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La chica cámara y el gato Beatle

    Por NEACONATUS

    Y un buen día los aparatos ópticos que grababan imágenes de todas las cosas y la mayoría de las personas, invadieron las ciudades. Se emplazaron dispositivos de video en todas las azoteas, en los troncos de los árboles, bajo las baldosas y dentro de las nubes. Las gentes se acostumbraron a dormir con una cámara bajo la almohada y nadie cerró tras de si la puerta del baño sin encender antes una filmadora. Las autoridades decían que era por el bien de la ciudadanía, seguridad, prevención de delitos y accidentes, multas por exceso de velocidad y cosas por el estilo. En verdad era una intrusiva monitorización de la sociedad civil. Control de la vida pública y privada.

    Todo esto no fue gratis, sucedieron consecuencias colaterales. Una de estas secuelas fue lo que le sucedió a una jovencita que se transformó en La chica cámara y se enamoró de un gato.

    Todo comenzó con una picazón muy fuerte en la palma de la mano derecha y la voz de la abuela que advertía “buena suerte, vas a recibir dinero. No te rasques”. Después fue una irritación de cutícula. Pero no le dio mayor importancia porque ella se comía las uñas y la abuela regresó suficientemente audible con aquello de “nena, ¿no te da asco?” Por último, le tembló el pulso y la abuela recomendó “nunca bebas licores porque los hombres los usan para aprovecharse de las mujeres”. Todo un poco insólito. Lo de la mano y lo de la voz de la nana. Más teniendo en cuenta que la abuela Amelia estaba muerta hacía unos diez años.

    La cosa pasó a mayores la tarde en que la mano se movió sola.  Ella no había autorizado ninguna orden neurológica que permitiera a uno de sus brazos y a cinco de sus dedos extenderse como si empuñaran algo. Pensó que la pose era muy ridícula. Por suerte nadie la observaba. El vagón del subte estaba atestado de personas que usaban todas sus extremidades de mil maneras diferentes para no perder el equilibrio. Cuando atravesó el parque otra vez la mano decidió moverse sin consultarle. Se tendió hacia delante como una flor con los dedos bien abiertos y paneó lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Entonces vio la imagen en el dorso de la palma. Era una pantallita cuadrada donde hormigueaban gentes y cosas, pero ella atravesaba un sendero desierto, con el brazo estirado y la mano abierta con los dedos separados como si estuviera indicándole a alguien invisible que se detuviera. Alrededor no había nada ni nadie, mientras en el dorso de su palma derecha un perro alzaba la pata para mear sobre las pezuñas de un fauno de mármol, un viejo en silla de ruedas era proyectado al espacio sideral por un skater y una mujer mecía una muñeca sin ojos en un cochecito oxidado. Cerró el puño y todo desapareció. Lo abrió y el perro ahora había decidido mear sobre el viejo que había aterrizado sobre un cantero de malvones, el skater se había estrellado contra la estatua de mármol del fauno y la mujer retorcía la cabeza de la muñeca sin ojos del cochecito oxidado. Pero ninguno de esos personajes estaba, a su alrededor, frente a ella.

    En parte era fácil de entender. Su mano se transformaba por voluntad propia en una cámara de video. Lo que no terminaba de cuadrar era porqué grababa cosas que no se veían en el mundo real.

    La chica cámara no lucía piercings, no llevaba el pelo teñido de rojo, no ostentaba ningún tatuaje, al menos, visible, pero se comía las uñas. No era flaca ni gorda. Ni alta ni petisa. Quizás, podía parecer un poco diferente cuando su mano derecha decidía extenderse hacia delante con la palma abierta como una lente y se abría en el dorso un visor de videocámara. Al principio no le hizo mucha gracia que una parte de su cuerpo fuera independiente del comando cerebral. Por eso comenzó a transitar por lugares de la ciudad poco concurridos, a viajar en horarios donde los vagones y los autobuses estaban casi vacíos, a evitar las aglomeraciones los días con eclipses de sol y los mítines populares por causas perdidas. En esas circunstancias, cuando su brazo se estiraba sorpresivamente y la mano se tensaba con los dedos como una estrella, no corría el riesgo que los pasajeros de los medios de transporte públicos juzgaran que padecía un ataque de epilepsia y se abalanzaran sobre ella para embutirle un pañuelo en la boca evitando que se mordiera la lengua. Sin embargo, un día descubrió que podía dominar ese impulso automático y negociar que ambos, ella y su miembro, decidieran de común acuerdo cuándo enfocar algo o alguien con la mano derecha. Y cuándo no también.

    Cada vez que se golpeaba el codo la abuela recomendaba “no te toqués que da mala suerte”. Una tarde al doblar una esquina, para tomar una de las calles más desoladas y tristes de la ciudad, se pegó un codazo de órdago contra un buzón rojo de hierro fundido del correo postal de la nación que no advirtió a tiempo. Congelada por el dolor y, desobedeciendo a la abuela, se acarició la articulación. Y entonces el dolor cesó y el brazo, mansamente, como respondiendo a un ruego, comenzó a extenderse y la mano fue abriendo los dedos muy poco a poco. Desde entonces, cuando ella deseaba enfocar alguna cosa o persona, se acariciaba el codo y su mano derecha se transformaba en un instrumento óptico de alta calidad, casi comparable a las lentes Zeiss que importaba en el siglo pasado desde Alemania su padrino que había sido un oftalmólogo casi ciego.

    A las dos o tres semanas se acostumbró a convivir con su handy mano. Y cuando tuvo lugar el encuentro con Beatle, el gato, casi agradeció el inesperado talento. Beatle, el gato, era un gato negro que hablaba y presumía ser la reencarnación de George Harrison porque cantaba Here comes the sun. Se conocieron en el mismo parque donde se daban cita el viejo de la silla de ruedas, el skater, la mujer con la muñeca sin ojos y la estatua del fauno. Claro, que toda esta gente sólo concurría cuando ella llegaba y extendía su mano con una cámara en la palma.

    Un domingo al atardecer, muy nublado, pero con la dosis exacta de languidez atmosférica que todo domingo crepuscular debe tener, se le acercó Beatle, el gato. Ella estaba sentada en un banco pintado de verde, el pequeño felino se acurrucó y restregó a su lado y susurró con voz aguardentosa:

     – ¿Que hay tía?, tengo un Ipod de puta madre con dos juegos de audífonos ¿quieres escuchar música conmigo?

    El gato hablaba. Nada del otro mundo. Entre La chica cámara y Beatle nació una amistad muy fuerte. A él no le interesaba su mano con una óptica que enfocaba cosas imposibles y a ella tampoco la capacidad felina de disertar sobre filosofía o recetas de cocina.

    Profundizaron su amistad de inmediato. Es más, La chica cámara y Beatle se gustaron y fueron novios. Algo así como la phetofilia, diría un psiquiatra, pero ni la chica cámara comparaba su amor por Beatle con el de otro ser de su especie ni tampoco el gato Beatle se había humanizado. Ambos descubrieron una nueva forma de estar en el mundo. Ella usando su mano como una cámara de video y el reflexionando en voz alta al sobre temas muy importantes. Fue una reciprocidad de sentimientos entre dos individuos diferentes para el resto del mundo. Un mundo soso y triste. Donde una chica grababa en la palma de su mano cosas maravillosas que nadie veía y dónde un gato discutía sobre la existencia de Dios con Spinoza. Mientras la voz de la abuela Amelia testificaba desde vaya a saber dónde: “¡Qué rara es la juventud moderna!”

     

    N.del E. Si el tema interesa recomendamos la novela Kaidú (Tusquets), Paula de Perez Alonso y a los filósofos Martha Nussbaum o Amartya Kunar Sen.

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