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Escribo, ¿y después?

    Por NEACONATUS

    En Neaconatus, Evelin Rucker publicó hace unos días, un artículo “Publico, ¿y después?”, muy interesante, porque -justamente- da para pensar y dispara ideas para, incluso, polemizar, sobre el tema. Lamentablemente nuestra provincia tiene autores muy pasivos y salvo excepciones no cuestionan nada, por lo que vemos no hacen público (aquí la palabra es esdrújula) su posición. Estamos cruzando un umbral decisivo en la historia no solo de la literatura, sino la propia historia, de la provincia, del país y del mundo, y no se observan opiniones, críticas, especulaciones teóricas, etcétera. Pero vayamos a nuestro artículo para iniciar el diálogo. Bienvenidos/as al tren quienes se sumen.

    Dicen que un escrito literario o que se dirige ahí, es aquel que despierta otros escritos. Al revés de un texto administrativo que concluye en la comunicación, o de un papel jurídico, que solo está dentro de un sistema cerrado de consecuencias, lo que reside en el ámbito literario o que merodea en su vecindad, porque le atañe, da rebote, como se afirma en el mundo periodístico. Queremos afirmar, da para hacer otro escrito.

    Publico en su forma grave, es doblemente grave (ya vamos a ver). Esa palabra es utilizada por la escritora como un verbo, no como un sustantivo o adjetivo, sino llevaría tilde en la “u”. Pero dejemos la ortografía de la cual ella es una experta. Vayamos al otro aspecto que hace “grave” al término.

    Cuando una obra se publica pasa de la categoría secreta de los cajones, carpetas y cuadernos y archivos de la computadora, al ámbito social. En cierta manera, esa obra, deja de pertenecernos. Se socializa. Esa transformación es parte (probablemente) de su destino: que sea comunicada. Pero en el momento de la metamorfosis, un poco antes, en realidad, cabría una pregunta: “escribo, ¿y después?”. Porque no todo puede o debe ser publicado. Hay que ser respetuoso de la gente lectora. Tener un poco de pudor. Sosegar ese arranque o frenesí por sacar un nuevo libro. Recordar que al publicarlo queda “congelada” la obra. ¡Cuántos autores estuvieron arrepentidos de tal o cual libro!

    La pulsión por crear vence toda barrera para poder decir algo que valga la pena. La impaciencia se impone a toda lógica inventiva. No asumimos ninguna evaluación sobre la calidad de lo creado. Escribimos para eludir la soledad, necesitamos que otro/a tenga en sus manos nuestro libro, demandamos atención, afecto. El silencio nos aterra, nuestro libro somos nosotros/as, y la lectura correspondida, esa caricia social cada vez más ausente.   

    Grandes escritores (no nosotros) ya han dicho, que nuestro trabajo (escribir) tiene que guardarse de la incontinencia que nos impulsa a publicarlo, así, rápidamente. Algunos han afirmado que lo producido en la intimidad de los escritorios tendría que atesorarse años. ¡Años! Si después de mucho tiempo aún nos sigue gustando esa poesía, ese cuento, esa novela o teatro, etcétera, recién entonces, podríamos buscar el modo de compartirlo. Sin embargo, ¿tendríamos la valentía de suspender el tiempo? Podría compararse a un romance diferido, nuestro libro y su lector/a son amantes urgentes. El autor/a desea cruzarse con ese sujeto del deseo que duerme en la habitación de al lado.  

    ¿Seríamos capaces, como dice Piglia, de “reescribir viejas historias tratando de que sigan iguales a lo que fueron”? Y agrega “es una benévola utopía literaria, más benévola en todo caso que la esperanza de inventar siempre algo nuevo.” He aquí el dilema, ¿por qué nos afanamos por escribir peripecias redundantes? Insistimos con la conexión amorosa. A veces un libro es como ese “te quiero” dicho hasta el hartazgo, no hace falta, ya es un significante vacío. Pero, ella o él ¿serían capaces de reemplazar ese lugar común emotivo?

    Además, existe otro punto a considerar. Una cosa es la literatura y otra (muy distinta) la comercialización del libro (su producto). Una vez que ingresa a la imprenta, o al sistema de redes, etcétera, para ser difundida y/o vendida la obra se vuelve objeto. Ingresa al famoso mercado, es decir necesita publicidad, distribución, puestos de venta, intermediarios y una larga cadena de gente que está “al lado” de la literatura, o sea es paraliteraria, por ejemplo, los agentes de los escritores (por favor incluyan en esta palabra a todos los géneros habidos y por haber, sin que tengamos que estar aclarando nada). Vaya denominación: “agentes de escritores”, suena como “guardianes de literatos”. Recientemente en la ciudad de Posadas, se instaló Marcelo Benczarski, quien ofrece sus servicios para “colocar a Posadas y a Misiones en el circuito literario argentino y latinoamericano”. Que prospere su emprendimiento, nuestros mejores deseos. Nos permitimos observar que antes de proyectarnos allende nuestras fronteras provinciales, logremos promover la venta de autores del NEA al menos en Misiones, nos conformaríamos con Posadas, Oberá, Eldorado y poco más.  

    Los autores de poesía o de ficción, o de ensayos, etc. están de “este lado de la raya”. No saben, no conocen (o muy poco, además no tienen tiempo) el mundo del otro lado de la raya, digamos un poco irónicamente, la farandulización del libro. Solo saben que son explotados por el sistema. A propósito de esto andaba circulando en fb, hace unos días, un videíto donde Borges (¡Borges!) se quejaba de que la editorial se quedaba con tanto, la imprenta con otro tanto, la librería con un gran porcentaje y a él le daban migajas.

    Para colmo de males, hay que decir también que vivimos una época nefasta para todo lo que sea movimiento cultural. Quizás entonces valdría también la pregunta “Publico, ¿para qué?”. Pero esta crisis que parece terminal, ya la hemos vivido, y muy a pesar de los fascistas seguiremos escribiendo. Escribiendo. No decimos, publicando. Y nos jugamos desde una editorial modesta, alejada de los centros de Poder, como es nuestro espacio NEACONATUS ediciones. Un proyecto literario que, con el aporte de la Editorial Universitaria de Misiones (Edunam), logramos difundir nuestras publicaciones. Porque a nosotros nos importa la literatura y no lucrar con ella. Y publicar obras de calidad superlativa, si se puede, lo mejor. O sea, no el “otro aspecto”, sino lo que está de este lado, lo que es literario. Si algo deseamos es tener resto para dar a conocer autores nuevos, que refresquen el aire pesado de la modorra provincial.

    Pero volvamos al principio, “Escribo, ¿y después?” apunta a una pregunta que los escritores tendrían que hacerse. Es una opinión, nada más, cada uno hace lo que puede o quiere. Proponemos una visión crítica, la sedimentación de obras que se realiza con el tiempo, la ¿autocensura?, si quieren entender en el buen sentido a la palabreja. Y no salir empujados por el ánimo de haber logrado unos versos o una trama que (en el momento) nos entusiasma por el arrebato de la concreción y que creemos gustará a los amigos. A los cuales terminaremos regalando nuestra obra porque, aunque duela, a la hora de decidir la compra de un libro (toda una inversión) no se prioriza al autor que vive a la vuelta de la esquina en mi barrio.

    Como diría Andrés Calamaro, “suena mal y no importa la razón / No se puede vivir del amor…”

     

     

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