
Por NEACONATUS
Juventud, divino tesoro es el primer verso de un poema famoso de Rubén Darío, de 1905. Lo tomamos como título, pero no para lagrimear porque se va para no volver, sino para anteponer esa etapa de la vida con el tiempo de los hombres (y mujeres) maduros y veteranos. Los pueblos antiguos admiraban el equilibrio y la experiencia de los mayores de edad. Aristóteles decía, por ejemplo, que nadie debía cuestionar las opiniones de los ancianos, se suponía que la vida los había hecho sabios.
Hoy los viejos han caído en el desprestigio. Hay muchas razones para esta nueva situación. Si el mundo fue y es gobernado por personas con muchos años encima y estamos en una situación gravísima a nivel global, es por culpa de esa rancia clase etaria, que condujo al planeta al borde del suicidio. Existen otras causas, por ejemplo, las de tipo económico. El sistema capitalista, que, salvo contadas excepciones, es el que predomina, se basa en el consumo, si las gentes con mucha edad no consumen, al establishment no le sirve y se vuelven descartables. Además, se supone que no trabajan (o no deberían hacerlo, es tiempo del descanso laboral) es decir no producen. Más bien molestan, gastan los ahorros de ellos y de otros, por lo tanto este gobierno, por ejemplo, epítome del liberalismo, les baja las pensiones, les saca los medicamentos, los desatiende porque hay que dejarlos afuera del aparato dinámico de la sociedad y hasta de las tandas publicitarias, porque la vejez no vende. Sin embargo, una sombra se esconde tras estos desatinos, la sospecha de que podría intentarse que aceleren su partida del planeta. El ANSES funcionaría más cómodo.
Existe desde antaño un prejuicio: las personas “de ahora” son vagas y poco ingeniosas, carecen de respeto, prudencia y virtudes. “Cualquier tiempo pasado fue mejor” (Jorge Manrique, siglo XV). Los jóvenes practican cosas raras, dicen los grandes de hoy día, escuchan una música espantosa, carecen de vocabulario, están como tontos, prendidos al telefonito, votan al verdugo. Además, los jóvenes se conocen poco a sí mismos. Los adolescentes adolecen, (de dolere) es decir, sufren y muchas de sus actitudes manan de esa angustia vital. Están en la edad de las mudanzas. Sufren las mutaciones de su cuerpo, de los deseos, de la adaptabilidad. En realidad, están buscando autoafirmarse en un tiempo vertiginoso y en un suelo que es un tembladeral. Y las minorías juveniles que no actúan de esta forma, sufren las consecuencias de la invisibilidad.
Estas consideraciones hacen que choquen las generaciones. Las colisiones se agravan por la introducción obscena de la tecnología que abisma los grupos. Los adultos afirman que los chicos “están como perdidos”. No. No es así. En todo caso piensan y sienten de forma diferente.
La juventud es la edad de la beligerancia. Suelen contestar a la violencia institucionalizada y a la incomprensión que ven en la sociedad con otra violencia motejada de anárquica y disolvente. Van ingresando al mundo y notan las injusticias. No comprenden cómo los adultos podemos vivir en la mentira y el bastardeo de ideales. Utilizamos el lenguaje para denostar y mandar. Ellos no consiguen trabajo ni pueden estudiar libremente, todo es caro, complicado, burocrático, corrupto. Si tuvieron la suerte de salir de una familia normal ahora están a la intemperie. Si vienen de un núcleo disfuncional no hallan acomodo ni reparo en un ambiente hostil, individualista, competitivo, en el que ni siquiera tienen un sitio. Le hablan de meritocracia como si el nacido en una villa miseria tuviera las mismas posibilidades del nacido en el centro pudiente de la ciudad. Los chicos y las chicas también están en la mira de este sistema omnímodo. No la tienen fácil, se los necesita para afianzar el progreso de la “uberización” y para que entren al infierno del juego online. Cultura de la vaselinización…
La rebeldía de los jóvenes (que suele ser trágica) no es de ahora, sino de todos los tiempos. El 15 de mayo de 1969 en una masiva protesta de alumnos de la UNNE y de obreros, en Corrientes, contra la privatización del comedor universitario, asesinaron a Juan José Cabral de 22 años que estudiaba Medicina. Así empezó el “correntinazo” al que siguió el “Cordobazo” el 29 de ese mes (ahora se cumplen 57 años) y otras puebladas a lo largo y ancho del país.
El Cordobazo fue la expresión militante del más alto nivel cuantitativo y cualitativo de la toma de conciencia de un pueblo oprimido que quiso liberarse para construir una vida mejor, porque siempre supo que puede vivirla y se lo impidieron quienes especularon y se beneficiaron con su postergación y frustración, como ahora hace el gobierno de LLA en complicidad con gobernadores y legisladores provinciales que fueron votados para concretar otra política solidaria y no la actual que es un argentinicidio.
En aquella patriada hubo una huelga total, los obreros y la Federación Universitaria lucharon juntos. Fue una insurrección general, el pueblo resistió la represión policial a tal punto que tuvo que intervenir el Ejército dejando varios muertos, heridos y cientos de detenidos.
Hace unos días vimos una inmensa movilización en todo el país en defensa de la educación y la universidad. La mayoría de la gente que protestó por el calamitoso estado de situación que produjo el gobierno de Milei, eran estudiantes.
Esa juventud por suerte aún “no ha tenido tiempo de contaminarse” (así decía el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918). Ahora podemos repetir la misma consigna. Comprender los fenómenos juveniles es indispensable. La juventud no es un valor político en sí misma; a veces apoya a sinvergüenzas, groseros, crueles y ladrones, como los que fueron elegidos en 2023, quizás porque impresionaban como algo nuevo en un ambiente de hartazgo frente a los políticos tradicionales, o por el fracaso del Gobierno de Alberto Fernández. En otras oportunidades, hay que decirlo todo, los jóvenes también fueron engañados y usados por los nazis, fascistas y falangistas.
La sociedad toda y más que nada el “mundo de la cultura” tiene que prestar atención a los jóvenes; los docentes enseñar (porque muchos votantes se inclinaron por este experimento brutal por ignorar la sufrida historia de nuestro país, y no hace cien años, sino en 2001, por ejemplo); las familias aclarar a los niños y adolescentes quienes son los enemigos de la patria; los políticos y dirigentes honestos (que creemos no deben estar extinguidos, aunque sean minoritarios) combatir la podredumbre encaramada en sitios de decisión. La juventud entonces volverá a ser un divino tesoro, no para beneficio de los mayores, sino para ella misma, para que se cumplan sus sueños. ¿No estará haciendo falta alguna transcripción actual de aquel Cordobazo de 1969?
“Hay algo que te raya
Algo anda mal, mal, algo falla
Dando vueltas por tu cuarto sin sentido
Esperando algún milagro y no pasa nada
Oye, te hacen falta vitaminas
Oye, te hacen falta vitaminas”
Estas estrofas de una canción de Soda Stereo hoy renuevan su reclamo y vigencia.