
Entrevista 1 de Erni Vogel. Puerto Rico, Misiones. Ajedrecista y escritor
– Buen día, Sr. Zincultto. Bienvenido a esta entrevista matutina de lunes.
– Buen día. Un placer, espero…
– ¿Qué pasa?… ¿Tiene miedo de que mis preguntas le incomoden? ¿O que se aburra porque no soy tan culto como usted?
– Soy cultivado, no culto. Culto es quien lee mucho y conoce mucho…
– ¿Cree que hay poca gente así hoy en día?
– Depende. Hay mucha gente que lee. Bastante que lee mucho, también… Pero, ¿que pueda transformar eso en conocimiento? Sí. Hay poca.
– Explíquese, por favor… ¿Compartimos un mate, mientras seguimos con la entrevista?…
– Claro, sí. Invíteme uno de vez cuando, para no dejarlo enfriar. Vea. Yo puedo leer algo, un cuento, un poema o un mediocre artículo periodístico y disfrutarlos o detestarlos brevemente. Luego me olvido… Ahora bien. Si leo y después dedico unos generosos minutos a pensar sobre lo leído, lo recuerdo más tiempo. Pero si además intento comparar, entrelazar, fabricarle un sentido a lo que leo en distintos libros o lugares, entonces podría ser más culto, construyendo mis nuevos conocimientos.
– Retomemos… No entendí aun lo de ser “cultivado”.
– Ah, cierto. Soy cultivado y no culto (y no lo leí en ningún lado) porque no leo mucho, soy bastante impuntual y poco perseverante con eso… Pero me gusta relacionar las pocas cosas que leo o pienso haciéndome preguntas, para -por lo menos- conocer mi grado de zoncera o de ingenuidad. O de imbecilidad, claro.
O sea. Yo abono mi cerebro y mi alma (que para mí son inseparables, como el mate cocido y el reviro) tres veces por día con insistentes preguntas… Por eso me considero cultivado.
Pasa que el cerebro (¡el alma ni hablar!) no es como cualquier planta, que se abona solo un par de veces al año, como la mandioca o la yerba mate, y listo… No.
Y eso de las insistentes preguntas lo aprendí del bisnieto de Martín Fierro que mientras se chupa el dedo lo acosa sobre cada sextilla, cada metáfora y cada rima asonante buscando una traducción a su infantilísima actualidad argentina, a su argentinísimo infantilismo actual, a su actualísima argentina infantil (- “Bisabuelo –le preguntó una vez-: ¿qué es un toro?… ¿Y un rodeo?… ¿Y un torazo en rodeo ajeno?”. El emblemático gaucho secular aún sigue intentando explicárselo).
– Perdón: no se me vaya por las ramas, Sr. Zincultto. O por las estrofas…. Me perdí: ¿Cómo es eso de abonarse el cerebro?
Bueno. La primera vez me abono por la mañana, con preguntas retóricas, para recordarme la fastuosidad de las viejas y sacrosantas instituciones de la humanidad. Esas que insisten aún hoy en… Bueno. No importa. Ayer, por ejemplo, me pregunté para qué nuestros representantes y funcionarios en las comunas aspavientan grandilocuencias virtuosas sobre la hiperconvivencia democrático-cívica para la súper transparencia de sus actos en la gestión sociopolítica en pos del desarrollo armónico de la ciudadanía toda…
¿Para qué? …: Si nadie entiende nada. Y a nadie le interesa ni es invitado a debatir ni proponer ni participar… Ni siquiera los jóvenes, que aquellos funcionarios suelen decir que son el vital presente y promisorio futuro, reserva y garantía del progreso científico-cultural-social-político-económico de los pueblos prósperos y libres. Y con historia, creo que también dicen. Y eso que hay legislación vigente para que los pibes ejerciten la molesta costumbre de discutir pensando su propia sociedad… Algo así como ordenanzas “retóricas” para nada, vio.
Pero bueno. Seguramente prefieren que no se acerque nadie a hacer preguntas incómodas, de esas que yo me hago al mediodía, para abonar por segunda vez la conciencia crítica. ¡El cerebro y el alma, bah! Ya paso a contarle…
– ¿Por qué las preguntas incómodas justo en el horario del almuerzo?
– Es que es el momento ideal en que madura el hartazgo de las cosméticas preguntas retóricas del desayuno… Este del mediodía es el abono más fuerte, nutritivo diría, de los tres que aplico diariamente.
– ¿Cuál es la pregunta más incómoda que recuerda?…
– Ah, sí. En realidad, una vez me imaginé siendo un profesor (pensar que soy algo que no soy es un artilugio que utilizo a veces al mediodía, para que mis preguntas perturbadoras no me peguen tan de frente, vio).
Me figuraba enseñando Ajedrez (uno de los abonos más antiguos que hay) y diciendo algo así como: “el tiempo en ajedrez es como los turnos en el dentista…: pretende ser aprovechado, pero casi siempre se pierde”. Entonces, imaginé que una niña inquieta y ruidosa (cada profesora o profesor tiene una o uno entre sus alumnos) me acribillaba con ¡7 preguntas o comentarios seguidos!, pisando mis sucesivas y tartamudeadas respuestas: “¡pero Profe!… ¿tiempo y turno son lo mismo en el tablero y en la sala de espera del dentista?” …; “¿A Ud. le tocó alguna vez esperar mucho en el dentista o el oculista, Profe?” …; “Yo nunca vi un juego de ajedrez en mi dentista” … “Si yo le capturo un peón, Profe: ¿estoy ganando un tiempo?” …; “¿Y si le como un Alfil?” …; “¡Profe!, ¡Profe!… ¿Tiempo es igual que iniciativa?” …
La séptima pregunta incómoda que supuse esa vez, no la recuerdo… Aún estoy aturdido porque la niña me obligó a relacionar varias cosas distintas solo porque a mí se me ocurrió utilizar una analogía disparatada. Sí recuerdo nítidamente haber visto en mi aula inexistente a los demás alumnos mirándome incisivamente: supongo que adivinaban en mi cara que en cualquier momento me quedaría sin respuestas.
-Veo que le gusta mucho hablar y divagar, Sr. Zincultto… Ja, ja. Igual que a esa alumna preguntona.
-A todos nos gusta hablar, creo. Aun cuando estamos provechosamente solos y callados, no dejamos de hablar. Con nosotros mismos, claro; por aquella molesta tendencia que tenemos de dudar… O sea, de preguntarnos. Que es lo mismo que abonarnos, para ser gente cultivada, vio.
– ¿No es obsesivo eso?…
– No. ¿Por qué?… Solo hay que usar el abono sin excesos y sin pesticidas artificiales. De lo contrario, en vez de cultivarnos, terminaremos descerebrándonos.
– Bueno Zincultto… ¿Qué le parece si dejamos aquí la entrevista?, pues se hizo un poco larga. La próxima me explica el tercer abono diario. Que imagino es para la cena ¿no?…
-Sí, para la sobremesa de la cena… Para alivianar la digestión, vio. Pero es fácil, no le robaré mucho tiempo. Se trata solamente de preguntas tontas… Es solo para no desentenderme de las preguntas que más hacemos todos. Aunque no siempre son un mal tropezón para la risa; cuanto menos cultos o cultivados somos, esas son las que sirven un tiempito para empezar a aprender. El problema es quedarnos con estas preguntas toda la vida…
-Muchas gracias, Sr. Zincultto.
-Por nada. Un placer, menos mal, ¿no?…
– ¡Epa! ¿Por qué menos mal?…
– No se preocupe. Se me coló una pregunta tonta que no debería estar a esta hora del desayuno.