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El juego de las palabras. Serie 4/1

    Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela

    Estamos programados para otras pandemias

    Querían ponerme una mordaza y decían para adentro señora, vaya para adentro.

    Siempre estuve dentro de mí, donde solo yo aventuro, donde me contamino o me sano. Lejos del otro, señora, más lejos, insistían. No salga.

    La consigna era aislarse, cercarse en el yo, exiliarse en tu isla envenenada de ego.

    El bozal, señora, repiten aún. La pandemia de la censura no termina.

    Quizás la orden venía susurrada desde antes del virus, quizás el programa fue diseñado hace tiempo y la pandemia solo lo sonorizó y lo expandió hasta convertirlo en orden militar. Cosa que nunca quise ser: militante de nada ni de nadie, bastante tengo con el dictador que habita en mi interior.

    La palabra militante me transporta a una/mi figura inclinada diciendo sí, señor, haciendo la venia o cualquier otra señal de obediencia debida, alabado sea el señor, arrodillada junto a otros, mientras una orden zumba como abejorro, haga como los demás, señora. Como animal de rebaño.

    Aun siento que me empujan, que nos empujan desde atrás, y eso violenta más que si te azuzaran de frente donde el violento pone la cara y hay posibilidad de identificarlo, de oponer fuerza en contra o de escupirlo.

    Empujar desde atrás es cobarde, no sabés quién te arrea ni el porqué y me sube el ácido de la masificación, el apretujamiento, la manada, la asfixia, el alambre de púas, el corral, hasta que en la pérdida de la conciencia caigo en la mansedumbre, en la muchedumbre, en la masa y en la militancia.

    En el diccionario de la Rae la palabra militar aparece primero como sujeto-persona, no como verbo o acción. Lo extraño es que en el antiguo diccionario tampoco estaba el término militante. Pero todo tiene una raíz, pensé y no estaba errada en el rechazo inicial e intuitivo: militar es todo lo relacionado a fuerza armada, armamento, guerra. Y no es lo mío.

    Fui al nuevo diccionario de la Rae, vieja costumbre que adquirí de mi padre.

    Militar es un término con origen en el vocablo latino militāris que hace referencia a lo perteneciente o relativo a la milicia o a la guerra. El concepto se utiliza por contraposición a civil.

    Del lat. militāre.

    1. intr. Servir en la guerra.
    2. intr. Profesar la milicia.
    3. intr. Figurar en un partido o en una colectividad.

    Del lat. militāris.

    1. adj. Perteneciente o relativo a la milicia o a la guerra, por contraposición a civil
    2. adj. desus. Dicho de un vestido seglar: De casaca.
    3. m. y f. Persona que pertenece a las fuerzas armadas de un país.Militante que milita.

    Definitivamente, militar no es lo mío. Definitivamente está costumbre o manía de ir al origen de las palabras, de indagar en ellas, me trae problemas, algunas no me gustan, como cuando indago en las personas, algunas tampoco.

    Por qué nos gustan las guerras

     Por qué nos gustan las guerras, por qué volvemos a ellas, como si fuera un bien preciado o un amante al que no podemos olvidar y deseamos. Qué nos atrae del dolor y la sangre, qué heridas nos apetecen, antes cuáles nos relamemos como lobos.

    Estoy frente a un río que sigue, que no deja de seguir en busca de otro río más grande, de un lago, una planicie o una mar. Y nosotros, los que habitamos las orillas, los que no sabemos respirar en el agua, a quienes nos legaron la tierra, porqué nos matamos, qué mandato de odio y violencia no nos deja seguir como peregrinos de un planeta.

    Hoy encontré este poema escrito en el 2006, pero podría fecharlo 2024 y sería una crónica poética actual y verdadera.

    Por qué buscamos las guerras sigo preguntando y me crece el horror. Descubrir al humano me produce una angustia asfixiante, una desesperanza tan inmensa.

    No importa ya desde dónde o hacia dónde vayan los misiles, siempre habrá una causa, una razón para matar. Los dirigentes del mundo se reúnen para apoyar o para acusar a otros dirigentes, y en sus países, entretanto, crece el presupuesto en armas.

    Por qué nos apetecen las guerras sigo preguntando mientras escucho la voz de un insecto.

     Apenas grillo

    Las patas encogidas me salvaron. Cuando oí el estallido estiré mis membranas.

    Vigas y escombros descendieron, en un vuelo ciego de cemento y cal.

    Ecos de gritos se desmoronaban por los agujeros.

    Como rata blanca recorrí pastosos laberintos de sangre y asfixia,

    traspasé puertas horizontales, ventanas sin paredes;

    salté sobre trizas, astillas y excrementos,

    hasta que di con ellos.

    Aplastados, cerraban los boquetes: mujeres, niños, bebés, dos ancianos.

    Caminé sobre brazos sueltos y recipientes secos.

    Resbalé del ojo de un oso de peluche a la mejilla de una niña con ojos abiertos.

    Hurgué en la grieta de un cerebro.

    No se movieron.

    Entendí el polvo, la explosión y que me salvé por ser grillo,

    por las patas encogidas y el salto a tiempo.

    Ya no cabía en aquel refugio donde se confundía el piso con el techo,

    y pilas de angelitos tapaban los huecos.

    Escuché zumbidos de motores, máquinas extrañas escarbaban entre ellos.

    Preparé mis patas flacas para salvar, otra vez, el pellejo.

    Por apenas grillo escapé de Caná al desierto.

    Poemario La flor no Basta – 2008

     

    Caná, ciudad de Palestina atacada en el 2006.

    El derrumbe de un refugio causó la muerte de más de 37 niños.

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