ozick, tropezar con la muchedumbre es precisamente lo que nos abre paso a poder leer, pensar y tomar distancia respecto de todo lo que no somos. Es en tal sentido que la muchedumbre nunca es una piedra sin efecto; al contrario, nos dispone a experimentar con cada cosa que nos resiste y que nos escapa, a los efectos de componer, con los elementos que hallamos en el mundo exterior, una interioridad a la que quisiéramos llamar nuestra, empero no es una propiedad que podamos domesticar realmente.

    En otras palabras, en la lectura se funda una aventura recíproca, por medio de la cuál dos interioridades se conectan; es decir que el lector puede descubrir la existencia de una interioridad-afuera (durmiendo en el texto) al tiempo que re-descubre la existencia de una interioridad-adentro (su propia banda sonora). Es por esta especie de efecto rebote con la que el lector tropieza en la lectura y que también produce un cierto giro retroactivo, que puede descubrir que no es una sombra, que no es una máquina, y que leer es mucho más que decodificar signos.

    Para terminar, en un ejercicio de reconocimiento de ésta dialéctica que comunica lo interior en lo exterior y lo exterior en lo interior realizando una conjugación de sentido que no sólo nos convierte en lectores sino que además resulta indispensable para que podamos participar activamente de la experiencia de significación conjunta del mundo, quisiera ayudarme de dos imágenes en las que la línea que separa la realidad de la ficción es tan difusa como inexistente; ambas expresan, no obstante, en sus mutuas contradicciones, la experiencia de la lectura como acontecimiento fundante de sentido:

    1) En la novela El estrecho camino al norte profundo, el escritor australiano Richard Flanagan narra la historia de su padre, quien fuera prisionero de guerra en Japón y sobreviviente del Ferrocarril de la Muerte en Birmania; en la novela, el protagonista, cautivo en el campo de prisioneros, se empeña en conservar la cordura recordando y recitando haikus de Matsuo Bashō, cuya estética y sensibilidad contrasta infinitamente con la experiencia del tormento y de la prisión que él vive. 

    2) En su Historia de la revolución francesa, Jules Michelet cuenta que, durante la represión de 1794, uno de los condenados, que estaba leyendo un libro cuando lo llamaron, “siguió la lectura hasta el patíbulo; llegó al pie de la guillotina, y marcó la página.“

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *