
Por Osvaldo Mazal. Posadas. Escritor, docente, ingeniero
No sé cómo denominar este escrito, que no es más que un simple comentario a unos apuntes publicados en Neaconatus, supongo que escritos por mi amigo el escritor Alberto Szeretter (creador con Carlos Piégari de Neaconatus), y titulados “Apuntes sobre un texto de E. Blaustein que compartió Osvaldo Mazal”. Apuntes a su vez motivados por un texto publicado por el periodista Eduardo Blaustein el 29 de noviembre en Facebook, acerca de la batalla cultural y ciertas oposiciones políticas y periodismos tóxicos, y que yo compartí en mi Facebook, identificándome con la amargura y el escepticismo desplegados por Blaustein. Así que este llamémoslo comentario sería nada más que una especie de puesta en acto de la famosa semiosis infinita, imaginada por el gran Peirce: un escrito que probablemente configurará un eslabón más de esa cadena de interpretaciones que jamás (ojalá) se agota.
Vayamos por partes, no para descuartizar a nadie sino como mero contexto. Primero Blaustein, quien en su texto publicado en Facebook confiesa –para eso Facebook es ideal: por momentos parece un lugar íntimo, un confesionario a salvo de lo vertiginoso de otras redes, desde Instagram o Twitter hasta Tik Tok-, confiesa Blaustein, decía, que después de la victoria electoral de Milei se replegó hacia adentro, “…bien lejos de la realidad súper estructural y la lectura de medios”, y en una actitud muy crítica en relación con cierto periodismo político “…convertido en periodismo del centímetro cuadrado, de la interna que no le cambia la vida a nadie”, y lleno de otros vicios. Un periodismo que es parte de un sistema que “deja afuera a la sociedad”. Y esa visión crítica de Blaustein apunta también a la clase política, en especial la oposición, y más especialmente al peronismo, al que percibe sumergido en una endogamia cuya enfervorizada praxis, cree Blaustein y yo también, en el contexto de una batalla cultural planteada hoy por el mileísmo (pero ya antes, desde otra vereda, por el kirchnerismo), implica “…dar la batalla cultural con el orto orientado hacia el simún”.
En cuanto a los apuntes aparecidos en Neaconatus a raíz de los dichos de Blaustein, reivindican la tradición del periodismo literario alemán del siglo XIX y comienzos del XX, y su despliegue de “…publicaciones subjetivas, cosmopolitas y críticas”, hechas por grandes “escritores que hacían periodismo y periodistas con excelentes dotes literarias”, y que contribuían a construir buena parte de las personalidades y creencias sociales. Claro que luego llegó Goebbels y la “infame propaganda” nazi, que entre otros llevó a la exasperación ese principio del “miente, miente, que algo quedará”. Y la “goebbelización” no se detuvo.
Pero al margen de los aparatos totalitarios de manejo de la información y desinformación, propios del siglo XX, y que alcanzaron cumbres en el nazismo, el fascismo, el estalinismo, el maoísmo y otras delicatessen represivas de la historia, en nuestras democracias desde siempre muchos medios periodísticos han sido (Neaconatus dixit) “operadores de los poderes de turno”, ya sea del poder estatal mediante pautas publicitarias o negocios, o del gran capital, de diversas y siempre efectivas maneras. Todas ellas “efectividades conducentes”, como llamaba Hipólito Irigoyen a las estrategias u operaciones con grandes resultados prácticos. Siempre me gusta recordar la precisa frase que el gran T.S Eliot pronunció hace más o menos un siglo, acerca de la relación entre el periodismo y sus auspiciantes: “el periodismo es el arte de escribir al dorso de los avisos comerciales”.
Antes mencioné que en los apuntes de Neaconatus se construye una apasionada reivindicación de cierta tradición del periodismo literario alemán, extinguida hace un siglo, a fines de la entreguerra, con grandes escritores/periodistas, nietos de la Ilustración e hijos del romanticismo, que eran talentosos cronistas de su época, y que solían mixturar calidad literaria con lúcidas observaciones sociales y hasta ardor revolucionario. Esa masa de inteligencia intelectual y social aplicada al periodismo es siempre necesaria para la salud social, y permite respirar algo de oxígeno en ambientes comunicacionales cada vez más complejos y enrarecidos. Pero ahora, en las primeras décadas de este nuevo milenio, al periodismo crítico cada vez le cuesta más funcionar como un espacio potente para la vida democrática.
Es que ya hace tiempo que, como afirma certeramente Szeretter en sus apuntes, ese periodismo ha sido desplazado a un rincón, en buena parte por periodistas vedettes que trabajan “el escándalo, lo obsceno, lo soez”, y lo grosero: verdaderas “hordas de asesinos seriales” que presentan una realidad a sabiendas distorsionada, falseada, torsionada mediante “el desborde histriónico, bufo, la sobreactuación…” Y, acoto, en el contexto protobélico de la batalla cultural.
Vale la pena recordar que ya en el año 1967 (¡hace casi 60 años!) Guy Debord publicó su obra “La sociedad del espectáculo”. En ella, a partir de conceptos marxistas como el de la fetichización de la mercancía, sostenía que la representación de la vida en la sociedad capitalista reemplaza la experiencia real, lo vivido directamente, empobreciendo esa vida real y entorpeciendo el pensamiento crítico. Ese espectáculo social para Debord consistía en la mediación de las imágenes, que en la sociedad actual suplantan la vida real por sus representaciones. Representaciones que no son una mera ilusión, sino más bien una potente aparición: aparición de imágenes que conforman la realidad y median entre las personas como una nueva relación social.
Las hipótesis de Debord son además anteriores a la aparición de internet, de las redes con sus algoritmos, de los teléfonos celulares, la inteligencia artificial y otras tecnologías. Hoy la incidencia de esas tecnologías en nuestra vida cotidiana se ha multiplicado en mil dimensiones; por ejemplo, en la compulsión de compartir imágenes de todo lo vivido, desde un paisaje hasta una reunión o una comida, hasta antes de vivirlo: ponerlo en imágenes pasa a ser previo –y esencial- a la experiencia. O la manipulación de cualquier imagen, con técnicas a mano para cualquier niño o adolescente que edita fotos o videos en Tik Tok; o las imágenes generadas o editadas por inteligencia artificial, en las que la diferencia entre lo verdadero y lo falso se nos escurre como agua entre los dedos.
Convengamos que la “batalla cultural” (el título del posteo que hizo Blaustein en Facebook y que yo compartí generando apuntes y comentarios) es un espectáculo en los términos que lo planteó Debord. Y en este mundo de fragilidad de lo real, o de la experiencia de lo real, en el que vivimos sumergidos, se suma la aparición de tecnologías asociadas a las redes, cuya lógica agonística empuja al periodismo crítico, con mucha más fuerza que el periodismo de esos monigotes que bien describe Neaconatus como de “asesinos seriales”, a ese rincón donde ahora ya pareciera al borde de ser noqueado.
Giuliano da Empoli, politólogo autor de “El mago del kremlin”, “Los ingenieros del caos” y “La hora de los depredadores”, releva en esas obras relaciones actuales entre la política y los algoritmos que gobiernan las redes y plataformas. Recuerda cómo a veces las sociedades deciden ir hacia lo desconocido, tal como sucedió en la Europa de los años 20 y 30 (y en la Argentina hace dos años), con la aparición del fascismo y el nazismo, y la decadencia en Alemania de la república democrática de Weimar, que coincidió con la extinción de ese excepcional periodismo que recordaban los apuntes de Szeretter en Neaconatus. Y el enojo, la ira, que en general era gestionada políticamente por la izquierda, hoy lo es por la derecha populista. Con un nuevo ingrediente: el algoritmo. La ira como sentimiento político primario, cuasi adolescente, de aquel que se siente impotente por no tener control sobre su propio destino, ya sea frente a la globalización, las nuevas tecnologías, las transformaciones económicas y culturales, o diversas reivindicaciones de minorías o de género. Y las redes que funcionan con una lógica de extremos, multiplicando mensajes violentos que no apuntan al sentido común o a generar consensos, sino a alimentar el enojo y a construir enemigos. Ya no se pide aplomo o experiencia o sensatez a los nuevos líderes, sino el espectáculo, lo loco, lo pasional, ir al choque. Y el eje del debate público ya no pasa por el periodismo reflexivo, sino por el espectacular o, más todavía, por las redes, que funcionan con esa lógica implacable de agresión –indignación – nueva agresión. Ira más algoritmo, entonces, en la nueva política (desde Trump o Bolsonaro hasta Orban o Milei).
Porque es el algoritmo ese fantasma que recorre el mundo, permitiendo entre otras cosas hacer campañas políticas, y comunicativas en general, infinitamente segmentadas y con mensajes incluso contradictorios dirigidos a sectores diversos, “bancos de ira” cada vez más disponibles para ser excitados. A partir de nuestros datos personales, que brindamos sin saber a las grandes plataformas, mediante la minería de datos realizada con IA y algoritmos se construyen mensajes cuasi personalizados, que inundan la sociedad generando un caos, que es al menos parcialmente gestionado y dirigido por esas grandes plataformas. En ese mundo polarizado, enfervorizado y saturado de reacciones cada vez más primarias, la imagen de un periodismo crítico y reflexivo como opción a las redes omniabarcativas y todopoderosas, se nos aparece como la lucha de David contra Goliat. Pero un David sin honda.