
Por Carlos Piegari. Posadas-Barcelona. Escritor sofista.
La imagen circuló, disparó este artículo. Pocos días atrás, una mujer y un hombre se abrazaron. Nada del otro mundo. Pero antes corrieron por las redes sociales, frases y fotografías casi escatológicas. El Maligno, lo mórbido, Tarot, ángeles, hablar con perros muertos, el Vaticano conspirativo… La política se mezcló con lo místico y nació un nuevo relato en la Argentina. Como siempre, superamos todas las cotas de lo imaginable. Ni Trump o Bolsonaro lograron un gótico gubernamental como el nuestro. Como suelo decir, somos el país de los escritores que destruyen novelas que han escrito durante años, porque una mañana la trama más gore que han pergeñado es titular real de los periódicos.
Siempre ha existido una tradición literaria que, eludiendo censuras y hogueras, ha mixturado religión y satanismo. Cuentos y novelas donde lo “religioso-fantástico”, se ha manifestado ambiguamente entre la pureza intocable de lo beato con la pérfida mácula de lo teófobo. En este caso nos enfocaremos en el catolicismo, ya que (para tener en cuenta) con el paganismo druida, el judaísmo o lo musulmán habría existido una permisividad canónica casi fogoneada desde la misma fe católica.
Se han escritos textos con una irreverencia humorística a prueba de exorcismos como los de Poncela o Valle-Inclán hasta manuales de jurisprudencia fervorosa que dan pavor (Malleus Maleficarun). En este cimiento irreverente no podemos dejar de lado una cópula de erotismo sacrílego donde la perspectiva de género es protagonista. Claro que, de una forma solapada, pues el santo devoto suele disimular su propio deseo, a través de la potencia invulnerable de la provocación femenina que encubre la instigación diabólica. Y aquí se plantea una contradicción, la víctima es, casi siempre un clérigo, un hombre pío, pues las mujeres monjas casi no entran en este pérfido juego, y la perpetradora una mujer que representa a Satán, que se supone es de género masculino. Aunque los ángeles, caídos o no, son asexuados (¿performatividad LGTB?). Pero bueno, convengamos que por aquello del macho cabrío el anticristo es un varón, como a la Virgen María le tocó ser una mujer preñada por un espíritu, valga la licencia ¡Vaya imaginación afiebrada que tenía esta gente! ¿Hay una cierta confusión de roles libidinosos? ¿Una narrativa gay velada? ¡Que va! Lo del celibato siempre fue sospechoso, pero ahora resulta que viene este Francisco y dice: “No hay ninguna contradicción para que un sacerdote se pueda casar. El celibato en la iglesia occidental es una prescripción temporal: no sé si se resuelve de un modo o de otro, pero es provisoria en este sentido”.
Pero regresemos a nuestro tema. En una edición del jueves 16 de noviembre de 1972, el famoso diario La Razón publica a tres columnas y con el alarmante titular: “Satán existe, reafirmó el Papa” (Pablo VI). En el copete del artículo informa que “el Papa reafirmó públicamente que Satán existe e instó al estudio de la demonología. Declaró que en ella más que en el psicoanálisis y otras modernidades se halla la clave de la feroz presencia del mal en nuestro tiempo…” Y este no es un texto ficcional, sino periodístico, siempre la realidad descabeza toda fantasía: ¡El psicoanálisis era para la iglesia en 1972 una curiosidad ocurrente!
Inspeccionemos algunos maridajes literarios entre religión y satanismo. Por ejemplo, Las tentaciones de San Antonio de Flaubert. Un viaje espacial donde el diablo es una suerte de plato volador donde viaja el santo anonadado y el Innombrable le explica: “…siendo el mundo un flujo perpetuo de las cosas, la apariencia sea, por el contrario, lo más verdadero, y la ilusión la única realidad”. Este Maligno no resultó tan bestia, si hasta remata diciendo “¡Quizás no haya nada!”. Casi un compañero de estudios de Einstein.
Los elixires del Diablo de Hoffmann nos introducen en un convento de capuchinos en el siglo XVIII. El compañero de la celda contigua a la del hermano Medardo, escucha risas ahogadas y carcajadas más una voz que dice: “Ven conmigo hermanito Medardo; vamos a buscar a la novia”. La cuestión es que el tal Medardo muere el mismo día, en que es asesinada atrozmente la monja Rosalía, que moraba en el claustro representada como pintura en un hermoso retablo. ¿Era la mentada novia, Rosalía? Allí metió la cola el Diablo.
Mención aparte merece la Apología del diablo que en 1795 escribió John Benjamin Ehrhard. Una sorprendente guía para los tiempos que corren. Sintetizamos sus consejos sulfurosos. 1. No seas nunca veraz, y trata de parecerlo…2. No reconozcas propiedad alguna, pero afirma que la propiedad es sagrada e inviolable… 3. Sírvete para tus fines de la moralidad ajena… 4. Incita a todos al pecado y finge, al mismo tiempo reconocer la moralidad como necesaria… 5. No ames a nadie. 6. Haz desdichado a cuantos no quieran depender de ti. 7. …No te arrepientas jamás de nada…
La relación demonio-mujer da para escribir toda una vida, y su relación tentadora con los hombres de fe, un tópico clase Z. Como causa de muerte e infección que lleva al hombre ascético al abismo de la perdición. Sin embargo, puede ser erróneo considerar que el cristianismo ha sido siempre enemigo de la literatura erótica. Durante el imperio cristiano del siglo IV, Ausonio, prominente personaje de la corte de Valentiniano, supo escribir una voluptuosa poesía libertina. Aunque las sátiras anticlericales, durante la Ilustración, fueron implacables con los monjes. Se les adjudicó todo tipo de lujuria, que (como era de esperar) se atenuó, como siempre, con la ecuación misógina… demonio-mujer.
Ya en nuestros tiempos el National Catholic Register divulgó la explicación del P. Auguste Poulain, un teólogo que afirma que a veces el diablo puede valerse de las “revelaciones privadas” para “atrapar a los católicos”. “El diablo puede, por un ardid, fingir alentarlos por un tiempo por el bien para después arrastrar a su víctima en exageraciones y extravagancias.” Entre ellas, por supuesto, todas las que estén relacionadas con el goce carnal.
El tema del hombre consagrado a la fe que es perturbado por el diablo travestido, tiene también ejemplos en el cine. En “Simón del desierto” (1965), Silvia Pinal, la monja de Viridiana, vuelve a trabajar con Luis Buñuel. La mejicana encarnó al mismísimo Diablo en forma de mujer para tentar a Simón, el protagonista del filme, un hombre que pasa su vida haciendo penitencia de pie encima de una columna, ¿símbolo fálico?
En la Argentina de hoy ha nacido un nuevo género literario, el gótico político. Se basa en el exterminio lento y programado de clases sociales como ofrenda satánica, en una legalidad parapsicológica y con un discurso esquizofrénico. “El martillo de los brujos” cae, nuevamente, sobre esta tierra donde el infierno no es el otro, sino nosotros mismos.