
Por NEACONATUS
El Club de Lectura Hackea la Siesta es un espacio donde intentamos buscar razones para seguir despiertos. La atmósfera, interna y externa, nos provee motivos de sobra. Soñamos con el objetivo de colaborar para ampliar la conciencia ambiental, adaptarnos al ritmo de la naturaleza y no que ella se adapte a nosotros. Tengamos en cuenta que viene advirtiendo hace tiempo, que su paciencia tiene fecha de caducidad.
Desde Neaconatus comenzamos a cooperar produciendo una serie de textos, que sirvan de apoyo a esta iniciativa. Hemos asumido una palabra que cabe definir brevemente, la Ecoliteratura. Textos con perspectiva ambiental que proponen generar conciencia, empatía, respeto y diálogo sobre el ambiente, la relación del humano con su entorno y la relación entre lo humano y lo no humano. Como antecedente podemos mencionar la nature wrinting, literatura de la naturaleza, un género que goza de una larga y rica tradición. En los últimos años ha vivido un auge editorial debido a la preocupación ambiental y las temáticas ecológicas. Factores que se basan en una recuperación del interés en la relación y el vínculo emocional de los seres humanos con la tierra. El contexto ambiental atraviesa la obra de grandes autores. Shakespeare, Tolkien, Goethe, Quiroga no escribieron sobre “la naturaleza”, sus relatos suceden en “la naturaleza”.
En el taller de lectura itinerante Hackea la siesta actualmente se lee sobre jardines y huertos. Comenzamos nuestra primera entrega utilizando un recurso de escritura que promueve la referencia, cita y conocimiento más ágil sobre un tema, la ficha. Apuntes, naipes narrativos, que bien pueden compartirse en una ronda de lectura, en este caso digital. Pues a barajar y repartir. Invitamos a nuestros lectores/as a aumentar los aportes con su participación, enviando “fichas” a neaconatus@gmail.com
Ficha 1
Podemos realizar un viaje a la relación que existe entre el arte y el paisaje. En un riel estarán los jardines occidentales, que alcanzaron su apogeo en Francia en los siglos XVII y XVIII; y en el otro riel de la vía viajera los jardines orientales, que tienen una construcción y un significado totalmente diferente. Si Versalles simbolizaba al rey, un jardín zen simboliza la representación de una persona con la naturaleza y con una realidad superior.
A nosotros los jardines japoneses nos parecen naturales, con los árboles, rocas, caminos serpenteantes, estanques y cascadas, pero todo es intencionado, y llevado por la brisa suave y decidida del sintoísmo, la religión antiquísima que no tiene escritura ni dogmas y que no es otra cosa que la alusión a la fuerza de la naturaleza.
Ficha 2
Desde el otro riel observamos los jardines europeos donde es evidente la intención no de compenetrarse con la naturaleza, sino de dominarla. Kant habla a menudo de las hermosuras exteriores alabando la “libre belleza” de una flor, de un colibrí. Añade en Crítica del Juicio la descripción de lo que cree sublime: osadas rocas, nubes de tormenta, volcanes y cataratas, las pirámides de Egipto, la basílica de San Pedro. Este tratamiento filosófico de la belleza prepara el camino para los nuevos géneros de la pintura de paisajes, incluso para la poética. Leamos a Wordsworth, a Byron, a Shelley y notaremos que la naturaleza es inspiración y telón de fondo, un poco distinta, la verdad, a lo que hizo Le Nôtre en Versalles. Pero siempre hallamos en estos artistas del romanticismo como una extrañeza de lo que es natural. Ellos quieren desaparecer en bosques y en mares, pero están afuera, son extranjeros.
Ficha 3
Kant es importante para interpretar el jardín occidental. Él destaca que la armonía de las facultades de las formas, nos impulsa a calificar de bello al jardín francés. Por ejemplo, dice, sin haber estado nunca en Versalles, al entrar en uno de los bosquecillos que hay al lado de los senderos nos vemos sorprendidos por cada nueva disposición de los vegetales, y por las distintas, pero “correctas” yuxtaposiciones de árboles, de estatuas, de jarrones y fuentes. Kant criticaba a los jardines ingleses, decía que empujaban a la libertad de la imaginación al borde de lo grotesco. En cambio, los jardines franceses y austríacos y alemanes poseían una variedad constantemente cambiante, y que esta cualidad los hacía hermosos. Kant creía que los jardines son una forma elevada de arte. Es decir, los tomaba en serio. Hizo hincapié en los rasgos formales y en la idea (filósofo del idealismo, al fin) de la “intencionalidad sin intención”. Sabía que los arbustos de Versalles no estaban para dar frutos, ni verduras, sino que el artista (Le Nôtre) el responsable de construirlo por orden de Luis XIV, había pintado formas. La jardinería, afirmó, es una de las bellas artes: “La jardinería paisajística… no consiste sino en engalanar la tierra con la misma múltiple variedad (hierbas, flores, arbustos, agua, colinas, valles) que ofrece la naturaleza a nuestra vista, y que solo dispuesta de manera diferente y en obediencia a determinadas ideas, se transforma en algo bello”.
Ficha 4
Intentemos un salto en el tiempo. No es muy conocido el hecho que el escritor Italo Calvino tuvo una madre botánica y padre agrónomo. Hacia 1949 escribió un cuento que tituló: El jardín encantado. Dos niños Giovannino y Serenella deambulan a la vera de vías de ferrocarril y al cruzar una alambrada en ruinas, se encuentran en el rincón de un jardín. El lugar los embelesa, pero a la vez los turba. Todo es hermoso, aunque en absoluta soledad y silencio. El jardín no es de ellos, para mayor intriga se topan con una casona y temen que su incursión sea descubierta por los dueños, y los expulsen severamente. Sin embargo, los dos aventureros se animan a jugar, sin dejar de lado el escalofrío sugestivo del misterio. Concluye Calvino: “Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín…”
Los jardines primorosos tienen su encanto, pero los abandonados también seducen.
Ficha 5
La jardinería no es sólo un hacer consagrado al goce individual, puede también aportar una función social placentera. Karl Gottlob Schelle, un sencillo profesor alemán, en 1802 escribió un exquisito libro: El arte de pasear. Uno de los capítulos trata sobre los Jardines de recreo. En un principio estaban considerados para el uso privado de sus propietarios, con el tiempo fueron abiertos al público. Schelle los describe plenos de hierbas aromáticas, parrales y macizos de flores. Considera que el mayor valor que tiene un jardín es el estar siempre a disposición de su propietario, sin temer que nadie lo perturbe en su trato privado con la naturaleza. De todos modos el diseño de jardines de dimensiones amplias en ciudades grandes, pudiendo ser espacios públicos en determinadas horas del día, genera un placer social conectado con la naturaleza. El disfrute que logra el propietario del jardín al pasear por su refugio botánico, le permite escaparse de las ataduras mundanales, pero también enaltece su humanidad al compartir su posesión con otros.
Schelle complementa el solaz de los jardines con la música. Propone organizar conciertos, pues estos jardines son incomparables ante salas en ámbitos cerrados. La música surte un efecto magnífico en los paseos por los jardines abiertos, donde los instrumentos de viento primarían. En su poético relato el escritor alemán compara los sones de una flauta con un concierto de gorriones.
Como corolario de su énfasis bucólico cita el famoso jardín de Wörlitz en Dessau, el mayor jardín inglés de Alemania y de la Europa continental. Espacio verde impregnado por los ideales de la Ilustración, que pretendía privilegiar un paisaje naturalista socializado que reemplazara al jardín formal de la época barroca.
Hasta aquí nuestra primera entrega sobre la magia de los jardines. En breve publicaremos más notas poco difundidas, sobre el placer estético y emocional de estos espacios vegetales.