
Las entrañas de esta noche
lloran y gimen como las mías.
Vacías de todo y de todos.
Como mis tripas.
Soy un pedazo de carne en el suelo,
en el piso un trozo de frío, frío.
Todo lo que todos ignoran;
una frazada meada,
hueca, agujereada, rota.
Nicolás Gómez, “Intemperie”
(I)
Desde que lxs autorxs formoseñxs iniciaron las giras poéticas por bares, centros culturales, drugstores (imagino que hace un manojo de tiempo) recibí muchas señales de radio, pero una sintonía personal me mantuvo algo desprendido de aquellas pulsaciones. Aún así, llevo una lista mental de mis ausencias a casi todos los mojones poético-musicales, desde los circos literarios y la movida under noctem que lanzó Mujer del Subsuelo con Somos Putas allá por el 2015 o poco antes, y después las ferias literarias en Trambólico CultuBar; el itinerario de poesía en bicicleta entre los bares de Formosa, también por esos años, las diferentes ediciones de ENIE (Encuentro Nacional Itinerante de Escritores), entre Corrientes, Resistencia, Formosa y Areguá (Paraguay) a lo largo de los 2010s, con los lances permanentes de Fede Torres, Nico Gómez, Fernando Acosta, Víctor Zárate; los slams incontables y la Rebelión del Instante, aquella kermesse poética que cocinaron en el tablado de La Mandinga Juan Páez y el enorme Osvaldo Bossi, y en los últimos años pre y pospandémicos, la emergencia de El Fuelle como recuperación de otros espacios under que habían entrado en stand by o se habían cerrado irremediablemente. Hay muchos otros, claro, siempre es injusticia dar unos nombres y omitir el resto. Hoy escribo desde mis ausencias a esos recorridos y desde el temblor de haber pasado hace muy poco por uno de ellos, el Formohumedal que sacó de la galera Nico Gómez justo en una noche de tarde tormentosa (El Fuelle Casa Cultural, Formosa, 4/2/2022).
(II)
Todxs lxs poetas tiemblan. Estuve ahí para verlo y sentirlo. Hay algo que conmociona en el acto de abrirse las entrañas a uña pelada para mostrar al mundo cómo asoma la sangre entre la carne, escribí en Facebook. El pánico escénico parece un lugar común en lxs poetas, todxs suben (subimos) como demolidos, con una hoja, un cuaderno, una pantalla que desprende temblores, tiemblo de ansiedad, ergo creo-poetizo. Hay algo de cinismo en hacer poesía y ofrecerla de cuerpo presente, plantarse en soledad frente al micrófono y esperar la bulla de aprobación o condena (y sería difícil: el de la poesía es un colectivo remendado, todas las piezas hacen fuerza para evitar el desparramo y a la vez, todas las piezas hacen lo posible para mostrar su punto de quiebrencastre), pero el cinismo es egocéntrico, cada poeta arrastra todo con la fuerza de un flujo turbulento, lo atrae, lo despide, vuelve a buscarlo y en cada atracción opera sus mutilaciones a dentelladas. “Leo algo que escribí recién”. “Esto no está corregido”. “Si tiemblo es la ansiedad”. “Hacemos otra porque estamos remanija”.
No hay jerarquías ni etiquetas en estos espacios, ningúnx puede ascender investidx de prestigios o afrentas, ningunx está comprometido con ejercer el papel que el auditorio espera y sí con borrarse a los ojos de todxs, desdibujarse, dejarse ir por la herida, preguntarse y hacer que el mundo a su alrededor se pregunte ¿qué es esto que soy? ¿qué es esto que estoy oyendo? Leer poesía en diferido nunca será lo mismo que oírla en vivo de voz de sus autorxs, pero en vivo real, sin protocolos, sin protagonismos, sin grandilocuencia. En vivo, como decir: en sangre. En pleno desangrarse. En vivo como decir: no pongo la otra mejilla, dame el golpe como un cross en la mandíbula, noqueame de entrada.
(III)
Under como si Formosa no fuese en sí un humedal completamente under. Under/border porque en Formosa casi todo lo cultural promovido por el estado es un protocolo de abordaje de la cultura, un tentáculo de la multiforme hegemonía, porque casi todxs lxs que ingresan a ese espacio están atadxs a la maraña burocrática, vienen de ahí, pasan la semana ahí atascadxs como moscas. Pero la telaraña-estado tiene tantos ribetes que no puede comerse a todos a la vez, y mientras nos llega la muerte, temblamos y hacemos temblar.
(IV)
¿Cuál es la consigna en los ciclos de poesía, en los bares, en las penumbras? La consigna es desobedecer la consigna y obedecer a lxs compañerxs, a su sangre, a sus heridas y temblores. Después de cada ciclo que pierdo, después de ausentarme a esos llamados, a esos torbellinos, después de rehuir incesantemente a esos temblores, suelo ver que la vida continúa como si nada, con alguna que otra foto en redes sociales, pero muy pocas palabras sobre lo que sucede en cada encuentro. ¿Por qué el silencio? siempre me preguntaba por qué nadie dice nada post-autosacrificio. Esta vez comprendí. No sirve de mucho hablar de la cosa. Y sí vivirla, quebrarse en ella, desmoronarse en ella. No sanamos, no nos remendamos. No buscamos una cura. (No escribimos por una cura, escribimos porque nos sabemos irreversiblemente arrojados a un brasero). Leernos y oírnos es apenas un gesto retardatario. Demora coralmente nuestra insalvable extinción. La insalvable pérdida de la palabra. Nuestro insalvable silencio.
Agradezco a Vanessa Makuch el envión y la charla con que tracé estas líneas.
Me gustó ese temblor poético, contagioso estertor de lucha por la poesía que nos sostiene