
Por Javier Chemes. Posadas, Misiones. Escritor, músico y docente.
Una mañana se levantó, cosa inusual en él, con el recuerdo de un sueño. Soñé, contó cuando nos encontramos esa tarde en su casa, ni bien nos sentamos a la sombra, con una metáfora viva. Una especie de metáfora viva, en tal caso, dijo interrumpiéndolo, Nelson. Habría que decir que todos en algún momento lo somos –agregó, con un brillo arrogante en los ojos por la idea que hilaba espontáneamente para nosotros–, aunque sólo sea de algún modo, “encarnamos” una metáfora con lo que hacemos. Era, siguió Mandi, ignorando por el momento a Nelson, aunque en un costado de su imaginación, simultáneamente, iba ordenando una respuesta rápida para intentar desbaratar la genial idea que el otro acababa de esgrimir, al pasar, mientras tomaba un tere, como un dibujo en 3 D sobre un pedestal. El busto de una mujer, pero de piedra. Una hermosa cabeza con hombros de mujer; una mezcla de Greta Garbo y Rita Hayworth, pensé, dibujada con trazos que flotaban recortándose en el firmamento azul del día, lo que le daba un brillo especial, aunque blanco, como si la piel fuera blanco papel manteca, un poco ahuesado, y los cabellos de un platinado resplandor dorado. En el pedestal brillaba también una chapa, de oro seguramente, METAPHORAI, decía la chapa, y ella flotaba encima. Todo el sueño fue lindo, aunque en un momento, la metáfora, se transformaba y dejaba repentinamente esa gracilidad y belleza inusuales en un busto de ese tamaño, porque era grande, de unos tres metros o más, entre las transparencias propias de sus trazos aéreos, y enojada, furiosa, gritaba en silencio, como un video silenciado, a nosotros que la admirábamos boquiabiertos. Alcancé a tomarle una foto en la que ¡posaba! Imaginate, muy loco, y de golpe se pone furiosa así y empieza a moverse con gestos más raros todavía para semejante bloque de piedra, una estatua semitransparente y tornasolada. Ya habíamos recorrido la fiesta, creo que éramos nosotros tres y alguno más que no recuerdo, que en algún momento de su duración, en el sueño, me pareció que ocurría en los años ’30. No sabría bien por qué; supongo que por la ropa y el decorado, e incluso por la arquitectura de la casa que por momentos parecía una casa quinta o una casa de campo. La recorríamos entre amigos, amigos en el sueño, y se destacaban un par de señoras, que a la distancia y ahora que lo pienso, creo, eran las dueñas, hermanas ellas, de la finca. No eran nuestras amigas pero terminaban siéndolo esa noche. Recuerdo que hablaban de Fogwill, como si fuesen íntimos. Ah, también creo que la música puede orientarnos en la época. Recuerdo que sospechábamos que pasaríamos la noche allí, junto a un grupo selecto y reducido de los sí amigos de las hermanas. Pero en el transcurso de la noche y debido, supongo, a la inconsistencia de los sueños, cuando caminábamos por el parque de la casa, nos dirigimos hacia afuera y de golpe estuvimos frente a la metáfora que flotaba en el jardín y ya era de día. Salimos por un costado del parque que rodeaba la casa todavía iluminada por las luces que alternaban sus colores narcotizando el amanecer, entre ligustros florecidos, abriendo un portoncito bajo de madera que daba a la avenida sobre el ex río. Caminamos hacia el centro, sin parar de fumar. Cuando miramos hacia la casa la metáfora era un globo aerostático que empezaba a elevarse entre los árboles que daban al barranco. Amanecía.