
Por Evelin Rucker. Posadas, Misiones. Escritora y docente

Luego de leer el artículo (primer capítulo de la serie de tres entregas) sobre el poder de las palabras de Alicia Marina Rossi en este NEACONATUS, de saborearlo prestándole mucha atención sin sentirme excluida y de rememorar charlas con una amiga, comunicadora social trans que hoy se siente incluida en los decires del idioma, desempolvé un texto redactado hace algún tiempo.
Con el respeto que nos merecemos “todas, todos y todes” (por una cuestión generacional no hablo así, pero creo que el tema lo amerita) para quienes pensamos y nos expresamos libremente, va este granito de arena al mar de confusiones.
La palabra da forma a lo que pensamos, es la representación de las ideas; por lo tanto, hay subjetividad en el hablar. ¿Eso significa que cada uno se expresa como quiere (o cómo puede)? Sí, claro, pero corremos el riesgo de no entendernos. Para organizar el lenguaje tenemos normas, leyes que ayudan a que la comunicación se produzca, más allá de que la lengua es independiente y avanza antecediendo a cualquier institución que la organice. A esto, la Real Academia Española, la Academia Argentina de Letras y todas las instituciones responsables del estudio y asesoramiento de nuestro idioma, lo tienen muy claro: recogen y definen palabras por el uso, que se debe dar en el tiempo y por un grupo importante de usuarios. Tal es el caso de “dentrífico” y “almóndiga”, aceptados por la RAE. No estamos obligados a usarlos; yo no lo haría ni siquiera apuntada por un ejército de sustantivos envenenados.
Dentro del lenguaje, la gramática construye sentido; y como diría Nietzsche, somos esclavos de ella que como accionar humano, no es infalible. Podemos pulirla, mejorarla, cambiarla ya que, decíamos antes, el lenguaje es el reflejo de la sociedad que lo usa. “Todes les niñes” molesta a los oídos sensibles. Quienes critican al lenguaje inclusivo y festejan que la RAE no lo acepte aún, ¿se expresan respetando sus normas? En 1996, Paulo Freire ya repudiaba el lenguaje machista y hace más de veinte años la UNESCO sugirió que se hablara de niños y niñas en lugar del genérico – os.
Desde un análisis psico-sociológico se da cuenta de la masculinización de los plurales como un reflejo de la sociedad machista que legitima la posición de poder del varón sobre la mujer. En el VIII Congreso de la Lengua Española (en el que la escritora Claudia Piñeiro propuso que se llamara, para el próximo encuentro, Congreso de la Lengua Hispanoamericana) realizado en 2019 en Córdoba, Argentina, no aparecía en la agenda oficial el lenguaje inclusivo, pero se coló en cada ponencia y en cada charla realizada con defensa de la mayoría de los escritores y lingüistas.
El movimiento social feminista trae como consecuencia un cambio inevitable en nuestras costumbres y por ende también en el habla. El género masculino en los plurales es un reflejo de la sociedad patriarcal que ha dominado a la mayoría de los idiomas existentes.
Acá podríamos debatir un rato largo sobre la influencia del lenguaje en la sociedad, y de la sociedad en el lenguaje; sobre cánones y paradigmas culturales y sobre el poder de la palabra; tanto para hablar y seguir avanzando. Los cambios, en general, perturban. Y eso está bueno. Nos ayudan a pensar. A repensar. Tal vez, sólo tal vez, sugiero que analicemos por qué nos molesta tanto el “les”.
Imagen: Georgina Kruk. Boceto muestra Encantamientos.
Me cuesta y mucho esto de hablas con “les”. Sin embargo las diferencias de géneros y que son más de dos es casi natural.Creo que es el oído influyente el que termina dominando en el lenguaje.