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El insulto, arte o estrategia

    Por NEACONATUS

    Sumamos artículos sobre las palabras, la lengua y sus implicancias sociales, nada académico, apuntes de trinchera, urgentes y pendencieros. Tal vez sirvan para desahogarnos de tanto silencio que no comprendemos. ¿Miedo? ¿Complicidad? Cuando pase la tormenta surgirá aquella pregunta que titula una famosa película: “¿Qué hiciste en la guerra, papi?”.

    Luego del triunfo de Trump y el afianzamiento de nuestro líder felino, toca sumergirse en la charca actual del discurso ofensivo. Pero, tengamos en cuenta que existe una filosofía del insulto, para Arthur Schopenhauer (1788-1860), éste era el último recurso cuando todas las demás artes de la argumentación habían fracasado. De todos modos, también nos sentimos identificados con Roberto Arlt cuando dice que ”los pueblos bestias se perpetúan en su idioma”, parafraseamos (esta vez un tanto más filosóficos) y nos sale algo así como que estos burros de ultraderecha, exaltan el vituperio como muestra de su desprecio absoluto por los valores humanistas e intelectuales, ejercitan a diario la inequidad. El arte de insultar (en alemán: Die Kunst zu beleidigen) es una selección de insultos reunidos por Schopenhauer. Fue publicado por primera vez directamente en traducción italiana en 1999 por Franco Volpi.

    Como la pintura, o la prosa, insultar puede ser un arte, o simplemente un adorno y de mal gusto, un tropiezo de alguien exaltado y sin control. Hay cuadros que están para relleno de un espacio, Hay textos que son buenos para tostarse al sol en una playa. Están lejísimo de lo artístico, sólo son entretiempo. Igualmente existen improperios de una grosería nauseabunda y cruel, de baja estofa, como los de nuestro león rampante, y otros que parecen el alumbramiento de una inteligencia incisiva, filosa, hasta inteligente.

    ¡Zurdos de mierda!, es un insulto presidencial en esta Argentina cloacal. Entre Ramón del Valle Inclán y un autor teatral había un encono. Ambos estaban en la escenificación de una obra de este último. El diálogo avanzaba pesadamente sobre las tablas. Valle Inclán aprovechó un momento en que el actor exclamaba fuerte “Oigo pasos…” para ponerse de pie y, ante la risa del público, gritó: “Sí, son los míos que me voy”.

    ¡Ratas inmundas comunistas! Denigró nuestro presidente en un acto público. La relación entre Leopoldo Lugones y su único vástago nunca fue buena. Una tarde bebían té, y el escritor confesó con rudeza que se arrepentía de dos cosas, de Lunario sentimental y de haber tenido un hijo. Su hijo, uno de los inventores de la picana eléctrica, le asestó: “Padre, quédese tranquilo, usted no es el responsable de ninguna de las dos cosas”.

    Uno de los mejores insultadores, por su ironía filosa, fue Oscar Wilde Una vez se refirió a otro escritor con el cual se llevaba mal: “No tiene enemigos, lamentablemente es aborrecido por sus amigos”. Cuando le preguntaron a Borges sobre el premio Nobel a Gabriela Mistral, apuntó “Es exótica, chilena de profesión, medio india… esas cosas les gustan a los suecos”. (Jorge Luis, solía pasarse de rosca.)

    Bernard Shaw chocaba siempre con Chesterton. Cuentan que un día se encontraron y Chesterton le habló “Mirándote, cualquiera puede deducir que hay hambruna en Inglaterra”. A lo que Shaw, que era famoso por sus salidas, le espetó “Pero mirándote, cualquiera diría que esa hambruna la has causado tú”.

    Sin ir más lejos, en un discurso de nuestro fiero disciplinador, parloteado en Parque Lezama y que machacó durante sesenta minutos (al que se queje de Fidel Castro lo ponemos en penitencia, ya advertimos sobre las palizas discursivas del cubano en otro artículo.), fueron contabilizadas treinta agresiones contra los rivales políticos; un insulto cada dos minutos. “Casta putrefacta”, “kukas”, “manga de delincuentes, ladrones, traidores y cobardes”, “imbéciles”, “miserables”, “culo sucio”, “degenerados fiscales”. Este hombre, evidentemente, posee un léxico tumbero, carece de un vocabulario que esté a la altura del rango que ejerce. Hasta podría decirse que falto de imaginación, tirando a medieval. Claro que una cosa es tener un repertorio riquísimo y un fino humor, y otra cosa es manifestar mera vulgaridad y ordinariez que sólo expresa las limitaciones mentales de un abusón profesional. No menospreciar, está muy bien adiestrado y cumple de manera eficaz su rol de mesmerismo social.  

    Volvemos al principio, el insulto puede ser una burla inteligente, de alto vuelo intelectual, es decir un arte; o un modo de la furia incontrolada, un deseo de degradación del otro, de falta muy baja de respeto. En cierto sentido nos hace acordar a Sarmiento periodista, que a diferencia del actual presidente, cambió sus palabrotas y guardó las formas, cuando llegó a la primera magistratura.

    El problema de una actitud tan rastrera como la de nuestro mandatario electo está condenado a reutilizar su propia droga, una y otra vez, para mantener su liderazgo, pero le faltan variantes. La rabia que el desaseado personaje manifiesta, lo encasilla en la torpe función de monigote de su propia bajeza. Lejos está la figura de la ironía, el estiletazo de un fino sarcasmo, la riqueza del léxico irónico. Aquí el insulto es un arma de la destrucción, la expresión en carne y hueso de la suciedad de las redes sociales (de la cual se vale). Retuitear basura es su especialidad, porque no tiene ingenio, solo odio que quizás se enraíce en carencias profundas de afecto genuino. ¿Odio? Nos permitimos dudar. Hasta quien odia manifiesta cierto grado de raciocinio.

    Como posee poder (delegado por el establishment) y pantallas y micrófonos, nacen -de aquí- algunos peligros que no son menores. En primer lugar, el mal ejemplo de un funcionario público, en segundo lugar, los jóvenes que se están incorporando a la vida social (estudiantes, profesionales, trabajadores, etcétera) que no han visto a otro gobierno, podrán creer que la democracia es esta mentira. Y existe otro costado que también es grave: muchos de los insultados, van al siguiente día a la Casa Rosada o a la Quinta de Olivos, como si nada hubiera pasado. ¿Podremos pensar que los insultos presidenciales no los han mellado? ¿O tenemos que deducir que los injuriados no detentan el más mínimo nivel de dignidad? ¿Tan pusilánimes nos hemos vuelto los argentinos? Un diván allí. Y aquí se manifiesta la dicotomía del título de este artículo, ¿el insulto es arte o estrategia? Podría ser arte si tiene el brillo del sarcasmo ingenioso, pero se transforma en táctica tramposa cuando nos obliga a pasarnos días hablando de meras provocaciones, que nos distraen del disimulado escamoteo de la realidad en las góndolas de los supermercados y desde las facturas de servicios. Como cuando los varones vamos al baño de un bar y, mientras meamos, nos entretenemos leyendo las frases soeces escritas en la pared frente al mingitorio.  

    Eva Giberti supo decir que “el modo de hablar refleja una manera de ver el mundo, la historia personal de quien habla y también deja al descubierto un segmento del momento social en que se vive”. Y aquí bajamos un cambio. Nos ocupamos de la lengua gangrenada de quienes ejercen el poder, ya sea en el norte o sur de América, Europa o Asia, pero ¿dejamos de lado la responsabilidad de las clases que los rodean, aplauden, apoyan y hasta emulan a los verdugos? Las poblaciones son propensas a los hábitos degradantes. Excitan las opiniones atrevidas, las visiones fantasmáticas y las explosiones masivas del crimen. Y sobre todo se enamoran de quienes se atreven a “decir” lo “indecible”, las palabras mágicas de la pornografía moral, que se ocultan en los pliegues de una supuesta “cultura de la tolerancia”. Aunque en realidad no es ético que nadie “tolere” a nadie. Somos como somos y nada deben importar (y obtener condescendencia) mis elecciones existenciales.  

    Concluyendo, esta tendencia al insulto mortal que nos agobia día tras día tiene en la Argentina una palabra paradigmática: aniquilar, destruir hasta la nada total. Aniquilar conduce a la muerte. Pero no se la endosemos como apropiación semántica a las dictaduras militares ni a nuestros presidentes (pasados y actuales), es una palabra que está en nuestro ADN histórico. Los/as argentinos somos aniquiladores por antonomasia, algunos con armas otros con insultos. ¿Cuál es el insulto que brota de inmediato en una pelea? “¡Te voy a hacer mierda!”. Ese deseo colectivo, lo expresan los exabruptos presidenciales. Y fascina, es lo que un alto porcentaje de la sociedad querría hacer con el otro. Y parece que se está logrando…  

     

     

     

     

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