
y descendimos tras el rastro por el desfiladero, las rocas negras cortadas a pico a nuestras espaldas, los ecos del
retumbo martillaban las montañas gigantes que dejó a medio hacer el dios sin ombligo cuando fue llamado por su madre la diosa jakaira para comer en desconsuelo pues eran sonidos que habían sucedido no cuando cae el árbol derribado por la tormenta o calcinado por el rayo que giran naturales sino el mellado producido por el filo del hacha en la corteza y el jugo gomoso que brota, más las virutas en repiques de boca pez en pulpa anillada al cerne de los árboles, nosotros los mbyá escapando entre los vegetales bocados a punto de caerse y atronar y el cielo inclinado haciendo ángulo con la tierra para que en ese rincón alariden los troncos, y en cascabeles los ramajes y se propaguen en letanías de rosarios de esos mismos anillos que marcan un tiempo ancestral idéntico al nuestro como volutas al éter sin salidas montando a espaldas miles ensordecidos retumbos, ahora por sierras motoras como tambores de una precisión de galera romana surcando la mar selvática devastada en estelas las savias de espumas y burbujas diluirse en la seca hojarasca y
al fin hallado el brillante hilo segregado por el bichito en la humazón dulzona de los rozados, iluminados por resplandores en fuegos fatuos, nuestros pies ahumados tras el animalito en las tinieblas, marchando con el humo tragado por grietas de la cáscara de la tierra invaginadas en doblez, alimentando el meollo de volcanes lejanos expandidos en lavas en búsqueda prepotente de frías peñas donde deslizar el magma, y nosotros los mbyá mixturados a las quemas y bochornos del viento y al sordo látigo de los derrumbes caminando bajo el soleado firmamento de un solo trazo compacto en pastel naranja adornado en lunas de selenita lechosa como oropeles en los bordes del grandioso bastidor hasta
hasta que la milimétrica progresión del escarabajo se detuvo de golpe y nosotros los mbyá en redondel mirándonos, primero la tigra a lunares sus ojos en amarillo súbito sentada en el arenal asperjándose de cenizas los colmillos en antesala de galactitas, luego el colibrí batiendo la canícula sobre el corazoncito colgado fuera del pecho, mirándonos en espera el jabalí a estertores de cavernas profundas y las cenicientas mariposas tatuadas con el número del infinito, en derredor mirándonos más el monito imitando en cabriolas arabescos barrocos y
nosotros los mbyá sentados en la sílice en sedimento, mirando al augur de los tiempos venideros, sin miramientos el escarabajo con su sabia dirección en la inconmensurable planicie en equilibrio con el eje ecuatorial, nosotros en torno, al paralizarse en una pausa inmemorial el fino sedal que destilaba en su derrotero porque
en un silencio de génesis izó el escarabajo en oblicuo al plano arenal pero al unísono las patas para dejarlas en inercia y levitando tumbó en voltereta toda la sustancia de su liviano gramaje en caída, y un retumbito feroz estalló desde el soterrado ahogado desierto respondiendo a la vibración condensada del minúsculo cuerpo entonces
tuvimos la certeza de salvarnos pues en espumarajos la tigra lanzaba el hoyo hacia las fauces el húmedo ahondado, en hocicadas del cerdo cavando en el diapasón del retumbito, el colibrí estrujando la miel del corazón sobre nuestros labios y el mico borrando el alfabeto de las quemazones a coletazos prensiles en el pastel naranja ya que
una bocanada de rumor y aire salino nos abatió desde el socavón y
fueron carozos de aguacates y mangos, granos de maíz, vainas de cañafístolas y brotes de mandiocas los avíos que cargamos más los antepasados tribales en cántaros de osarios y la lumbre del fuego clavada en cada hombro y el timbó ahuecado en canoa nosotros los mbyá
abigarrados cada onda una deidad en suspiro del agua virginal al deslizarnos, también las mariposas en crisálidas fosforescentes acunando al escarabajo ovillándose en su fino cordel mientras
nuestras pupilas se ensanchaban hacia la gran pupila de luz del túnel y la melodía divina penetraba
era la voz de jakaira llamándonos
En “Cuentos Animalarios”, Ed. Misioneras, Posadas, mayo/2011.