
Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Misiones. Escritor.
“Sí, matar al tirano” fue una contratapa del diario Página 12, de Osvaldo Bayer, donde relata que lo invitaron de una ciudad europea, Bad Bramstedt, para un homenaje a un hijo de esa localidad, Kurt Gustav Wilckens.
Este obrero liquidó al teniente coronel Héctor Benigno Varela, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Varela fue el que ordenó el fusilamiento de centenares de peones patagónicos en las huelgas de 1921-22, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen.
“Cuando en un país no hay justicia, el pueblo tiene el deber de llevarla a cabo” decían los anarquistas. Wilckens lo era. Usó el principio de “matar al tirano”. Quizás podríamos extender la idea a la rebelión popular violenta contra los genocidas del Proceso militar. Sucede cuando el pueblo se levanta contra los déspotas criminales. ¿Es lícito ante la crueldad y el exterminio sublevarse, como sea, contra los asesinos? ¿Puede interpretarse como legítima violencia o contraviolencia, ese levantamiento contra la opresión?
Mempo Giardinelli le contestó que él elegía el “no matarás”. Así empezó la polémica. Con prosa apasionada, intensa, flamígera, digamos, ambos escritores, que eran amigos, discutieron; incluso con lectores que opinaron a favor y en contra, hasta que el director del periódico la cortó.
El tiranicidio y la resistencia armada son legítimos, sostenía Bayer, contra las tropelías desatadas y estructurales injustas del Estado. En tanto Mempo apoyaba la ética social duradera, y que la justicia por mano propia no constituía una solución política. Ninguno convenció al otro. Bayer, desde su casa porteña nombrada “El tugurio” por su amigo Osvaldo Soriano, defendió encarnizadamente a través de sus escritos e investigaciones las luchas populares, hizo añicos a Álvaro Abós cuando este cuestionó la reacción insurgente de los ´70, y demolió a Ernesto Sábato que era impulsor de la teoría de los dos demonios.
Después de la acción de 1923, Wilckens fue detenido. En la cárcel, un pariente de Varela, disfrazado de guardia, con aprobación de las autoridades, ingresó a su celda y lo acuchilló.
Pero en la ciudad Bramstedt, Alemania, Wilckens es un héroe. Se puso una placa en la casa donde nació, y el pueblo todo aprobó ese gesto del municipio y aplaudió la intervención de Bayer, contando lo que en Argentina se silenció. Por ejemplo, los crímenes contra la peonada en el sur por parte del Estado, crímenes de lesa humanidad nunca juzgados a pesar de que no prescriben.
Giardinelli no apoyaba aquellos desmanes, por supuesto, pero la nota de Bayer le pareció temeraria. Fue durante el gobierno de Menem, y el autor chaqueño se horrorizaba al imaginar que algún fanático o provocador pudiera sentirse habilitado por la Historia para actuar de la misma manera.
Bayer y Giardinelli se encontraron varias veces, incluso en Resistencia, donde se dieron abrazos afectuosos. Con el mismo tesón con que Mempo defiende al río Paraná (y detesta lo de “hidrovía”) don Osvaldo defendía reacciones como la de Wilckens, que entendía no como una venganza, sino como fruto de una cosecha de quien sembró tiranías.
Hay un libro “Entredichos” que es una recopilación de las disputas de Bayer con varios intelectuales. Él afirmaba que la polémica es una herramienta de la razón, un modo de estar en el mundo. Que es un ejercicio que nos falta. En Misiones no existe. Es como si todos, acá, estuviéramos de acuerdo. Qué triste esta chatura. Hoy día no hay, en literatura por ejemplo, discusión, ni reflexión, sino complicidades. La crítica desapareció, hasta como género literario.
Con el respeto que ambos, y todos, nos merecemos podríamos ir más lejos y decir que la falta de análisis y debate, propicia en nuestra sociedad, dos tipos de personas (como decía un mexicano famoso): o sos cliente o sos delincuente. O sea, estás en la misma bañadera donde flotan todos con mayor o menor talento, o pertenecés a otro palo.