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El muerto

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico, Misiones. Escritor

    Cuento de J. L. Borges, breve comentario.

    “Infatuación del coraje./ Desiertos ecuestres./ Frente mezquina./ Una puñalada feliz./ La travesía es crujiente./ Injustificable impresión de ser contrahecho./ En su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio./ En su empaque, el mono y el tigre./ (Otálora) tiene el remordimiento de no extrañar Buenos Aires./ Vastos amaneceres./ Selvas populosas./ Resplandeciente desorden de taleros./ Un remoto espejo que tiene la luna empañada./ Una vehemencia de sol último lo define./ Forastero agauchado./ Cortinas de intrincado damasco./ Intimidación progresiva./ Humillar al interlocutor gradualmente./ Alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga./ Deja que fluya clamorosa la noche”./

    Oraciones, proposiciones, frases, expresiones, de El muerto, cuento de Borges, publicado en la revista Sur en 1946, luego en El Aleph en 1949.

    “Entre el autor y el lector funciona la erudición borgeana, cómo funciona la mujer, el apero y el colorado, entre Bandeira y Otálora, en este cuento”, dice Sylvia Molloy. Puede ser cierto. Aunque no encontramos clara la relación (y el funcionamiento) que habría entre “la erudición borgiana” y “la mujer, el apero y el (caballo) colorado”.

    Borges pasó de los duelos a cuchillo de los malevos, en los años ´20, a los duelos (siempre cultos), entre las argumentaciones de sus personajes, que son descriptos, y se nota, por un intelectual, por un leído. Hay que aceptar que era su modo de escritura. Creo que fue Mario Benedetti el que opinó que la mirada de Borges del arrabal, es como la de un turista sabihondo que, del centro de la ciudad, hace un paseo a la periferia de Buenos Aires.

    El tema constante de Borges es la traición, que se lee en muchas de sus historias, y en más de una, de forma manifiesta.

    Haga como lo haga, su estilo de adjetivación es muy peculiar y notable, (lo extractamos en el primer párrafo, de este escrito) como si exhibiera sus tramas cultivadas en cajas chinas, en círculos, en laberintos o en literatura sobre literatura. Pero que un rudo caudillo uruguayo cercano a Tacuarembó, contrabandista de fines del siglo XIX, despliegue en su liderazgo una “intimidación progresiva” es medio rebuscado. O que en su “rostro demasiado cercano” se junten el judío, el negro y el indio, impresiona como un crisol imposible. Está bien que en literatura pueda darse lo inverosímil, pero cuanto más creíble, mejor. Además, Borges plantea este cuento, sin visos fantásticos. Pero el relato es ambiguo, neblinoso (él mismo se encarga de decirlo) es lineal, como aquel laberinto lineal que en otra parte de su obra contrapone al laberinto típico o clásico griego. Hace como que se enteró de rumores, datos difusos, de una historia, que desea retransmitirla, pero que luego rectificará o ampliará. Lo dice él mismo.

    Este cuento fue adaptado al cine por Manuel Antín en 1968, pero no se concretó, (se conserva su escrito) y posteriormente por Héctor Olivera, que venía de realizar un exitazo: La Patagonia rebelde. Este director buscó a Juan Carlos Onetti para el guion, porque el compadrito “infatuado de coraje” (el personaje) viaja a Uruguay, donde se desarrolla la trama, pero Onetti se reconoció poco ducho para los diálogos gauchescos y lo derivó a Julio César Castro (aunque terminó asesorando el proyecto). Gracias a estos contactos Onetti conoció a Borges, incluso vino a Buenos Aires y se reunieron (una sola vez en sus vidas). Hay una foto de ese encuentro único, que circula por internet donde están los dos escritores, y al verse la mano del uruguayo, se lee una leyenda que dice que le está pasando la mano a don Georgi. No es verdad. Borges no ve la mano, y Onetti posiblemente esté haciendo un chiste de dudoso gusto. Cuando se separaron Olivera acompañó a Borges a su domicilio, Maipú 994, CABA. En el palier del edificio el escritor le dijo al director, “pero este Onetti es como un niño, hasta dice palabrotas”.

    La película (1975) mantuvo la atmósfera vaga e imprecisa del cuento, pero no anduvo bien en las salas argentinas, salvo en Uruguay (donde se filmó en gran parte), y un poco en España. Fue una coproducción argentina-española. Actúa Paco Rabal, como Bandeira, y Camero, como Otálora. Sobre Rabal, dice Olivera, que vivía con olor a alcohol (en realidad, andaba borracho, por el set) pero era excelente, actuando. La música de la película la hizo Ariel Ramírez. Al final hay que agregar que Borges (que solo podía escuchar los diálogos, ya estaba ciego) no quedó satisfecho. Nunca un cuento o una novela cuando pasan al cine, o al teatro, quedan igual. A veces el film mejora un escrito, a veces lo empeora. En este caso, preferimos el texto original, aunque está lejos de ser el mejor cuento de Borges.

     

     

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