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Increíble, pero creíble, increíble, creíble, pero… increíble

    Por Matías E. Wendt. Puerto Rico-Oberá. Escritor, profesor y estudiante de Historia y Filosofía

    Una lectura de la realidad desde dentro

    Hay una versión del infierno en la que el primer presidente libertario de la historia y Fantino entablan un diálogo infinito al que estamos obligados a atender bajo alguna técnica de terapia disciplinaria de aversión asistida, como el método Ludovico de la Naranja Mecánica. Para estos casos quizá tenga razón Pascal y conviene apostar por la existencia de Dios para procurarse la salvación u otro consuelo y evitar la tortura.

    Quizá el infierno sea distinto, más expansivo, como en el banquete de Platón, en el que los personajes caminan por la calle, tratando de proseguir con la cotidianidad de sus vidas, ninguno asistió a la entrevista, sin embargo no hay lugar en donde no se hable de ella y, como si se esparciera por el aire circundante, no pueden parar de recibir su aroma nauseabundo, de manera que no tienen a dónde huir, ni tienen a dónde esconderse, del horror, de la tersa e inmaculada, brillante y límpida, estupidez.

    Ayer, en su última entrevista, con el pseudoinformante, pseudosofista y licenciado en casi todo, de más de tres horas, el presidente, apóstol de Conan el bárbaro y del librecambio, afirmó, en un arrebato de celebración o desvarío, que “se va a derrumbar la tasa de inflación” en los próximos meses, y citó como fuente los posteos que la cuenta Jumbot (un supuesto bot de Twitter de los supermercados Jumbo) publicó en los últimos días: “Pasamos de 5,22% a -4,52%”.

    Momentos más tarde, desde la misma cuenta Jumbot (@Bot_Jumbo) aclararon que se trataba de “un experimento social”: “Esta cuenta nunca analizó precios, ni existió ningún bot que siguiera los productos de Jumbo. Pero sí sirvió para una cosa: ver la necesidad que tienen muchos en mostrar resultados que la realidad les niega. Este bot se autodestruirá en 3, 2, 1…”, publicaron, en alusión a los dichos del Presidente y del ministro de Economía, Luis Caputo, que también había citado al falso bot como referencia, a la hora de hablar de un supuesto descenso en el índice de precios de los últimos días: “El Jumbo Bot está dando deflación, un menos 5% para la primera semana de abril”, le dijo convencido, el apóstol de Pituca (aquel timbero fogoso y feroz que se la cree y nunca muestra todo el mazo) al apóstol del apostolado monetario y recalcitrante, Jonatan Viale, para una entrevista en TN.

    Es posible que, como sugiere otro usuario de Twitter, Javi Schurman (@JaviSchur), lo del bot de Jumbo confirme dos cosas: “1) a nadie le interesan la verdad, la información, los datos, sino encontrar datos –aunque sean falsos – que confirmen el pensamiento individual; 2) como ocurre 1, no va a pasar nada con esto porque hallarán otros datos falsos.”

    Esto vuelve a poner de manifiesto la cuestión de que resulta indiferente si dicen la verdad o mienten: ya no cabe la distinción entre verdad y mentira porque todo acaba siendo opinable. Como resultado tenemos, no sólo la banalización de una realidad atomizada, acorde a la experiencia de encierro de cada cuál en su propio, personalizado y confortable algoritmo, del que bajo ninguna circunstancia desea salir, porque le brinda – o le blinda – un elixir exclusivo, indispensable y excepcional, la cómoda autoconfimación de sí mismo, la trascendencia de un ego, pobre, pero firme.

    Así, cancelados la escucha y el diálogo, espacio vital para cualquier intercambio racional, se ponen en duda las virtudes de la democracia burguesa y su eficacia para contener, como un parche caliente o una válvula de seguridad en una olla a presión, todas las contradicciones sobre las que se asienta el modo de producción dominante, trasluciendo su carácter, mostrando la hilacha, de su sometimiento al poder económico. De esta manera, la razón privada triunfa sobre la razón pública y tenemos el regreso de la propaganda, disfrazada de periodismo, voluntarismo y libertad, que le gana la pulseada a toda evidencia empírica y a cualquier confirmación de los hechos.

    Esta nueva realidad tiene consecuencias desastrosas para un sistema democrático donde el derecho a la información es un pilar básico para la consistencia de una opinión pública libre.

    Para lidiar con las noticias falsas, algunos organismos, conscientes de la trascendencia de este tema, han puesto en marcha sistemas de Alfabetización Mediática e Informacional (AMI). De acuerdo con la UNESCO, se trata de un conjunto de competencias que empoderarían a la ciudadanía para acceder e interpretar, analizar y comprender, evaluar y utilizar, crear y difundir información en cualquier formato, utilizando diversas herramientas, de forma crítica, ética y creativa).

    En 2021, debido a un comunicado de la Organización Mundial de la Salud (OMS), respecto de la sobreabundancia de información (infodemia), muchas veces falsa, sobre la pandemia, la AMI se actualizó, incluyendo como problemas a la ciudadanía digital, a la desinformación, al rol de los medios de comunicación y de las plataformas digitales y a la construcción del conocimiento científico.

    A raíz de publicaciones en redes sociales, una información cualquiera, surgida de cualquier rumor, puede ser compartida en un soporte y después propagada hasta hacerse viral. Dado que, cada vez más, consumimos las noticias individualmente, aisladas y sin contexto, cada vez resulta más sencillo desinformar manteniendo sobreinformadas a las personas, convertidas en meros recipientes de la basura del día, presas de su ambición.

    Como la inmediatez se insufla igual que la droga, de pronto parece no haber tiempo para documentarse o contrastar la información. Los medios de comunicación dan por hecho que algo que se extiende como un miasma o una infección, tiene, forzosamente, que ser cierto. Incluso, la más de las veces, pese a que pueda confirmarse, la veracidad ni siquiera importa, pesan más las visualizaciones, el auge o la imagen o el provecho y la autoridad de la voz del medio en cuestión, incluso la protección o el blindaje de cierta ideología.

    El exceso de información deviene en desinformación y quiebra la confianza en las instituciones; la fragmentación de la sociedad a partir de la concepción de individuos presuntamente aislados, incuba la sospecha permanente sobre los otros, que están ahí sólo como soportes para que nos relacionemos con nuestra escandalosa e irrepetible personalidad.

    Esta nueva realidad expone a todas luces el problema del malestar de la verdad y de la verdad del malestar, de la política y del acceso a lo que hay de verdad en nuestra experiencia cotidiana de lo político, del lugar que le queda a la ética en todo este asunto y a la posibilidad de contemplar y practicar una economía común, postcapitalista, que contenga, a su vez, caminos de bosque, para el deseo de las personas.

    Veamos un poco el problema.

    De acuerdo con Foucault, no es la historia de lo verdadero, ni la historia de lo falso, sino la historia de la veridicción la que tiene importancia políticamente hablando. El último Foucault, que se aboca plenamente a una ética del cuidado de sí, emplea la noción de veridicción como un circuito de tres puntos – lo que hay (poder), lo que no hay (saber), lo que se cree (verdad) -, un triángulo donde los tres componentes se hacen visibles al mismo tiempo en una suerte de electrificación.

    Sin embargo, la veridicción tiene más de un sentido. En un plano colectivo, desde una perspectiva arqueológica, designa las condiciones concretas de posibilidad de producción de una verdad (de época), al insertarla en un contexto socio-histórico. Desde una perspectiva genealógica, es la empresa que busca liberar los saberes sometidos, oponerlos a la hegemonía de un discurso teórico unitario y totalizante, para encontrar discontinuidades, rupturas e irregularidades. En un plano individual, la veridicción remite a los efectos del decir-verdadero sobre aquél que habla y sobre los otros, y a las prácticas de sí que resulten de ello.

    Actualmente, debido al acelerado crecimiento y a la masividad de su uso, los avances exponenciales en inteligencia artificial, ponen de manifiesto el problema de la verdad, de su identificación y de la posibilidad de que exista algún tipo de control respecto de su consideración (real o irreal) en el sujeto. El propio Geoffrey Hinton, uno de los pioneros de la inteligencia artificial, previno, luego de renunciar a Google, sobre la capacidad de la IA para crear imágenes, videos y textos, y el peligro que representa para el discernimiento de lo que es verdad y lo que no. En síntesis, un asunto fundamental para todos: ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos saber?

    Tanto en “¿Quién controla el futuro?” (2014), como en “El futuro es ahora” (No, no es un libro de Krishnamurti), Jaron Lanier, uno de los creadores del protocolo de Internet, considerado el padre de la “realidad virtual”, desarrolla una crítica fulminante de los usos de la tecnología digital, partiendo de que los algoritmos de los gigantes de datos (el nuevo petróleo) han creado un modelo en el que el comportamiento de los usuarios es el producto. Un comportamiento que está constantemente siendo modificado en función de los intereses de estas corporaciones.

    En “You are not a Gadget” (2010) sostiene: “Puedo ver que el tiempo se está acabando. El mundo está cambiando rápidamente bajo nuestro mando, por lo que no hacer nada no es una opción […] El algoritmo capta los parámetros perfectos para manipular el cerebro, mientras que el cerebro, para hallar un significado más profundo, cambia en respuesta a los experimentos del algoritmo… Ya que el estímulo no significa nada para el algoritmo, pues es genuinamente aleatorio, el cerebro no está respondiendo a algo real, sino a una ficción. El proceso -de engancharse en un elusivo espejismo- es una incalculable adicción.” De acuerdo con Lanier, este mecanismo de control y disciplinamiento social, estas “órdenes”, son introyectadas en los usuarios a través de lo que denomina “servidores sirena” (claramente una alusión al pasaje de la Odisea en la que los tripulantes son seducidos/capturados por la ilusión o magnetismo del canto de las sirenas, para ser conducidos a un destino fatal).

    Digamos que solo estamos paseando, “libremente”, en un embudo, conducidos sí, por nuestro adorable libre albedrío, a todo trapo y a un precipicio.

    Para Lanier, el problema está en el modo de operar de estos algoritmos, ajustados constantemente para capturar la atención de los usuarios y hacer que se comporten de una manera que sea más rentable. Generando una enorme negatividad, sensaciones de enojo, narcisismo, indignación, etc., pues las plataformas aprendieron que las emociones negativas duran más o van más lejos (para el caso es lo mismo): “el odio se canaliza mejor en línea”. Las herramientas de estas plataformas funcionan mejor para los usuarios que buscan reproducir sentimientos negativos. De ahí que Isis haya tenido más éxito en las redes sociales que los activistas de la Primavera Árabe, o los racistas hayan tenido más impacto que Black Lives Matter, para más ejemplos basta con salir a la calle, hablar con los vecinos, o en su defecto y si no tenemos más alternativa, prender la televisión.

    A pesar de todo, Lanier es optimista, cree que Internet puede ser salvado si se realiza una nueva economía de datos, desconcentrando todo el poder acumulado por las grandes corporaciones y obligándolas a pagar un precio a cada uno de los “usuarios” (que son personas) por la apropiación y el uso de sus datos (que son valiosos). Mientras tanto (en tanto esto no ocurra), sostiene que es necesario abandonar las redes sociales y desbandar a los grandes monopolios que controlan las nubes de datos, al tiempo que controlan nuestro paseo diario.

    Estos son los 10 argumentos de Lanier para dejar las redes sociales (que corresponden con los 10 capítulos de su libro homónimo):

    1. Estás perdiendo tu libre albedrío.
    2. Renunciar a las redes sociales es la manera más precisa de resistir a la locura de nuestros tiempos.
    3. Las redes sociales te están volviendo un idiota.
    4. Las redes sociales están minando la verdad.
    5. Las redes sociales están haciendo que lo que dices no importe.
    6. Las redes sociales están destruyendo tu capacidad de empatía.
    7. Las redes sociales te están haciendo infeliz.
    8. Las redes sociales no quieren que tengas dignidad económica.
    9. Las redes sociales están haciendo que la política sea imposible.
    10. Las redes sociales odian tu alma.

    En “La inteligencia artificial: el desafío del siglo XXI” (2020), Eric Sadin no es tan optimista. Para resumirlo en pocas palabras, su tesis principal es que los seres humanos hemos depositado en la Inteligencia Artificial todo el poder de configuración de la Verdad, al punto de que ésta actúa como un nuevo superyó y nos volvemos día a día más dependientes y necesitados y adictos a esta especie de “memoria externa”, para tomar una a una, desde las decisiones más insignificantes hasta las más profundas, pero por sobre todo perdemos, en este proceso absolutamente absorbente, poco a poco, nuestra capacidad de forjar un criterio propio y de confrontarlo con el criterio de los demás. Lo que vemos es la colonización de numerosos campos de la vida por parte de la inteligencia artificial, que se consuma en una unidad destinada a cubrir secuencias cada vez más variadas del ámbito cotidiano: los llamados “asistentes virtuales” (sistemas actualmente implantados en los smartphones), que apuntan a responder todas las preguntas y deseos de los usuarios y a sugerirles ofertas o productos adaptados para cada momento de su existencia.

    Tanto en “La humanidad aumentada: la administración digital del mundo” (2017) como en “La era del individuo tirano” (2020), Sadin sostiene la tesis de que se ha instaurado otro género de alteridad, anteriormente inexistente, que no hace sino responder a nuestros supuestos deseos y necesidades, y que está dedicada a respaldarnos, guiarnos, divertirnos o consolarnos, en perfecta soledad. Una alteridad de un nuevo tipo, sin rostro y sin cuerpo, que se sustrae a toda confrontación o a todo conflicto y que solamente está consagrada a ofrecernos “lo mejor” en cada instante.

    Con ella avanzamos en la era de las relaciones parasociales, interacciones difusas entre sistemas y personas a través de sensores instalados en las superficies domésticas y profesionales que analizan los gestos, las palabras y las emociones vinculantes. Relaciones establecidas sobre interfaces ser humano-máquina que son objeto de súbitas mejoras gracias al deep learning, que permite especialmente fluidos intercambios de lenguaje natural entre procesadores y humanos. Esta dimensión instituye “relaciones espontáneas” que harán que nuestras acciones, de las más banales a las más decisivas, estén orientadas por el poder de sugestión de estos “asistentes personales” y más tarde por el de la “inteligencia ambiente”.

    Así, el lugar presente y futuro ocupado por la inteligencia artificial se yergue como un superyó destinado a colmar nuestras fallas y a conducirnos ad vitam aeternam por el camino de la verdad. Llegando Sadin a la conclusión de que, de esta manera, se consuma el fin de la historia (¿otra vez?), dejando emerger un mundo nuevo (¿será?), desprovisto de toda fricción y aspereza y que vive en plena euritmia y concordancia (mmm).

    Vivir inmerso en relaciones parasociales implica para quienes estemos interesados en participar políticamente (la política es cotidiana, no es algo que ocurre cada cuatro años), para que el futuro no se parezca a una ideación deshumanizante o suicida, que debemos lidiar con el hecho de que la mayoría de las personas son pasibles reclutas/reclusos de movimientos astroturfeados (astroturfing = técnica publicitaria de marketing usada en redes sociales que sirve para crear una corriente de información falsa haciéndola pasar por espontánea y natural). Podríamos decir que, así como hay plaga de predicadores, también hay masas de “usuarios” buscando un rebaño al que pertenecer.

    Lo que hace tan tentadora la propuesta de la inteligencia artificial como superyó es que diluye la responsabilidad final de los receptores para juzgar el valor de verdad de cada hecho o noticia que reciben. De forma que, al sumergirnos en medio de una avalancha de información incesante, que no podemos controlar ni evitar completamente, estar sobreinformado, muchas veces, forma parte de la tentación reinante y propulsa un cierto tipo de ignorancia que podríamos llamar “sistémica”, que sabe nadar, muy bien o muy rápido, con la corriente, pero está desprovista de herramientas para comprender a dónde va o, como en la famosa fábula de Foster Wallace, qué es el agua.

    La capacidad de virtualización del sistema es cada vez mayor y más rápida al tiempo que la capacidad de procesamiento de las personas es cada vez peor y más infrecuente, a causa de un empobrecimiento del lenguaje y de un profundo deterioro de la simbolización, que redundan en un deterioro cognitivo, dado que atenta directamente en el centro de la posibilidad de una lectura y un pensamiento profundos, que nos permitan representaciones y reconocimientos, más allá de nuestra mi-mismidad insuficiente.

    Hagamos filosofía propositiva (como le gusta decir a Russell), ya que los símbolos decaen, quedémonos cerca de lo que nos hace humanos, leamos y reflexionemos, profunda y creativamente, como no podría hacerlo ningún otro aparato consciente (más allá del mero y aburrido cálculo), abracemos nuestra inexcusable responsabilidad moral, de electores, y no disculpemos la responsabilidad de nadie más. Creamos, por un momento, con Sartre o Spinetta, en que todo siempre se podrá elegir. (¿No es irónico convocar a la fe por medio de la razón?)

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