
Por Walter Tresols. Misiones. Escritor.
El ruido
Me gusta el sonido del monte en las madrugadas. Ver amanecer la casa en esa paleta infinita que funde del negro al verde. Hay una sensación, un momento imposible de poner en palabras, un instante que bien podría resultar imperceptible, en el que la luz se vuelve insoportable.
No sucede siempre, pero hoy ocurrió. A la hora en la que transcurren los pequeños rituales de comienzo del día, de pronto, aparece.
Hay algo del orden de la llamada del vacío que se juega en ese trance. La conjunción entre los sonidos del monte, el desplazamiento lento de la oscuridad, lo cotidiano disolviéndose en lo extraordinario, produce a la vez ese algo que resulta insoportable, mezclado con sensaciones que atrapan de una forma casi hipnótica.
Sé que no tiene sentido intentar ponerlo en palabras. Cómo describir con los pocos elementos que nos proporciona la escritura, algo que dura sólo un instante y nos compromete todas las posibilidades de percepción, todo lo que somos en ese momento.
Tal vez hoy, el impulso de escribirlo vino por el lado de identificar en el fondo de los sonidos del monte, un ruido que, sin ser ajeno al paisaje, desgarró el momento. Lo que sonaba de fondo era una motosierra.
La conciencia de ese sonido precipitó el aura de ensoñación. De ahí a que las neuronas tomen el mando y corten de un solo machetazo el instante y me lleven a El ruido y la furia[1], no hubo solución de continuidad.
En algunas traducciones, el título aparece como el sonido y la furia, seguramente por apego a la literalidad. El título original es The Sound and the Fury.
El ruido apareció cuando alguien con buen tino (y cierto desapego mínimo a la literalidad) observó que el bueno de don Willy, en el título hacía referencia a un monólogo de Macbeth donde uno de los personajes define la vida como un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y furia.
El idiota
El significado actual de la palabra idiota nos llega desde el medioevo. Se aplicaba a los sacerdotes que no sabían leer las escrituras, es decir se relacionaba con la ignorancia y supongo que, por extensión, habrá llegado a significar aquello que todos imaginamos cuando se usa en la actualidad despectivamente. Pero el origen de la palabra es griego y no se refería específicamente a alguna deficiencia o retraso, sino a una carencia. Se nombraba idiotas a aquellos que no participaban de la cosa pública. Es decir, que se ocupaban solamente de sus asuntos privados.
La furia
Mientras el mate se termina, al amanecer fresco le empieza a suceder una mañana agobiante, casi insoportable diría si no temiera sobreadjetivar y encima repetir adjetivos. Mientras todo eso sucede y desde el fondo del monte la motosierra sigue sonando como un presagio del silencio que antecederá a la furia, mi cabeza se queda enredada alrededor del idiota, de la palabra idiota, de sus posibles significados y qué hacer con ellos.
Y con nosotros.
***
vimos amanecer esta casa juntos
Me gusta el sonido de la motosierra por la mañana. El rugido sordo de las hojas en el momento de ser arrasadas. No callan. No piden clemencia. No rezan. Gritan la inminencia del árbol caído.
Anoche volví a soñar con serpientes atoradas por tréboles de cuatro hojas. Un mar de serpientes que digiere palomas envenenadas, mientras se reproduce y baila.
El monte es un laberinto. Mis oídos hablan de aquello que mi lengua no ignora, pero calla. Elige cantar.
Cuando todo se incendia, no deberíamos acostumbrarnos a la música de las llamas.
**
vimos amanecer esta casa juntos
los primeros rayos iluminaron cada rincón
hasta que la luz
nos resultó insoportable
vos cambiaste los muebles de lugar
yo busqué en la palabra otro el nombre de un país
que se deshace
ninguno de los dos conseguimos borrar
las huellas de los muertos
como si aquello que arde fuera un lugar
[1] William Faulkner – 1929