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Esto no fue escrito con Inteligencia Artificial

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico, Misiones. Médico y escritor

     

    Un día Prometeo robó el fuego divino y se lo dio a los seres humanos. Desde entonces queremos ser dioses, creamos cosas. Así nació la técnica, desde el garrote y el manejo del fuego, hace 400 mil años, hasta la Inteligencia Artificial (IA).

    La IA no es algo nuevo. El 23 de marzo de 2016, Microsoft diseñó una robot con IA, que al nacer ya tenía 19 años, se llamó Tay. Vivió (si puede decirse) 16 horas. Hubo que liquidarla, porque comenzó a mandar mensajes racistas, groseros y violentos. Esta robot (si podemos hablar de sexualidad en estas máquinas) tenía como antecedentes la robot Xiaoice, que era china; y Watson, un robot de IBM. Ambas máquinas también empezaron a ser agresivas y crueles, con lenguaje vulgar, y tuvieron que destruirlos.

    Pero ¿qué es la IA? es un sistema preparado, entrenado y construido para imitar ciertas características del razonamiento humano. La IA se diferencia de otros programas que uno no tiene que decir cuáles son las instrucciones para solucionar un problema, lo aprende por sí misma. Asimila la información proporcionada y construye patrones para resolver cuestiones.

    La IA busca el utilitarismo y el higienismo social y político. La verdad que nos deshumaniza porque limita la capacidad de juzgar, de imaginar, vuelve perezosa a la gente cuando esta delega la elección de opciones de búsqueda. Pero la gente la va a incorporar, o alguien usa actualmente Remington u Olivetti. Además ¡ojo! no tanta admiración por la IA, que fue un fracaso en prever la pandemia y la respuesta sanitaria de los países. Sabíamos todo al instante, pero vino un virus y desarmó en pocos días la vigilancia y la seguridad mundiales.

    Pero no escribe motu propio, y menos, literatura. No se le ocurre un poema, un cuento, nada, si alguien no le da instrucciones sobre el asunto, estilo, extensión, etc. no hace nada.
    Entonces, por qué la IA nos da tanto temor. ¿Es que no nos tenemos fe? Como preguntaba el Negro Olmedo. ¿Subestimamos nuestra propia inteligencia natural? En todo caso abre viejos interrogantes interesantes: ¿qué es crear? ¿qué es arte? ¿para quién es el copyright?

    Octavio Paz decía que conversar es humano. Pero la ChatGPT conversa ¿entonces?
    Además, las máquinas pueden escribir, aún bajo el mandato humano: ya hay en las librerías ejemplares creados por la IA, como una oferta más. Sin embargo, todavía no poseen la creatividad ni la complejidad del cerebro del escritor. No tienen el fuego de Prometeo.

    Hay que entender que una cosa es la asistencia en la exploración de asuntos, y -digamos- en el papel de secretariado, y otra la substitución del rol de artista. Entender también que las tecnologías ayudan a aumentarnos, pueden extendernos, ampliarnos, agrandar nuestras capacidades. Acaso el brazo no es extensión del cerebro, y la mano, la pluma o el lápiz, el teclado. La IA no es de por sí algo malo, siempre y cuando los autores y las autoras manejen la palabra, el lenguaje, sean sus dueños.

    En este tira y afloje entre la nueva tecnología y la inspiración o las obsesiones de los escritores, muchos ven bien la aparición de plataformas que se ofrecen para mejorar textos de los escritores. Hay robots que examinan párrafos enteros y los retroalimentan con otros del autor o ajenos, repasan la trama, el ritmo de la historia, los rasgos de personalidad de los personajes, el uso de clichés, el lenguaje potencialmente ofensivo, frases repetidas, datos de puntuación, el abuso de adverbios o adjetivos, el uso de la voz pasiva y los errores de ortografía. Hay que decir también que los correctores quedarán sin trabajo, posiblemente también los diagramadores, los ilustradores. Miren, la tasa de automatización (tareas de la que se ocupan las computadoras) subirá del 35% actual, al 65% en 2027. Ese año se perderán, en manos de la IA, 26 millones de empleos en el planeta.

    Los chatbots están construidos por legiones de ingenieros y técnicos (no por escritores). Son ellos los que intentan -pero no lo dicen- construir un escritor perfecto.
    Hace algún tiempo, no muy lejano, sucedía que un escritor célebre, de esos que venden millones de ejemplares, se ponía de acuerdo con una Editorial y formaban un equipo con otros escritores fantasmas, donde uno escribía de economía, otro de problemas de salud, otro de cuestiones amorosas, militares, etcétera, entre todos para un solo libro, y sobre un hilo conductor, armaban un best seller, con todos los condimentos de actualidad y con la firma del famoso, la propaganda a nivel planetario y venta a los estudios de Hollywood para hacer películas y series. Ahora todos aquellos colaboradores quedarán sin trabajo. La máquina de IA ha colonizado espacios. Incluso, actualmente ha empezado a crear contenidos, hay grandes avances, por ejemplo, en lograr voces sintéticas para audiolibros y podcasts sin los gastos de producción de estudios de grabación y con alta calidad.

    ¿Pero por qué se habla ahora, tanto, de Inteligencia Artificial? ¿Por qué está en la agenda y hay escándalo? Porque en noviembre del año pasado se lanzó masivamente la “demo” de ChatGPT, (transformador preentrenado generativo) un prototipo de chatbot de inteligencia artificial desarrollado por OpenAI que se especializa en diálogos.

    Ahora tenemos como adelanto un producto que podemos utilizar masivamente, y que en cierto modo se parece más a un humano que lo anterior, aquí está lo revolucionario. Es más, nos hace dudar si quien habla o escribe es una persona o un robot, porque se ha subrogado en la máquina cierto grado de estupidez humana que imita a la perfección a la gente de carne y hueso.

    Los financiadores de estos sistemas hicieron una carta, firmada también por otros magnates y empresarios importantes del área donde se exigen (digamos se autoexigen, son ricos y mandones, pero elegantes) una “pausa a los experimentos de IA”. Pero es mentira. Escuchen, ellos mismos dicen “una pausa de los experimentos”, no dicen “una pausa de las investigaciones”. Nosotros que ya estamos curtidos de espanto sabemos que ese “apagado” de experimentos, para que sea en serio debe implicar poner en “off” (lo decimos con su propia jerga) a todo el centro de la industria informática de Silicon Valley, cosa que no van a hacer. El “modo avión” seguramente es el tiempo que necesitan para pergeñar reglas de usufructo, que la cosa no se les vaya de las manos, y garantizar el monopolio.

    El problema de fondo, central, de la IA, y de toda tecnología, es moral. Esta innovación, por ejemplo, no tiene leyes ni reglamentaciones. ¿Qué hacemos con ella? La podemos usar para bien o para mal. Es como un cuchillo, sirve para alimentarse o para matar.

    A pesar de todas las maravillas que se prometen, la IA posee sus debilidades, por ejemplo, su alta fragmentación. Esto hace que falle en la comprensión general de cualquier problema, además carece de maña intelectual para una visión holística de la realidad. En muchos sentidos es una especie de Wikipedia más compleja o con iniciativa. El quid de los escritores es el desafío de no confundir un programa de ayuda con uno de suplencia.

    La literatura es más pregunta qué respuesta, pone apelativo a lo innombrable, hace tangible lo invisible. No habrá máquina jamás que cante al amor como una poeta, porque las cosas imposibles se dicen con poesía. No habrá robot que relate un tropiezo, una aventura, el misterio de un almohadón de pluma, como un escritor. Sin embargo, la IA va a impactar en la literatura, en su forma, en los modos de construirla o acercarla al lector.

    Pero no hay que tener miedo, porque a los escritores nos empujan los muertos, nos empujan los que ya abrieron el camino, nuestros antepasados, que, a fuerza de madrugadas, trabajaron el idioma. Ahora nosotros nos develamos desde la evocación. Toda literatura incluso la de ciencia ficción levanta su edificio desde la memoria. Y aunque los sistemas informáticos poseen infinitamente más memoria que los humanos, la memoria de los circuitos digitales, son datos, números, términos fríos que siguen un sendero prefijado. Los humanos, en cambio, y más los escritores, poseen la memoria en forma de recuerdos. Los recuerdos no son memoria lisa y llana de lo que pasó, son la memoria alterada, modificada, cambiada en tristeza o en resignación o en pasión, o en rabia; incluso formando parte de los recuerdos está el olvido, el olvido selectivo. ¿Qué haríamos si no existiera el olvido, el extravío de un ardor pretérito, de una frustración? De esas rotaciones y cicatrices, de las cuales carece la IA, nacen historias. El pasado se puede cambiar, aunque no se crea. Magia que solo la literatura puede hacer.

    A riesgo de parecer antiguo voy a decir una obviedad: es el humano analógico (el digital no existe), quien debe dar sistematización y ordenar el tema de la IA, legislando ¡YA! sobre el manejo y las implicancias de la misma, que nos ha caído de sopetón con su desorden ético y sus publicistas comerciales. Aclaro el concepto: analógico quiere decir que la información para pasar de un valor a otro, cruza por los valores intermedios, es continua, puede tomar infinitos valores. La señal digital, en cambio puede dar saltos, sin tomar valores intermedios.

    En este universo o pluriverso que se abre en mudanzas extraordinarias, no nos queda otra que escribir. Tenemos que hacerlo con tozudez e imaginar a contracorriente de los circuitos integrados, que no otra cosa hace la literatura. Escribamos febrilmente, incluso sobre estos temas y sobre cosas que ninguna máquina puede conjeturar, y sobre cosas hermosas, por ejemplo, sobre nosotros mismos que soñamos, pero no con unos y ceros, como el sistema binario, sino a través de vuelos fantásticos, de vientos escogidos, de noches espléndidas. La literatura resistirá aún en un contexto de crisis del país y del mundo, porque pone huevos en el desastre. Perdurará aun apareciendo estos engendros de IA y sus espantajos, que son lo que la usarán porque son chatos de mentes, que creen que los versos y los cuentos son para castos e ingenuos, para sostener el statu quo, la belleza anodina, el entretenimiento. La persistencia de la literatura que, insisto, no es pasatiempo, dependerá de los y las escritoras. Nadie nos ayudará, solo estamos nosotros anhelantes, deseosos, resistiendo y luchando, andando por la vida a veces perdidos, a veces acompañados. Pero, sin claudicar jamás.

    Si algo puede salvarnos es la palabra humana salida del alma y no de oscuros chips o aplicaciones manejados por terceros. Y -además le decimos a la IA- vamos a pelear, porque -queridos amigos- no son molinos de viento los que tenemos enfrente, son gigantes, son monstruos. Mientras nosotros somos seres humanos, y el humano -escribió Hemingway- no está hecho para la derrota, puede ser destruido, pero no va a ser derrotado.

    San Ignacio 2023
    Crédito fotográfico: Belén Silva

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