
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico
En agosto de 1969 en el semanario Marcha (Montevideo) Óscar Collazos publicó “La encrucijada del lenguaje”. En diciembre de ese año, Julio Cortázar le respondió con otro artículo “Literatura en la revolución y revolución en la literatura: algunos malentendidos a liquidar”. Collazos contestó con una carta abierta en enero del ´70. Y también intervino en la polémica Vargas Llosa con un escrito “Luzbel, Europa y otras conspiraciones”.
¿Cuál era el tema? El compromiso del escritor con la realidad ¿Debía o no ser consecuente con el contexto sociocultural y político? ¿Debía implicarse, obra incluida, en los pujos de la realidad? Recordemos que, como telón de fondo, existía una efervescencia social, política y cultural, en toda Latinoamérica; a la que siguió -ya tenemos el diario del lunes- una brutal represión popular, golpes de Estado y genocidio.
Volviendo a esos años, Cortázar rompió el círculo vicioso de una discusión interminable, ensanchando el concepto de realidad: además de lo que vemos y tocamos, hay mitos, imaginación, creencias, deseos, un pasado. El problema surge, decía don Julio, cuando todas estas cosas son cuestionadas en nombre de un deber, que nadie niega, pero que no agota el campo legítimo y necesario de una literatura que merezca ese nombre.
El otro punto de la polémica fue la crítica de Collazos a ese Homo ludens escritor, que experimentaba y trataba de seguir a la vanguardia europea con efectos, que para él, no eran nada más que complejos de inferioridad, y una actitud escapista dispuesta a autocelebrarse con sus artificios. Ve las innovaciones como algo snob. Escribir libre, decía, no es escribir mal ex profeso.
Vargas Llosa intervino con palabras despectivas, (al revés del tono cortaziano que era afectuoso, ensayístico, respetuoso) diciendo que hay una dimensión no-consciente en el proceso creativo, y que allí reside la fortaleza literaria. Si es así ¿qué sentido tiene que el escritor sea fiel a “una causa” externa, objetiva.
Aquellas discusiones fueron reunidas y publicadas por Editorial Siglo XXI.
En esos años, Óscar Collazos (Colombia 1942-2015. Sufrió de ELA, la enfermedad de Piglia y Fontanarrosa) tenía 26 años, era Director del Centro de Investigación Literaria de Casa de las Américas, de La Habana, y posiblemente este cargo colaboró a que su artículo tuviera amplia repercusión. La polémica lo hizo amigo de Cortázar (no así de Vargas Llosa). Se reunieron muchas veces, la última, a fines del ´83 en casa del editor Mario Muchnik, en Barcelona, unos meses antes del viaje a Argentina, (recordarán que el flamante presidente Alfonsín no lo recibió, en ese verano del ´84) y su posterior fallecimiento en Europa.
Aquello ya es historia. Los “contrincantes” de esos años fueron cambiando de posición en algunos aspectos. En el ambiente literario, que se sepa, ya no se discute nada ahora, sesenta años después, ni siquiera las conquistas formales y los aportes que le siguieron, que refrescaron las Letras, muchas de las cuales, también hay que decirlo, fueron absorbidas por la mercadotecnia editorial, y se comercializaron, ayudados por un empobrecimiento, o ausencia, del intercambio de posiciones de los autores, y la desaparición de la crítica, como género literario, si se me permite la expresión.