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El Iniciado

     

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Escritor

    Entré al local a sacarme una fotografía. La necesitaba para el carnet de la Facultad, cuatro por cuatro, fondo blanco; algo simple. Pero no entré allí de forma inocente, sabía que en ese sitio atendían dos encantadoras mellizas pelirrojas. El local quedaba en una galería del centro. Yo cruzaba por ahí con frecuencia y las veía cada vez más bonitas. A veces estaba una sola. Sabía que había otra porque solían estar juntas. Además desde los espejos me sonreían múltiples imágenes, dos, cuatro, seis coloradas; siempre frescas y pícaras. Yo entraba a la galería con un estado de ánimo y salía alterado por la otra punta. Es que soy sensible al coqueteo, y más cuando vienen con parejas de brillantes reojos, pares de insinuantes perfiles, duplas de pecas y rulos, dobles naricitas alzadas.

    Ese día, decidido, ingresé al local.

    Pero no estaban. Estaba el padre. Me enteré después que era el padre, un catalán grandote, que apenas me vio, levantó una mano, después del “Buenas Tardes”, como diciendo ¡Alto!

                -Yo sé a qué viene usted.

    Me detuve en seco. Había ido a sacarme una foto carnet, y a conocer y charlar con las chicas, si se podía.

                -Las dos cosas -dijo- podrán ser concedidas.

    Me desconcertó. ¿Cómo supo que había un segundo propósito? Bajó el brazo con la palma de la mano que oficiaba de tomógrafo de mis intenciones y me hizo pasar a un ambiente posterior, donde estaban la clásica pantalla, una sombrilla para difuminar la luz, faros y trípodes, cámaras, telones, etcétera, y estantes con libros de ocultismo.

    Era enfermero rosacruz, me contó, experto en hermetismo. Veía a través de su mano. Tenía poderes de adivinación, como sus hijas, me aseguró. Y usted también tiene, me dijo, aunque no desarrollados. Luego habló de mi vida, acertando todo, dónde había nacido, qué estudiaba, mis gustos, mi deporte favorito, qué leía, en qué curso estaba…

    -Luz y Bell están prendadas con usted -me confesó-. Ya están por llegar. De tanto cruzar por acá, lo conocemos. Tenemos sus datos y nos gusta.

    Otra vez volvió a turbarme. Sentí un sacudón.

    A los pocos minutos llegaron las chicas, alegres, radiantes. Al encontrarme se pusieron contentas. Me dieron tres besos en la mejilla, cada una, como si fueran amigas de la infancia.

    -¡Al fin! Te estábamos esperando ¡Era hora! ¡Tenemos que “comenzar”!

    -La Ciencia y la Belleza se van a unir, como anhela Isis -habló el señor- mientras se iba retirando.

    Meses después supe que había viajado a Girona, no sé cuándo, pero desapareció del mapa. Si dentro de lo que él pensaba que se iban a unir, yo aportaba la ciencia; habrá sido porque sabía que mi carrera era Licenciatura en Física (me estaba preparando para ingresar al Balseiro). El otro término de la ecuación lo daban las muchachas. 

    Luz y Bell era gemelas, dos años mayores que yo, y eran realmente bonitas. De esa lindura ladina, que no hay otro modo de calificarla. Siempre pensé -ellas lo certificaban- que la hermosura para completarse debía poseer un dejo de rotura, cierto grado de derrumbe, de incomodidad, de vicio. No hay belleza sin algo de maligno.

    Pronto dejé la Universidad, y en las sesiones de iniciación, que empezaron enseguida, frecuenté la otra universidad, mejor dicho, la universalidad; la que ellas dos me enseñaron. Nada, por ejemplo, de la Física clásica ni cuántica, que ahora sonaban ajenas, como pretérito modelo de corpúsculo-energía; ni fenómenos del azar en abscisas y ordenadas, ni gatos muertos que estaban vivos, ni agujeros oscuros. El culto de ellas se basaba en un extraordinario impudor. Era una especie constante de lascivia. Una ceremonia medieval prohibida, con un coro de tres voces, entre el brillo y la penumbra gótica de un espacio que se inauguraba, indefectiblemente, cada día.

    Madre pareció que no había. El padre se fue del negocio y de nuestra vida. Puedo decir de “nuestra vida” porque al mudarme a su casa ya no estaba. Así que me volví “piedra bruta”, según los términos de Comenio, el maestro omnipresente en cada servicio de entrega.

    Fue un amor inexplicable, como todo amor, pero este más; hecho por el triángulo de los egipcios, con un ojo enorme adentro. O fue un amor de carne y hueso trazado por un compás que se abría en ciento ochenta grados. O quizás haya sido una escuadra curva con algo de alquimia, dirigida por una brújula que indicaba puntos cardinales erráticos con humo, burbujas, líquidos tibios, flema, sangre. Cualquier cosa pudo ser y ser, igual, amor. Lo que en la Física me ataba, en este rito me soltaba para que fuese siendo más allá de las leyes, las normas gramaticales, los académicos, el canon, la biología.

    En la intimidad no lograba distinguirlas. Cuando observaba algún rasgo o actitud que se repetía en una, pongamos en Bell, en otras oportunidades dichas características aparecían en Luz, ¿o era otra vez Bell?

    Al final, ya no me importó nada, ni siquiera la liturgia, el bautismo sumergido en un tacho con agua hasta el cuello, las velas, las togas, el sahumerio, las cadenas a la cama, la venda en los ojos, los suaves latigazos en calzoncillos, los cánticos en arameo. Creo que era arameo.

    Para mi comenzó una etapa inédita que jamás había imaginado en la Facultad, ni en la vida. Leí los libros que había visto la primera vez que ingresé al local, buscando la foto carnet, y encontré una nueva forma de transmisión del conocimiento de la naturaleza toda, sin digestos para comprenderla, ni argumentos para refutarla. Dejé de ser un hereje para volverme creyente de fuerzas extraordinarias en medio de las tareas de la casa. A Luz y a Bell les gustaba cómo cocinaba y lavaba y me enseñaron el revelado del negativo, y la fotocopia ampliada de un original, lo elemental, como para reemplazarlas en el local de la galería, cuando no estaban.

    Ambas, como iniciadoras, hicieron que me vea distinto al resto de los profanos y a la vez igual, formando parte de una hermandad. Con las dos sentí la fraternidad de gozar en cuerpo y alma, como un pagano que descubre su epifanía. Al inicio supe que iban dosificando los dogmas de Hermes Trismegisto, porque se dieron cuenta que yo era impropio de la religión, un descreído, un blasfemo. Me demostraban en cada misa luciferina que hay en la vida cosas incomprensibles, para siempre. Cosas que hay que aceptar, me decían, porque la naturaleza no traduce su esencia, no se hace ver, ni siquiera se suelta, sino que se oculta, luciéndose a través de símbolos, de luces adamantinas, de pequeños ayes, que emite por el roce de la piel o la presión de saliencias, esas anatomías del alma; y hay que saber captar con el corazón, la intuición, el halo, las simples crepitaciones de la propia noche que se sobrelleva adentro como en un estuche.

    Lo que nos rodea, afirmaban, se presenta disfrazado de lluvia, de oleaje, de dolores y dudas. Hay que admitir que hay vientos, arenas del Gobi, risotadas del Caribe, jueves de Dinamarca, que dando vueltas, nos llegan; personas parecidas a nosotros del otro lado del mundo, con el mismo tiempo cruel que nos consume. Y hay que tolerar el misterio. Que existan infinitos, ya es mucho, me decían luego de la furia y el éxtasis.

    Ellas eran el mejor ejemplo de apertura, y yo era el que ingresaba como un becario, cumpliendo el culto del “sacrificio”. Porque era la bestia a ser inmolada -creí entender- por esas sacerdotisas, que me tomaban como hostia, como pan ázimo, el mismo bocadillo, pasado de boca en boca con la lengua. Yo era el mártir en un juego de repeticiones; el que era deglutido por angurria divina, y allí, en las horas de abismos y montañas, expiaba vaya a saber qué secreta, indeleble e inentendible culpa. Y a veces era el Supremo que estrujaba las once dimensiones solo para lentificar los goterones del tiempo.

    Han pasado meses, años. Continuó el ciclo de caos y de cosmos. Pienso que moriré entre caderas cada vez más anchas de diosas que se juzgan humanas, o aplastado por meteoritos de montes de Venus; pero creo que, antes, vagaré por cielos con dos centros que parecen soles, pero son infiernos elípticos, estrictos y bellos, como quizás sea el arte o la literatura.

    Supongo que esta situación mía se puede interpretar como un pie de página que aclara el sentido de un texto (que puede ser la existencia). Y que tal vez este destino sea un simple comentario en la suerte de nebulosas y galaxias, de celestes vacíos. También es posible que yo esté latiendo dentro de un organismo gigantesco, de incontables posibilidades, donde la vida solo es un fenómeno estadístico y puntual, una kermés fantástica y bailable, a la que se puede ingresar sin tener invitación, ni ticket de entrada, ni permiso, ni carnet con una foto cuatro por cuatro, fondo blanco, algo simple, pero que al final, nunca conseguí.

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