
Por NEACONATUS
Las máquinas para atrapar peluches son un invento, aparentemente, proveedor de felicidad. En realidad, la denominación técnica de estos “juegos” electromecánicos es ya, de por sí, siniestra: Máquina de garra, también son conocidos como máquina de gancho o de grúa, Se las encuentra en señuelos estratégicos donde suelen acudir niños con sus padres, como salas de videojuegos, supermercados, bares, cines, peluquerías, peloteros y centros comerciales. Encandilan a los párvulos y tientan a los adultos, pero son un timo. Se descubrió que atrás de las mismas hay grupos criminales, que lucran con la esperanza de sacar del gabinete atestado de monigotes suaves y mimosos, presumiendo destreza, un inocente juguete u otro objeto codiciado por una criatura soñadora. Teniendo en cuenta tiempos, y regiones del Planeta, es probable que tras los peluches aceche un pedófilo.
Se supo, después de una ardua investigación, que es casi imposible obtener un inocente osito. Existen bandas de frustradores profesionales de ilusiones, que además manejan tragamonedas y loterías clandestinas. No sólo destruyen la esperanza de chicos y grandes, sino que las máquinas, seguro fabricadas en Ciudad del Este, están programadas de tal manera que recién se puede pescar un antojo luego de que el cliente, con la compra de fichas, ha pagado diez veces el valor real del juguete. Asimismo, fue descubierta la trampa del aparato que, teóricamente, engancha los chirimbolos. Es una corriente eléctrica que alimenta la pinza que toma el chiche, se debilita en unos segundos y el osito cae irremediablemente.
Los programadores, todos del hampa del mundo cibernético, y del submundo informático, predeterminan la rentabilidad. O sea, no es una caja de aluminio policromada para demostrar habilidad motriz fina con las manos, sino que posee un mecanismo maniobrado por el azar, que siempre está a favor de la “banca”. Posee un algoritmo, o algo así, para que, muy de vez en cuando, algún timorato escogido consiga extraer algo. Artimaña engañosa de cierta probabilidad inexistente. La fe estéril.
La conjura de los ositos de peluche, ya es un método universal. Se aplica en casi todas las dimensiones de nuestras vidas. Veamos algunos ejemplos. Las empresas de servicios. De telefonía, tarjetas de crédito, billeteras digitales, entre tantas otras torturas… nos tienen cautivos, el cliente quiere salir (sacar el peluche) y no puede, porque está preso de trámites burocráticos endemoniados, de robots parlanchines, de intereses de deudas, acosos constantes a través de llamadas por el teléfono celular desde Corea del Norte o mensajes de texto en plena madrugada.
Al principio definimos que para alcanzar alzarnos con un osito cariñoso utilizábamos una máquina de “garra”. Esta palabra nos recuerda a los buitres que desgarraban, por orden de los dioses griegos, el hígado de Ticio. Sin embargo, debido al tiempo que solemos perder por culpa de la conjura de los ositos de peluche, nos acerca más al mito de Sísifo, el hombre rebelde, al que Albert Camus recurrió para escribir un ensayo sobre el absurdo. Es sabido que el escritor francés argumenta sobre el suicidio y el valor de la vida. El mito de Sísifo sería la excusa para evidenciar el esfuerzo inútil y constante del hombre, jamás conseguiremos hacernos con un osito de peluche, la máquina de garra es invencible. Pero, una y otra vez, como Sísifo volvemos a intentarlo.
A esta altura recordemos que Sísifo, en la mitología griega, como Prometeo, enojó a los dioses por su desafiante sagacidad. Le dieron por el lomo, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente una piedra enorme hasta la cima de una montaña, sólo para ver como caía rodando hasta abajo, debía regresar y empujarla otra vez hasta la cumbre y así infinitamente. Un desatino que sólo se les podría ocurrir a personas perversas como los fabricantes de los expositores llenos de ositos de peluche que jamás logramos obtener, aunque lo intentemos toda la vida. Sabemos de gente que se enganchó con este juego pérfido habiendo cumplido no más de cinco añitos y hasta los cien, ya postrado y entubado sobre la cama de un hospital, pidió como última voluntad que le instalaran en la pieza un armatoste de estos. Un absurdo. En sintonía advierte Camus “las siguientes páginas tratan de una sensibilidad absurda que puede encontrarse dispersa en el siglo, y no de una filosofía absurda que nuestra época, hablando propiamente, no ha conocido.” Como este artículo va de denunciar lo absurdo del esfuerzo humano por conquistar algo levemente placentero, denuncia de una conspiración artera que atenta contra nuestra ingenua costumbre de confiar en que, alguna vez tendremos éxito en algo, lo que sea, nos conformaríamos hasta con un boleto capicúa, ¿existen?
En este caso arriesgamos vidas, la de nosotros y la de nuestras familias, al revelar la conspiración de unos, simuladamente, entrañables ositos de peluche. Nos detendremos en un capítulo del libro de Camus, “Novela y rebelión”. ¿Por qué? Los evasivos ositos de peluche representan el mundo que soportamos. Ilícito, sombrío, tramposo, ilusorio. La única rebelión posible es a través del arte. El artista intenta, al menos, renovar el mundo en la medida de sus fuerzas personales. Según Camus, el arte recusa lo real. Y la novela ha demostrado ser un arma un tanto eficiente. Novela y rebelión, “Historia fingida, escrita en prosa” según Émile Littré discípulo del positivista Auguste Comte. Avanza el “profeta del absurdo”, y se pregunta por qué la mayoría de los hombres encuentra interés en historias fingidas. Y no le cae muy bien que la crítica revolucionaria condene a la novela como “evasión de una imaginación ociosa”. Quizás porque crea que no es una evasión mediocre, sino una reclamación obstinada. Un deseo irrazonable que pretende dar a la vida la forma que no tiene.
Una frase de Camus lo sintetiza todo: “Para ser una vez en el mundo es necesario no volver a ser nunca”. Esto habrá que tomarlo muy en cuenta cuando decidamos unir fuerzas y enfrentar la intrigante conjura de los ositos de peluche. Si vencemos y atrapamos uno con las pinzas-gancho, puede que seamos, al menos por un instante, felices.